Dr. Victor Valle
En El Salvador, la esperanza de vidaal nacer, entre los hombres, es de 68 años, según he leído. Así que llegar a los 71 años, como es mi caso, es un privilegio, sobre todo si se llega con el deseo de seguir con el sueño de un país decente y desarrollado y con los nortes morales e ideológicos, en favor de los pobres del mundo, intactos. Dados los avatares por los que uno ha pasado durante 71 años, podría decirse que se cae en lo que Roque Dalton calificó como “los que tuvieron un poquito de suerte” o como diría el filósofo mexicano Cantinflas, inspirador de muchos de los líderes políticos, sociales y empresariales de El Salvador actual: “estoy en las horas extra” o como diría un graduado de Oxford: estoy trabajando “overtime”.
Cincuenta años no es poco tiempo. Es medio siglo, es la edad cuando una persona ya goza la condición de abuelo. Y ese tiempo es el que ha pasado desde el primero de julio de 1962, cuando el Teniente Coronel Julio Adalberto Rivera llegó a la Presidencia de El Salvador con 40 años de edad cumplidos.
Qué diferente era El Salvador y el mundo. La dictadura militar de El Salvador ya tenía 30 años de vida y Rivera era un eslabón de la cadena de líderes militares que administraban el territorio de El Salvador. Todavía quedaban 20 años para que la dictadura continuara en funcionamiento al servicio de las élites económicas del país y de la política exterior de Estados Unidos de América, una de las partes principales de la “guerra fría’.”
Rivera tenía sus requiebros progresistas. Populista se diría ahora; pero cuando llegó a la Presidencia, desde la izquierda no se leía bien qué se proponía hacer.
Rivera era alto y fortachón y, según dicen, bueno para chupar. Cuando fue uno de los líderes del contragolpe regresivo del 25 de enero de 1961, que instaló un Directorio Cívico-Militar con el Coronel Aníbal Portillo y los Doctores Antonio Rodríguez Porth, Feliciano Aguilar y José Francisco Valiente, Rivera fue denostado como represor. En mi libro “Siembra de Vientos”, entre las páginas 56 y 71, doy testimonio de la llegada de Rivera a la Presidencia de El Salvador.
En efecto, el gobierno del Directorio comenzó matando, encarcelando y exiliando salvadoreños; pero pronto, principalmente los militares golpistas se montaron en el carro de la Alianza para el Progreso que alentaba algunas reformas del Estado en lo político (e.g. representación proporcional en la Asamblea), en lo económico (algún reordenamiento agrario), en lo fiscal (reformas tributarias), en al aparato del estado (formando organismos paraestatales para administrar servicios públicos) y en la infraestructura (carreteras, puentes, avenamientos y riegos).
La derecha política de El Salvador no entendía que esto era para evitar una revolución y se les ocurrió etiquetar a los militares golpistas, al gobierno de Kennedy y, de paso, al Papa Juan XXIII como comunistoides.
De Julio Rivera se decían muchas cosas, además de su afición a los asuntos de Baco y Eros. Cuando era Sub-teniente fue un alzado, contra Martínez, en 1944, por lo cual estuvo en una lista de condenados a muerte. Había sido compañero de banca, en el Liceo Salvadoreño, del prestigio médico y político, Fabio Castillo Figueroa. Fue compañero de Belisario Peña, “Peñón, Teniente que con frecuencia se le mencionaba en conspiraciones. (Padre de los combatientes de las FPL Felipe, Margarita, Virginia y Lorena Peña. Los tres primeros caídos en combate y Lorena actual diputada del FMLN). Se decía que Rivera pasó por Italia un tiempo y admiró las libertades de ese país, después del período fascista, y vio cómo funcionaba libremente el Partido Comunista y los obreros comunistas iban a misa.
Pero el primero de julio de 1962 la izquierda histórica que, en esos tiempos se expresaba en una organización cuasi-político militar llamada Frente Unido de Acción Revolucionaria (FUAR), organización inspirada por el Partido Comunista, decidió darle a Rivera una bienvenida sonada y tumultuosa:.
Mientras el nuevo Presidente tomaba posesión en el Gimnasio Nacional, una manifestación marchó sobre la Calle Arce y, al llegar a una esquina, donde funcionaba la Embajada de los Estados Unidos, un grupo organizado entre los manifestantes la emprendió a pedradas y botellazos de pintura roja y verde –los colores del FUAR- contra la blanca fachada del edificio de la Embajada en cuestión.
La noche anterior al día de la toma de posesión, se mencionó que, durante la manifestación, un grupo organizado atacaría la Embajada de Estados Unidos con “cocteles Molotov” para causar destrucción y eventualmente entrar. Eso no ocurrió. El ataque se limitó a las pedradas y al lanzamiento de pintura. No se supo a cabalidad qué decisión había cambiado los “cocteles Molotov” por botellas con pintura.
Más de veinte años después, tuve ocasión de recordar los hechos al Embajador Murat Williams, quien era el Embajador de John Kennedy en El Salvador, a la llegada de Rivera al gobierno, cuando, en el marco del trabajo político-diplomático de la insurgencia, lo visitamos, en su casa de Winchester, Virginia, Fabio Catillo Figueroa, Francisco Altschul y yo. El otrora representante del imperialismo, se había tornado, ya anciano, en simpatizante de la lucha por la democracia en El Salvador.
Rivera llegó como un Presidente muy ilegítimo. Fue candidato único, en una modalidad que, con frecuencia, montaba la dictadura militar para dar la impresión de que era una democracia. Las elecciones las ganaba un solo partido, en este caso el Partido de Conciliación Nacional, que ocupaba toda los puestos de la Asamblea Legislativa. El PCN era el hijo del PRUD, de Osorio y Lemus y el nieto del Pro-Patria, de Martínez. Esto es, el puro aparato político de la dictadura militar.
Este ahogamiento a la democracia daba posibilidades a una izquierda que ya comenzaba a fragmentarse en torno a las vía para hacer la revolución. Había atisbos de “tradeunionistas”, parlamentaristas o político-militares. O combinaciones. Diez años después, las primeras organizaciones guerrilleras de izquierda ya estaban en funcionamiento.
Esa era, en resumen, el estado de cosas en El Salvador cuando llegó Rivera a la Presidencia: un gobierno deslegitimado y alineado a la geopolítica de Estados Unidos, una izquierda con algunos niveles de combatividad, un aparato represivo en disponibilidad, una prensa muy mediocre y servil al sistema, un subdesarrollo rampante y una derecha muy conservadora y renuente a cualquier cambio social, aunque viniera de los Estados Unidos.
Después vinieron otros hechos que le dieron legitimidad al gobierno. Rivera abrió puertas en el sistema político: promovió la representación proporcional en la Asamblea Legislativa, disminuyó los niveles de represión política, intentó organizar una sucesión presidencial con varios pre-candidatos, entre los que estaban Alvaro Magaña, abogado y economista muy cercano a oligarcas y militares, que fue después Presidente Provisional en el marco de la guerra civil de los 1980s, Mario Guerrero, un militar con fama de duro y conservador y dueño de muchos buses, Joaquín Zaldívar, un militar que era Ministro de Trabajo, Francisco José Guerrero, “El Chachi”, abogado que ocupó muchos cargos importantes, y murió en un atentado durante la guerra civil, el coronel Manuel Rivas Rodríguez y el Coronel Fidel Sánchez Hernández que, a la postre, fue el ungido por Julio Rivera para ser el candidato oficial, en 1967, solo que ahora ya no como candidato único sino para competir con otros tres candidatos, un militar derechista, Alvaro Martínez, un médico izquierdista, Fabio Castillo Figueroa, y un abogado democristiano, Abraham Rodríguez. Sánchez Hernández resultó elegido Presidente, en 1967, después impuso al Coronel Molina, en 1972, quien impuso al Coronel Romero, en 1977…
Lo demás es materia de otros análisis y relatos. Rivera terminó su mandato. Fue enviado como Embajador en Estados Unidos, regresó a El Salvador y murió relativamente joven -52 años- en 1973.
Vino la guerra con Honduras, el recrudecimiento de la dictadura militar, el alineamiento más decidido con la política de los Estados Unidos, los fraudes electorales, el surgimiento y auge de los movimientos sociales combativos, las organizaciones guerrilleras de izquierda, el asesinato masivo de dirigentes sociales, la guerra civil, los Acuerdos de Paz, el esperanzador triunfo electoral de la izquierda el 2009, el embate y apaciguamiento de las “maras”…..
Los lodos de ahora, incluidos los políticos, económicos y sociales, vienen de aquellos polvos. ¿Cómo serán los polvos dentro de cincuenta años, producto de los lodos actuales? ¿Cómo será El Salvador el año 2062? Ya no estaré, pero ojalá algunos de mis bisnietos si vivan en un país decente, libre, digno y desarrollado.



