Ramón D. Rivas*
En nuestro país hay muchos adelantos positivos, sobre todo si comparamos con décadas anteriores.
No obstante hay momentos en que, yo por lo menos, no alcanzo a comprender determinadas actitudes y situaciones que se experimentan a diario y en todo el territorio nacional. Mire usted, un Policía de Transito me detiene, me piden los documentos del vehículo y luego me dice que están controlando si las llantas de los vehículos están en buen estado y verificar, además, si los conductores usan el cinturón de seguridad. Amable me parece el agente, pero no confío en él, así de sencillo. El hecho es que, al fijarme en el vehículo que ellos usan; le falta una vía, no tiene cinturón de seguridad y las llantas se ven más lisas que una sandía. Al momento que uno de los agentes me devuelve los documentos, un “pick up” repleto de gente, y todos parados, pasa campante, y en carril izquierdo, como hace todo mundo y a una velocidad que si algo sucede, sin lugar a dudas, hay muertos. Ellos no llevan cinturón y el motorista conduce en carril solo permitido para rebasar -le digo al agente-. No me responde. Pero hay más… No termino de comprender ese hecho de que todos los vehículos tienen que pasar por una revisión de gases al momento de tramitar el cambio de placas y mire usted: ¿Cómo es eso que pueden pasar “la prueba” esos destartalados buses del servicio público que despiden chorros de humo negro? Si es así que el humo que produce el diesel es canceroso, como recién lo afirman los científicos, pues que se prepare el Ministerio de Salud pues la demanda de enfermos, si es que ya no lo es, muy pronto se incrementará. Bueno, y ¿cómo esta eso de que se habla de subsidiar a los transportistas que no reciben ese tan codiciado regalo? Hace solo un par de días, leía que la Policía de Transito confirmaba haber capturado a un motorista en completo estado de ebriedad y con el bus repleto de pasajeros. El capturado, según la noticia, tenía un historial de esquelas no canceladas, aunque no especificaron el monto. La noticia decía además que, era el segundo caso, en menos de una semana y en la capital, “de conductores del transporte público que han sido sorprendidos conduciendo con altos niveles de alcohol en sus organismos”. El último caso, refería la noticia, reproduciendo las declaraciones de la policía, se trataba de [omito el nombre] un fulano de 45 años, quien conducía una Coster de la ruta 42, con 175 grados de alcohol en su sangre. Este desprecio por la propia vida y por la de los demás es inconcebible e imperdonable que suceda, desde todo punto de vista. En otros países, en donde se respetan las leyes, por el bien de sus habitantes, en situaciones como estas, al empresario se le pone la multa que un delito como estos establece la ley y se da otra multa al empresario por poner a trabajar este tipo de personas con tipologías delincuenciales. Pero es más, a estos desalmados e irresponsables motoristas de inmediato se les quita la licencia y en algunos casos de por vida y además, son remitidos directamente a la cárcel. Aquí el Viceministerio de Transporte tiene mucha tela que cortar y si no actúan como debe ser, pues se trata de un Ministerio irresponsable. Así de simple, irresponsable. Es increíble ver la cantidad de borrachos que manejan. Yo en mi cabeza pequeña tampoco logro entender eso de que las gasolineras ahora ya las convirtieron en cantinas, pues se puede comprar el tipo de alcohol que usted quiera y hasta con promociones. No sería malo que los honorables padres de la patria dedicaran tiempo a esto y hasta se discutiera la posibilidad de multar hasta al dueño del autobús por enviar motoristas sin ningún código de ética a trabajar en tan importante tareas, sobre todo si se trata de un trabajo social trasportando seres humanos. Es más, ahora que tanto se habla del tan codiciado subsidio no sería malo poner en lista a los morosos, los que no pagan las multas y precisamente a estos que no pagan, quitarles de una ese subsidio. Lo vuelvo a repetir. En otros países hechos como estos no tienen perdón; tanto para los motoristas como para los usuarios, las leyes se aplican y se aplican como debe ser. Pero aquí el motorista manda, se impone ante la ley por la fuerza. Y es que estos, el empresario, (en muchos casos), el motorista y el cobrador, han vivido un mundo en donde se debe de aprender a sobrevivir. En esa cultura, para poder mantener ese estatus, se tiene que ser “cachimbón o audaz”, casi siempre —y los medios lo están confirmando— en los últimos años; hay que ofrecer droga y alcohol para que un ser humano pueda trabajar más de lo debido. Los motoristas aquí no trabajan ocho horas, trabajan más. Los momentos, el esparcimiento se lo tienen que repartir entre la familia y los amigos y naturalmente en el bus. Por otro lado muchos empresarios, ven en los motoristas y en los cobradores solo como a gente que les sirven y de quienes tienen que desconfiar porque ante sus ojos son quienes les roban. Otra cosa, si el empresario no paga la renta a las “maras”, a quien matan es al motorista y no al empresario. Entonces, en ese sentido, el ciclo vuelve a cerrar alrededor de los motoristas y los cobradores. La realidad demuestra que se trata de un grupo social bajo y menospreciado por sus mismos empleadores. Estos desprecian la vida de sus empleados y la vida de los pasajeros que llevan en sus unidades, con unidades viejas e insalubres. Y, mire usted, aquí se le da autorización a los autobuses de 30 años para seguir circulando. Debido a eso, para todos es sabido que son un atentado contra la dignidad humana: no tienen accesos viables para personas con algún tipo de discapacidad, no hay espacios reservados para mujeres embarazadas ni para personas de la tercera edad, no hay áreas para transportar bultos y se sigue permitiendo que en las unidades de transporte viajen personas de pie, cuando el uso del cinturón de seguridad es obligado, pero en buses y camiones la gente puede ir como le de la gana con todos las consecuencias del caso. Eso es ilógico desde todo punto de vista. Además, desde los mismos empresarios y motoristas no se educa ni siquiera para abordar el autobús, ni de reclamar ticket al momento de pagar, ni se crean otras alternativas al uso del pago en efectivo para así evitar la delincuencia. Parece como que ya nos acostumbramos a eso. Estamos en el país del “me vale verga”. Yo, por lo menos, veo detestable ese acto de menosprecio al ser humano. Es la ley del monte la que impera y punto.
*Director del Museo Universitario de Antropología de la Universidad Tecnológica de El Salvador.



