José M. Tojeira
La Organización Mundial de la Salud ha publicado una alerta declarando los residuos gaseosos del Diesel como carcinógenos. En otras palabras, que los tubos de escape de los vehículos de diesel expulsan gases que están en el nivel máximo de peligrosidad, al igual que el amianto y otras sustancias cancerígenas. La noticia en El Salvador puede pasar desapercibida, porque hay otras muchas causas de muerte, más frecuentes y comunes. Pero no está mal reflexionar al respecto, porque no sólo está creciendo el parque automovilístico de diesel, sino porque el control de humo de los autobuses es inexistente. A pesar de las mediciones gases tomadas a los vehículos privados cuando se les hace la revisión, los autobuses, como los diputados, parecen inmunes a la norma. Es raro ver un autobús que no expulse humo en abundancia. Algunos, al arrancar, incluso impiden ver lo que hay detrás de la primera andanada de humo.
Y sin embargo controlar el humo de los autobuses no es tan difícil. México lo consiguió hace tiempo. Costa Rica un poco después. La cuestión es supervisión anual de los vehículos y vigilancia permanente. Una vigilancia que no es difícil, puesto que la infracción suele ser patente. Que no logremos controlar ciertos aspectos del tráfico puede tener explicación. Pero la emisión de humos no adquiere excusa. Estamos envenenando a nuestra población, hipotecando el futuro de nuestros jóvenes, generando un gasto en salud y en ausencias laborales que no tiene sentido en un país que debe aumentar sus índices de productividad. Soñamos con el desarrollo, hablamos de atraer inversión extranjera, ensalzamos la laboriosidad de nuestros compatriotas. Todo eso está bien, pero si ni siquiera logramos controlar el humo de los autobuses, los grandes ideales se pueden quedar, como el humo, en el aire. El desarrollo se construye de abajo a arriba, y no de arriba abajo. Tener normas para no cumplirlas nunca ha sido acicate o impulso para el desarrollo.
El desarrollo necesita bases. Una es la educación universalizada y de calidad, y en este sentido nunca insistiremos demasiado en ella. El avance de inversión en la misma es mínimo, y ese dato debería ser para todos una especie de revulsivo permanente. Algo que nos arda a todas horas y que nos lleve a ponerlo en todas las conversaciones y exigencias políticas y sociales. Otra, y es de la que hablamos en este momento, es la capacidad de poner orden en nuestras actividades. Generalmente al hablar de ese orden suele mencionarse en primer lugar la seguridad jurídica, hoy amenazada por estas discusiones entre la Asamblea y la Corte. Pero hay otros niveles de ordenamiento que son todavía más elementales y que no acabamos de cumplir. Uno de ellos es simplemente corregir la contaminación causada por los vehículos automotores. Y en el caso de los autobuses, algo urgente por lo que leemos sobre los humos resultantes del diesel y el cáncer. Si este tipo de ordenamiento tan simple no lo podemos llevar a cabo, pocas esperanzas tenemos de verdadero desarrollo. Pues incapaces de solucionar lo simple, difícilmente solucionaremos los problemas complejos.
Cuando se dice que en el país se necesita orden, mucha gente piensa en los militares. Pero no es el orden del autoritarismo el que necesitamos. Sino el orden de la coherencia con la inteligencia y la racionalidad. Esta coherencia se hace más difícil cuando los niveles educativos son bajos. Pero ciertamente, y ante los problemas simples y evidentes, las soluciones no deberían ser difíciles. Además, el conseguir orden en lo básico, acostumbra a lo bueno y educa a la población. Defender la salud de los salvadoreños a través del estado es una obligación constitucional. Pero incluso ahora que estamos en discusiones de constitucionalidad permanente parecemos niños incapaces de ver los problemas más elementales de la vida diaria. Los órganos del Estado se preocupan más de lo que piensan que son sus prerrogativas como órganos que de defender a la ciudadanía, incluso en cuestiones tan básicas como la de reducir la posibilidad de cáncer de pulmón. Olvidando de esa manera el artículo primero de la Constitución, en el que se “reconoce a la persona humana como el origen y el fin de la actividad del Estado”.
El tráfico lleva siendo un problema grave en El Salvador desde los años ochenta. Se ha logrado reducir el año pasado el número de muertos en accidentes de tránsito. Pero queda todavía mucho por ordenar en ese sector, especialmente en el transporte público. Y el orden en algunos aspectos, aunque sea simplemente en el control de los humos de los vehículos, no sólo nos beneficiaría en el campo de la salud, sino también en la famosa imagen, que tanto tratamos de acicalar y maquillar. Ver autobuses nublando la carretera con sus gases, hoy en día, es símbolo de atraso, desorden y subdesarrollo. Mal aspecto para cualquiera que desee llegar a un país con un mínimo de orden y capacidad de imponerlo.



