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El Salvador, Viernes 24 de Mayo de 2013
Última actualización : 23/07:13 h.

Miércoles, 20 de Junio de 2012 / 08:50 h

“Los primeros en sacar el cuchillo...” (4)

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René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales –UES.*

En Tegucigalpa –en la vigilia de la guerra (1969)- colgaron estos carteles: “salvadoreño, si te crees decente, por decencia abandona Honduras. Guanaco, si eres como la mayoría: ladrón, borracho, vividor, maleante, rufián: huye”. Obviamente, la mayoría de salvadoreños no son así, pero el protagonismo de la identidad nacional lo tienen quienes son como el cartel afirmaba.


Las violencia (al no venir del ayer cercano, según narra la historia olvidada por la Historia) está asida a la exclusión y autoritarismo y, por eso, después de quinientos años aún seguimos creyendo que “no hay mal que dure cien años”. Y es que la contemplación diaria del abismo económico tiene efectos explosivos en la interacción social, y ésta sólo sabe del vecino igualado; del pariente más pobre; del colega que gana menos o tiene un título menor; del que pone en peligro nuestros fetiches: el jueves 5 de mayo de 1929, “para vengar insultos a su mujer (Audelia Ramírez) un hombre dio muerte –con una cuchilla de zapatero- a Arturo Tobar, en el zaguán del mesón # 1, situado en el célebre “Callejón del Diablo” (La Prensa).


De ahí que la violencia se convierta, por horizontal, en violencia intraclasista, y los árbitros (quienes nos desapartan mientras nos azuzan, como cuando niños decíamos “el que escupa aquí primero”) son los políticos, jueces y policías, y éstos no quieren resolver sus causas porque no afecta a la burguesía, que es quien firma sus cheques. La violencia intraclasista -que tuvo pausa en los años 30s, 70s y 80s del siglo XX, cuando era transclasista- es directamente proporcional a la disputa del nombre perdido, al contraste social y a las fases extremas de duda política y crisis de pan. En esas fases, el sentido de injusticia social se opaca y, así, se incrementa la violencia en contra del vecino, a quien se le responsabiliza por la dignidad amenazada, pues, “no se busca a quien nos la debe, sino a quien nos la pague”.


Cuando el capital logra que la agonía se troque en violencia intraclasista, oculta la pobreza y, como plusvalía singular, desmonta la violencia revolucionaria. Sobre eso, es interesante ver que en los sitios en que persisten las maras, son los mismos que ayer (años 70s y 80s) nutrieron de militantes al movimiento popular y la guerrilla. Lo peor es que el discriminado aprende, por impotencia, a discriminar a los suyos, en contra de quienes pide penas duras, si son ladrones poquiteros. El ser discriminado por el discriminado hace que se asuma que todos los pobres son ladrones (no los de traje) y, por eso, se guarda el dinero en medio de las tetas en el bus, mientras permite (cuando le toca ser discriminado por el discriminador) que en los almacenes le engrapen la bolsa para que no se robe nada.


La discriminación que nutre a la violencia social alienante, es tangible cuando la gente es tratada de forma desigual: la policía hace una diferencia de trato entre el que roba millones y el que roba cobre (el primero sigue siendo, en el noticiero, “don fulano”; y el segundo es “el loco”, “el sapo”, “el pupú de chucho”); es intangible cuando se oculta en leyes particulares, como la Ley Antiterrorismo; es corporativa cuando la institucionalidad niega sistemáticamente la igualdad de oportunidades, tanto en lo individual como en lo colectivo; es territorial, cuando los ricos llevan el riesgo médico-ambiental a las zonas pobres, donde se ubican: los basureros abiertos, la caótica terminal de buses, los botaderos tóxicos, los anillos periféricos, los mercados municipales, la carencia del tren de aseo y del agua, las minas.


Esas discriminaciones crean -per se- violencia horizontal, pues fomentan agresividad y sentimiento de desigualdad, el que se achica recurriendo al delito, en tanto azadón compensatorio de la miseria. Lo inocuo de la violencia horizontal radica en que es un acto sin plan histórico; una resistencia que, siendo pasiva y disfrazada, simula ser activa y diáfana; una agresión que, siendo individual, se maneja como grupal (nos asustan con los pandilleros –que salen una y otra vez de la cárcel- y con sus absurdas estructuras orgánicas, que son más complejas que el organigrama del Vaticano y más falsos que los mapas conceptuales de los tecnócratas de FUSADES. La infamia de esa violencia es que nos desanima a superar los males: todo se deja en manos de las elecciones (el dios de la democracia capitalista) las que otra vez -para salar nuestra herida- nos defraudarán, pues (lo dice la vida, no la teoría) toda posibilidad de acción democrática termina en la urna, ya que no se pone en juego el poder económico real.


Otro factor tras la violencia horizontal es un Estado parcializado y frágil, en el sentido de que, por aquí, es incapaz de garantizar los derechos básicos de la población más pobre y, por allá, defiende con todas sus mañas ancestrales la bolsa del millonario (o la de sus fámulos) incluso cuando viola la ley. Esa fragilidad incide en la promoción de la violencia, y malea el respaldo que la gente pudiera darle a la construcción de un orden democrático, por cuanto que aquella (de la gente hablo) se ve tentada a favorecer, dormida o no, soluciones autoritarias a la problemática que genera inseguridad, la que sólo es tal en el suburbio. No es absurdo pensar –aunque especulemos- que desde el Estado se impulsa el caos (fomento de disfunciones sociales que exigen ajustes autoritarios al estilo de Parsons) el que al tener como hijo putativo a la violencia social, agudiza la sensación diaria de inseguridad entre la gente, que opta por pedir medidas antidemocráticas que redundan en la militarización de los problemas.


Resolver la violencia social pasa por respetar los derechos humanos básicos (salud, educación, empleo, vivienda digna) y por organizar en las zonas populosas entes formales (ir de la solidaridad instintiva a la solidaridad orgánica) para tener un sentido de pertenencia, ese sentido que tuvimos cuando, hace años, decidimos luchar por la utopía, que sólo ha muerto en la mente de los que cambiaron el ideal revolucionario por el cheque. Eso le compete como reto teórico al científico social; y como reto histórico a la izquierda, la que es –a pesar de los oportunistas y anarquistas que la minan, como en Nicaragua- la más cercana a las demandas populares.


Sí se puede cambiar el graffiti sin sentido, por una bandera; un tatuaje, por una utopía; una desesperanza, por un trabajo digno; una droga, por una ilusión.


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