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El Salvador, Sábado 25 de Mayo de 2013
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Viernes, 06 de Julio de 2012 / 10:27 h

Honduras toda una experiencia

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Los últimos segundo de la tarde en la ciudad costera de Tela en Honduras.

 

Guillermo Martínez
Redacción Amigos

Los mejores momentos de la vida, los inolvidables, los que quedan como experiencias que enriquecen tanto al que lo vivió  como a quienes se alimenta con nuestros relatos se adquieren a través del privilegio y placer de viajar. Además esta es la mejor forma de aprender sobre uno mismo y de otras personas que viven en lugares diferentes y distantes.
Esta oportunidad la tuvimos durante un recorrido de reconocimiento turístico de la costa norte hondureña durante 5 días, acompañados por Nadina Henríquez, de la Secretaría de Turismo de Honduras y Raúl Flores quien fue el motorista durante nuestro viaje.
Desde la salida del aeropuerto Ramón Villeda Morales en San Pedro Sula emprendimos el recorrido que nos llevaría a una variedad de lugares donde la premisa principal es la protección y conservación del medio ambiente que se sitúa en la costa norte de Honduras, en especial la zona de La Ceiba, que es reconocida como el área ecoturística de Honduras.
Durante el trayecto hacia el primer lugar que visitaríamos, el Jardín Botánico Lancetilla, Nadina comentó que durante el mes de agosto este país recibe una buena cantidad de turistas salvadoreños y como cada año, se les brinda seguridad desde la entrada en las diferentes fronteras por lo que lanzarán la campaña: “Dale la bienvenida a tu hermano salvadoreño”.
El recorrido hasta el parque desde San Pedro Sula dura alrededor de 2 horas, y se transita sobre una carretera de dos carriles en buen estado, pasando por sembrados de palmera africana que parecen no tener fin, de donde se extrae aceite para cocinar y biocombustible que se comercializa en los centros comerciales hondureños; además extensas porciones de terrenos que parecen deshabitadas.
A la llegada al Jardín Botánico Lancetilla, que se encuentra en el departamento de Atlántida y a unos 7 kms antes de llegar a la ciudad de Tela, nos esperaba Miguel Agurcia, biólogo botánico de unos 35 años y conocedor apasionado de la biodiversidad del parque quien desde un primer momento nos inicio en el viaje de descubrimiento. A unos cientos de metros de la entrada del parque, emocionado, nos hizo bajarnos del transporte para que pudiéramos observar un gigantesco árbol, de unos 30 mts de altura, la caoba mexicana que en su parte más alta hacen sus nidos colgantes la Oropendola Moctezuma, llamada así porque de las plumas de amarillo intenso que posee este pájaro en su cola se dice que hacia sus penachos el antiguo gobernante Azteca.
El parque fue fundado en 1925 por Wilson Popenae a encargo de la United Fruit Company con la idea de instalar en el valle una base de investigación de enfermedades del banano e investigar los métodos más viables para cultivar otras plantas de frutas tropicales. En la actualidad el jardín funciona como centro de investigación y conservación de diferentes especies de plantas entre las que se encuentran las maderables, medicinales, frutales y ornamentales. Cuenta con una extensión de 1681 hectáreas, de las cuales 80% es utilizado como parque natural y 20% para uso humano. Este parque es el mayor de Honduras y uno de los mayores de América Latina.
Miguel nos llevo por un recorrido a través de los senderos interpretativos en las que se pueden apreciar la especie de bambú mas alta del mundo la bambuea gigante que puede alcanzar los 15 metros de altura y con su intenso color verde oscuro da la bienvenida a los visitantes.
En los senderos interpretativos tuvimos la oportunidad de saborear una gran cantidad de especies de plantas en su estado natural como la hoja de pimienta que nos dejo con una sensación picante por más de una hora y la corteza de la canela con su peculiar sabor. De frutas exóticas como la manzana peluda, que parece una mezcla de manzana y durazno y una de las que se considera  de las más sabrosas del mundo como el Jack Fruit con un sabor difícil de describir pero que impresiona. El calor tropical del lugar no era impedimento para disfrutar del recorrido.
 También en el parque se pueden apreciar diversas especies de aves como el tucán aracaris que es el más pequeño de su especie, varias especies de primates, 126 de reptiles y anfibios, 237 especies de aves, una gran variedad de felinos entre los que se encuentran jaguares y pumas, marsupiales y una extensa diversidad de fauna en estado salvajes en las 1681 hectáreas de parque.
Por la gran extensión de Lancetilla, circundada por cerros de espesos bosques y el poco tiempo con el que contábamos, debimos de seguir con el recorrido. Nos despedimos de Miguel satisfechos por la ayuda que nos brindo y seguros que sus conocimientos de cada rincón y plantas del parque quedo inconcluso.
El resto de la tarde y noche la pasamos en un hotel cercano a la ciudad de Tela, donde tuvimos nuestro primer contacto con el Océano Atlántico y sus tranquilas aguas. El atardecer fue espectacular, con la arena blanca brillando bajo el dorado sol de esa hora.
La mañana siguiente amaneció calurosa y húmeda. Partimos temprano hacia nuestro siguiente destino turístico el Refugio de Vida Silvestre Cuero y Salado. Este parque es llamado así por estar ubicado entre los ríos que llevan estos nombres. Desde la aldea el Limón todo viajero deberá tomar un pequeño tren, que era usado por una compañía bananera estadounidense para transportar a sus empleados hasta los territorios de siembra.
Llegamos alrededor de las diez de la mañana y el guía que nos acompañaría esa mañana, Oscar Pérez de una operadora llamada Tourist options, nos comentó que serían pocas las especies que lograríamos ver por el calor que a esa hora hacia en el lugar.
El viaje en el pequeño tren dura un aproximado de 35 minutos y hace un recorrido de 9 kms hasta la aldea de Salado, donde se encuentra un centro de visitantes en el que se paga la entrada al parque y se puede rentar una lancha que guíe a los visitantes por los diferentes canales en los que es posible observar cocodrilos, caimanes, monos cara blanca y aulladores, cientos de aves, osos hormigueros, tigrillos, jaguares y muchas especies más de vida silvestre y en peligro de extinción, como el manatí que usan el santuario cuando van a dar a luz. Este lugar es una zona de protección por lo que está prohibido la caza y pesca con fines comerciales.
Fernando Reyes sería quien guiaría la lancha por los canales del manglar y nos recomendó que no metiéramos las manos al agua, ni tocáramos las ramas que estuvieran cerca de nosotros. Durante el recorrido bajo un candente sol pudimos observar patos pico de aguja, reptiles como la tortuga hipotea, que impresiona por su tamaño, el veloz martín pescador; además de una extensa variedad de mangle como el rojo, blanco y negro que entrelazados forman una espesa capa vegetal que da refugio a una extensa variedad de plantas.
Navegamos por canales como la Pujaja; el canal Mentiroso que es llamado así por su corta extensión; el de los Monos que por la hora no pudimos observar ninguno. Hasta que al final del recorrido pasando por el canal Boca Cerrada alguien en la lancha percibió un movimiento entre las ramas. En lo profundo del follaje de encontraban un grupo de primates descansando en el follaje alto. Al acercarnos, no miraron fijamente casi sin moverse y permitieron que nos acercáramos un poco.
Fernando hizo un fuerte sonido gutural, al mismo tiempo que aplaudía y casi al instante, desde las alturas, el mismo sonido se reprodujo desde las alturas solo que triplicado y que con seguridad se escucho a varios kilómetros a la redonda.
Felices de haber avistado uno de los principales residentes del parque y haber interactuado un poco regresamos a nuestro punto de partida, solo para llevarnos la sorpresa que en unos árboles cercanos había otro grupo de monos aulladores que no nos percatamos que estaban allí temprano.
Regresamos cansados pero contentos a nuestro transporte. Ese día nos esperaba más de las emociones de visitar Honduras. A las 3 p.m. partimos hacia la siguiente aventura, rafting en el río Cangrejal, ubicado cerca de la ciudad de La Ceiba.
Jorge Salaverri, experto guía y pionero en este deporte en Honduras, nos esperaba en el desvío que lleva hasta la  comunidad El Cangrejal, un trayecto de alrededor de 25 kms sobre una calle de terracería, con el río a un costado y arropados por altísimas montañas cubiertas por selvas vírgenes de los parques Pico Bonito y Nombre de Dios que da una  sensación de aislamiento y que inundan los sentidos. Al poco tiempo de internarse en la montaña se cae en la cuenta de que lo que se está por experimentar es una verdadera aventura, en lugares muy poco impactados por el humano.
En la comunidad, está el centro de operaciones Moskitia Eco Aventuras, del que Jorge es propietario y desde donde, junto a un grupo de expertos guías se encargan de llevar a los que se atreven a retar las aguas blancas del río Cangrejal. A nuestra llegada nos presenta con Darwin Reyes, un joven delgado y sonriente quien sería el encargado de guiarnos por el río de aguas blancas, un tanto frías y salpicado de inmensas rocas en casi todo su trayecto. Uno de los mejores para practicar este deporte en Centroamérica y en donde sus rápidos pueden alcanzar hasta categoría IV.
Sobre una gran roca, junto al río que ruge bajo nosotros, Darwin comienza presentándose, pregunta si ya teníamos experiencia previa en este deporte y luego inicia la charla que nos indicaría el uso correcto de los remos, chalecos, cascos, balsa, forma de actuar en caso de caer de la misma o emergencias. Todos lo escuchamos atentamente, sin dejar de ver el agua turbulenta que corre unos metros bajo nosotros.
Se asegura que le hemos entendido e inicia con lo que denomina “los comandos”, que servirán para guiar la balsa y saber cuál será la función de cada uno de nosotros dentro de la pequeña embarcación. Arriba en las montañas, nubes grises de tormenta se arremolinan en sus cúspides inyectándole más emoción a la aventura.
Nos dirigimos hacia el río y abordamos una balsa de caucho para unas 5  personas, aunque en esta ocasión éramos tres los que lucharíamos con el afluente dentro de ella. Uno adelante a la izquierda y el otro ocupante a la derecha y en medio, seríamos el motor que impulsaría la embarcación. Darwin fungiendo como timón,  estaba atrás.
Darwin inicia con los comandos: “todos adelante” y remamos hacia esa dirección juntos. La balsa avanza y llegamos a una parte tranquila junto a una gran roca del tamaño de un camión.  A la orden de “alto” y dejamos de remar y nos detenemos. Luego prosigue, “izquierda atrás, derecha adelante” y la balsa gira. Invierte los comandos y la balsa hace lo contrario. Darwin levanta el remo y nos invita a hacer lo mismo y unirlos, luego dice “bien hecho equipo”. Es la señal que lo hemos hecho bien.
Bajamos los remos y escuchamos “prepárense, estamos listos. Todos adelante”. Ya no había tiempo para temer, estábamos por entrar a aguas blancas y solo podíamos concentrarnos en los 6 kms de rápidos que teníamos por delante. Comenzamos a remar con fuerza y el guía nos advierte de la cercanía del primer rápido y una pequeña caída de agua que había que atravesar. Grita, “adelante rápido” y vemos como el agua espumea frente a nosotros y  comienza a descender en una pequeña cascada. Darwin nos manda a sentarnos en el piso de la balsa y a colocar en posición los remos. Obedecemos inmediatamente.
La balsa al caer se llena de agua rápidamente y da la sensación de que se va a hundir bajo la fuerza de la corriente, pero sale a flote. Respiramos aliviados. Un par de minutos después de escapar de la fuerza del agua, advertimos que Darwin ordena que rememos hacia atrás. De nuevo a la caída de agua. No parece lógico, acabamos de sentirnos aliviados de salir de allí y nos piden que volvamos, pero obedecemos. El agua cae con fuerza en la parte de atrás de la balsa y hace que se agite.
Hay un momento de confusión y como es lógico el instinto pide salir de allí rápidamente. Estamos a punto de preguntar del porque regresamos a ese lugar, a juzgar por las miradas que cruzamos con el otro viajero dentro de la balsa. Pero al observar a Darwin que nos ve de una manera escrutadora, y una sonrisa apenas perceptible en el rostro, comprendemos que es parte de la rutina que tienen preparada.
Ordena de nuevo remar y salimos con dificultad. A ratos nos pide que nos detengamos y rápidamente comienza a ordenar los comandos para salvar algunas zonas del río, que de tomarlas mal, nos harían volcar o hacer que alguien caiga. Darwin comentó que ese día el río estaba clase IV y bastante técnico debido a la cantidad de rocas expuesta fuera del agua que había que evitar.
Durante el recorrido cruzamos rápidos con nombres tan sugerentes y apropiados para la experiencia como Escalera al Cielo, Chile Picante, La Ballena, La Lavadora entre otros. Hasta que llegamos a un sector donde Darwin pidió que nos detuviéramos y descansáramos un poco, mientras el analizaba el afluente con semblante serio. Eso nos inquieto.
Hasta que rompió el silencio, dijo: “el rápido que viene es el más difícil de todo el recorrido y lo debemos pasar bien y sin equivocarnos, porque si volcamos allí, el río nos succiona y va a ser bien difícil salir”.
El rápido al que se refería se llama El Titanic, por una gran roca que esta junto al afluente, el cual viéndolo desde el lugar en que nos encontrábamos, parecía la proa de un barco. A un costado de esta roca hay una menor que era la debíamos evitar para no volcar.
El guía comenzó a dirigir la embarcación con los comandos y cuando estuvimos en posición comenzó a gritar insistentemente “adelante, adelante, adelante……”. El agua corría con rapidez y parecía profunda. Al acércanos a la cascada nos preocupó más la roca a la izquierda de la balsa, que la altura de la que íbamos a descender al río. La sobrepasamos sin dificultad y al caer al agua espumosa la balsa se hundió  por un momento y cuando emergió como un corcho comenzó a girar sobre sí misma. No había más escape que remar con fuerza y confiar que los comandos que nos indicarán fueran los indicados. Luego de unos segundos que parecían eternos luchando con las aguas blancas y frías, logramos escapar de las garras acuosas de El Titanic.
Después de esto nos encontramos con unos cuantos rápidos más, para finalizar con uno llamado el rock and roll, que lo pasamos sin dificultad. El último tramo lo realizamos en un río bastante apacible que nos dio tiempo para intercambiar emociones, conversar un poco y disfrutar del paisaje y las montañas selváticas que nos rodeaban. Al finalizar la tarde, con un cielo lleno de colores y bruma sobre este, nos despedimos de una de las aventuras más emocionantes en el río Cangrejal.

 

 

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Turistas se divierten en los rápidos en el río Cangrejal.



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