Carlos Girón S.
La vida es avara. Egoísta. Se quiere, se cuida, se ama a sí misma. Es eso: narcisista. Y por avara, no se desperdicia, no se malgasta; no derrocha nada de sus riquezas; lejos de eso, constantemente está buscando acrecentarlas. Es eficiente en todos sus procesos y está buscando todas las veces el máximo de la perfección. Por eso está ensayando siempre nuevos modelos y maneras de expresión. Va de la mano con la evolución que, a través de eones, hizo levantarse al hombre desde las células del paramaecium hasta el homínido, el pithecantropus (hombre erecto), el hombre de Neardenthal, para avanzar — y no como descendiente de ningún mono— hasta llegar al homo economicus, donde se ha estancado debido a la pérdida paulatina de su consciencia espiritual, al hacer prevalecer en él la materialidad. Y con su materialidad, se ha vuelto un gran manirroto.
Comenzando con que no cuida y más bien desperdicia sus talentos al no aprovecharlos al máximo, pues no hace por despertar sus poderes latentes en su interior, los psíquicos o metafísicos, que son más fuertes que los de orden físico, que pronto se le agotan, contrario a los otros que son prácticamente inagotables. Luego están los otros bienes naturales, como el agua, el aire, los frutos de la tierra y la luz del Sol, que no cuida debidamente.
El agua –el “oro blanco”, como hoy le llaman— es un elemento que, con la explosión poblacional que tiene el mundo, cada vez se vuelve más escasa, amén de su utilización en cantidades colosales por las grandes industrias en el mundo y peor aún, con las petroleras que llenan con agua los vacíos que producen en el subsuelo o en el lecho marino al extraer el “oro negro”.
Dentro de poco las guerras e invasiones de país a país no serán por otra cosa más que por el abastecimiento del vital líquido (esto ya se vio con la invasión y ocupación de Libia, que cuenta con inmensas reservas acuíferas, iguales tal vez o más que sus inmensas reservas de petróleo).
La ambición y avaricia insaciables no sólo de grupos, de gigantes corporaciones transnacionales, sino también de Estados enteros, algunos de los cuales invaden y tumban gobiernos de cualquier país del planeta, para saquear sus riquezas, sin pensar ni un minuto en que los recursos naturales se agotan lentamente, con lo que podrían terminar matando de necesidad y hambre a la raza humana.
Año con año, el mundo celebra, entre muchas otras celebraciones, el llamado Día de la Tierra, con lo que se pretende rendirle homenaje como una generosa madre que le brinda todo a la humanidad para el sostén de su vida. Por ejemplo, y como si fuera una gran cosa, se hace un apagón de apenas una hora en casas, edificios y monumentos en diversas ciudades del mundo, para un ahorro de energía eléctrica en gran escala, pero no todos los países o las personas cumplen.
Ese apagón no es nada frente a los destrozos incalculables que los grandes países “desarrollados” cometen a diario por todos lados, tanto de reservas forestales (como la Amazonia, que ha sido depredada hasta hoy en más de su tercera parte), como de minería y metalurgia, que de paso provoca emanaciones de gases letales que contaminan la atmósfera, el medio ambiente, volviendo enfermizo el aire que respiramos todos los seres vivientes, con su secuela de nuevas enfermedades y el recrudecimiento de las ya existentes.
Y son las potencias industriales las primeras en negarse a tomar acción real y pronta en defensa y preservación de un sano medio ambiente mundial, pues son ellas las que más emiten venenos que contaminan la atmósfera. En 1997 se firmó en Japón el Acuerdo de Kyoto, que impone a 39 países que se consideran desarrollados (no afecta a los países en vías de desarrollo como Brasil, India o China) la contención o reducción de sus emisiones de gases de efecto invernadero. Estados Unidos a la cabeza, se ha negado hasta la fecha a suscribirlo, lo que podría entenderse como decir que poco le importa la suerte de la humanidad –como si esa nación no fuera parte de ella.
Pero, bueno, si las potencias por ser eso no le hacen caso a nadie, a nivel de personas sí podemos entender la seriedad de los peligros y poner cada uno nuestro granito de arena, para asemejar a la virtud ahorrativa de la Vida. Con el agua, por ejemplo, cada uno podemos tener cuidado de no desperdiciarla, utilizando para todos los quehaceres personales, hogareños, de oficina o empresa, lo mínimo, lo indispensable, pensando que hay en todas partes muchos que carecen de ella.
A tono con eso, la ANDA o quien sea debería de tener tarifas diferenciadas tanto para las grandes empresas que consumen enormes cantidades del vital líquido, como también para los “car wash”, que cada vez proliferan como sarampión. Todo ellos consumen enormes volúmenes de agua y contribuyen a la disminución de las reservas mundiales. Cierto que se puede desalinizar el agua del mar, pero a costos prohibitivos.
Los fumadores por su parte podrían también hacer mucho fumando cada vez menos para dos cosas: no atraer el cáncer a sus pulmones y faringes o boca, y no intoxicar más el aire que respiramos todos, además de lo que lo hacen los armatostes chatarras rodantes llamados buses.
Igual cosa con los alimentos: evitar los desperdicios de toda clase, para ahorrar en las familias y para ayudarle a la Naturaleza no agotando la tierra. En fin, hay tantas maneras de poder ser ahorrativos y eficientes como lo es la Vida. Recordemos que somos seres inteligentes, los más evolucionados del reino animal —si bien hay muchos que se quedaron ahí, como animales…



