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El Salvador, Viernes 24 de Mayo de 2013
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Martes, 26 de Junio de 2012 / 08:24 h

Opinando sin política N° 692

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Eduardo Badía Serra

El San Salvador de los años 50, 60 y 70 del siglo pasado tenía unas particularidades y unas singularidades muy de las ciudades con carácter propio. No era, pues, una ciudad amorfa, confundible, sino con su muy peculiar encanto. Desafortunadamente, fue separándose de su río progresivamente, abandonándolo, y por obra del modernismo y del progreso, propio del tecnicismo de los hombres-masa orteguianos, se fue confundiendo con cualquier cosa que pudiera llamarse ciudad. Así parecían haber sido también la morena Santa Ana, la tranquila Santa Tecla, y la rumbosa y caliente San Miguel, para entonces, lejanas y aun extrañas. La falta de un verdadero sentido nacional, y ese molesto y dañino sentido de sumisión que nos ha caracterizado últimamente, fueron haciendo perder la propia belleza de esta capital, ahora convertida en un tumulto confuso de desorden e inseguridad, en la que reinan anárquicamente el ambiente viciado, los contrastes arquitectónicos, el caos vehicular, la falta de tranquilidad,  el desorden público, …….y los postes y anuncios en las aceras.


Ir, por ejemplo, al Cafecito España, allí justo en el centro de la ciudad, a tomar un café acompañándolo con un tamalito de esos que sólo allí se sabían encontrar, en ese  ambiente tan acogedor, con las mesas en los cuatro corredores del caserón, el jardín al centro, con el murmullo suave de las conversaciones de los viandantes, que hablaban de todo, de la política, de los negocios, de la cultura, de los últimos chismes citadinos, etc., es algo hoy por hoy, irrepetible. En el Bella Nápoles el bullicio era ensordecedor. Aun existe, afortunadamente, justo cerca del portal de la Dalia, en donde antes se ubicó la Beneficencia Española, hoy Centro Español. El Bella Nápoles era un centro de reunión y trabajo de vendedores, empleados públicos, jóvenes, y en él se departía con fuerza, degustando café, refrescos y reposterías, e incluso ricos almuerzos en los que reinaba un arroz a la valenciana que no he probado en ninguna otra parte. Famosos también sus volovanes. Había una cafetería que se llamaba La Corona, sobre la Avenida España, cerca del Palacio Nacional, en donde también se servían reposterías de gran calidad, sitio este de reunión de los intelectuales y políticos de la época, que se la pasaban tranquilamente alrededor de un café durante horas y horas. En la Atiocoyo se tomaban los mejores espumosos de la época, y en la Frutalia se vendían las mejores frutas también. Recuerdo que aquí comprábamos las reglas de madera con las que hacíamos nuestros trabajos en la materia de Trabajo Manual, en la primaria. Había una cafetería, la Olimpia, en donde vendían unas tabletas de chocolate,  duras, deliciosas, que uno comía a pedazos con mucha delicia. Recuerdo que valían algo así como cinco centavos de colón. Quedaba, la Olimpia, allí por el Mercado Emporium, que desapareció en un incendio.


San Salvador tenía edificios importantes.  A mí siempre me impresionó el Telégrafo, aun en su sitio y como si nada. También el Correo, en el justo centro de la ciudad, destruido impensablemente por una idea confusa que resultó ser uno de los daños más graves para la ciudad. El Palacio Nacional, la Catedral, la Casa Presidencial en San Jacinto, rodeada por el parque Venustiano Carranza, con el Zoológico a la par, el Teatro Nacional, el viejo edificio del Diario Latino, el cuartel de la Policía, tan bello como nefasto, la Administración de Rentas,…… Habían parques verdes, frescos y soleados, como el Campo de Marte, después Parque Infantil, ahora no sé qué, la Finca Modelo, en donde ahora está el Zoológico, el Bolívar, la Cruzadilla, con L Campana, el Cuscatlán por supuesto, la Finca Guadalupe, hoy Centro de Gobierno, el ya citado Venustiano Carranza en San Jacinto, y otros. Los Barrios eran alegres, muy propios, fiesteros, orgullosos de su propia localidad: San Jacinto, Santa Anita, La Vega, Candelaria, San Miguelito, Concepción, El Modelo, San Esteban, y no sé si olvido alguno. Estos fueron progresivamente siendo sustituidos por las Colonias, la Centroamérica, la Nicaragua,  la Cinco de Noviembre, la Rábida, la Layco, la América, la Mugdan, etc.,  y las lotificaciones. Rodeaban a San Salvador, los pueblos y villas de Mexicanos, Apopa, San Marcos, Villa Delgado, Soyapango, San Martín, Ayutuxtepeque.
No es cosa banal hacer estos recuerdos. Cuando un país va perdiendo progresivamente la identidad, va perdiendo el sentido, y perdido el sentido se pierde el ser. Sólo el sentido conforma el ser. Por ello insistimos en que la única educación de calidad es aquella que es pertinente, porque sólo una educación pertinente tiene sentido. El asunto de la educación ahora no es ya tanto qué se enseña y qué se aprende; el asunto es el porqué se enseña, porqué se aprende, para que se enseña, para qué se aprende. No es esto un rechazo al progreso, al desarrollo. Es simplemente asumir el progreso, el desarrollo, críticamente, sin perder la propia identidad. Tampoco se trata de falsos nacionalismos, en los que más reina el cinismo y la hipocresía que el real sentido de la nacionalidad. Lamentablemente, los que nos han gobernado no han sabido leer los signos de los tiempos ni aprender las lecciones de la historia. Por eso estamos como estamos, alienados, subsumidos, siempre extendiendo la mano para ver qué nos regalan, siempre pensando en vivir de los préstamos, siempre viendo hacia afuera sin conocernos en nuestro propio interior.


Bien, así era San Salvador de antaño. Muchas, muchísimas historias podrían contarse. Habrá que hacerlo. Quienes tengan algo que decir, que lo digan. A lo mejor, nuestros jóvenes dejan a un lado, aunque sea por un momento, tanto aparatejo que andan colgando hasta de los oídos, tanta cliqueadera, y se comienzan a preguntar porqué antes los niños jugaban en las calles y en las aceras, y podían caminar sueltamente por los parques sin que nada les pudiera ocurrir. Si agarran entonces un trompo, un capirucho o unas chibolas, ya algo habremos ganado.
Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea; y quien tenga mente para comprender, que comprenda.
Pueblo, ¡levántate y anda!
Pueblo, ¡rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡cuidado con los cantos de sirena!
¿De política? ¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooo ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooo oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooo ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooo ooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando si Co Latino me lo permite.

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