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El Salvador, Miércoles 19 de Junio de 2013
Última actualización : 19/07:20 h.

Viernes, 08 de Junio de 2012 / 08:28 h

El modelo educativo y su incidencia en la calidad de la educación superior*

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Luis Armando González

Me han pedido hablar de la incidencia del modelo educativo en la educación superior. No es un tema que se pueda tratar a la ligera, pues son varios los factores a considerar y todos ellos requieren un abordaje detenido. De modo que aquí planteo algunas ideas generales que deben ser tomadas como eso: como un acercamiento general a un asunto no fácil de dilucidar y asimismo no exento de polémica. Debo anotar que se trata de ideas personales, que ofrezco en mi calidad de ciudadano y profesional de las ciencias sociales. Es decir, no reflejan ni buscan reflejar punto de vista institucional alguno.


Por razones de exposición, creo que en el tema que voy a discutir se pueden distinguir dos niveles de análisis: un nivel teórico y un nivel práctico. Desde el primero, un determinado modelo educativo siempre incide, positiva o negativamente, en la calidad de la educación superior en una sociedad determinada. Y la inversa también es  cierta: la educación superior incide en un determinado modelo educativo.


Ahora bien, ¿de qué se trata cuando se habla de un modelo educativo?  ¿Qué es un modelo educativo?  De manera provisional, podemos decir que un modelo educativo es una propuesta pedagógica y organizativa de la educación en una sociedad determinada.


Como tal, suele contar con (a) una filosofía de la educación, en la cual se definen los valores y fines del proceso educativo, que se sostienen en una concepción del ser humano, de su entorno y del sentido de su vida; (b) una estructura del sistema educativo, en la cual ese modelo debe cobrar vigencia y sin el cual un  modelo educativo  carece de un sostén institucional y organizativo; (c) unos énfasis en los contenidos y/o la metodología y/o la didáctica en los procesos formativos que se ofrecen en los diferentes niveles educativos; (d)  una determinada asignación de recursos materiales y humanos que aseguren la viabilidad del modelo educativo, y que se orientarán hacia aquello que se considera lo prioritario del modelo: los docentes, los alumnos, la infraestructura o la administración.


Lo dicho concierne a un modelo educativo. Pero hay algo más amplio: el sistema educativo, que se ha forjado históricamente, que es la combinación de diferentes modelos que han dejado su huella, que siguen operando y coexistiendo unos con  otros. Es decir, un sistema educativo puede dar cabida a varios modelos educativos, siendo muy escasas las experiencias históricas en las cuales el sistema educativo se inspiró y concretó un solo modelo educativo. La ex URSS ensayó la formula, y también el nazismo hitleriano. 


Fuera de los totalitarismos, el borrón y cuenta nueva no ha sido posible en materia educativa. Y en las democracias modernas, en las que el pluralismo está bien afianzado, la imposición de un único modelo educativo no es sólo impensable, sino algo prácticamente imposible dada la permanente crítica a la que está sometido todo, desde la religión hasta las costumbres, pasando por la educación y las certidumbres políticas.


Como quiera que sea, un sistema educativo asigna un lugar determinado a la educación superior, que puede ser vista como la culminación de todo el proceso educativo o como un  punto de llegada posible, junto con otras (salidas técnicas a nivel de bachillerato, por ejemplo). Que el sistema educativo asigne un lugar a la educación superior no quiere decir que ello obedezca a una decisión estatal-gubernamental.


Y ello porque, en realidad, los sistemas educativos no suelen implantarse de la noche a la mañana por la voluntad expresa de alguien, sino por la suma de muchas voluntades que pudieron, en el pasado, haber buscado algo distinto a lo que surgió. En la inercia histórica de los sistemas educativos, la educación superior termina ocupando un determinado lugar; la acción estatal-gubernamental en un momento determinado puede intentar reasignar un nuevo lugar a la educación superior, pero esa decisión no será eficaz si desconoce el peso de aquellas inercias, así como la lógica y evolución particulares de la educación superior.


Esa lógica y evolución propias hacen difícil que, por decreto, la educación superior asuma un rol en el sistema educativo impuesto desde el Estado o desde un gobierno en particular. En la definición de ese rol deben participar las instancias que tienen a su cargo la educación superior. Pero también debe participar el Estado, que debe asegurar a los ciudadanos que el rol de las instituciones de educación superior no sea contrario, no al sistema educativo, sino a la educación. 


Y es que un sistema educativo puede ser desafiado y criticado desde la educación superior. Esta, definitivamente, no debe prestarse a la legitimación de sistemas educativos anacrónicos o poco humanizadores. Eso sí, la educación superior (y las instancias responsables de ella) deben desafiar y criticar al sistema educativo desde el interés emancipatorio del conocimiento, y no desde otros intereses, por ejemplo de rentabilidad. En este último caso, estarían obrando en contra de la educación en lo que esta tiene de valor imperecedero, como lo es el cultivo del conocimiento.


En fin, el aporte propio de la educación superior se fija desde el sistema educativo: se puede determinar que sea el pensamiento científico y la investigación, la formación de técnicos de elevada especialización, la formación de ciudadanos con una cultura integral o la formación de profesionales que se integren al mercado laboral. O una mezcla de todo esto. Ahora, en una época neoliberal, la educación superior –y los sistemas educativos— no escapó a las arremetidas del mercado.


En este marco, la formación de profesionales competentes para insertarse en unos mercados laborales maquilizados y terciarizados se convirtió en uno de los principales fines de la educación superior. Las palabras tienen su sentido y su trampa: el mercado alienta la competencia como regla universal de conducta; los profesionales competentes (que tienen determinadas competencias que los hacen competitivos) están mejor preparados que los que no las tienen para integrarse a empresas que compiten ventajosamente en el mercado, es decir, que son competitivas.  De entre ellas, saldrán las ganadoras, esto es, las que vencieron en la competencia a otras, las menos competentes, las menos competitivas. Cualquier semejanza con las “competencias” pedagógicas es mera coincidencia.   


Esto es lo teórico. En el plano práctico hay importantes variantes a lo que se acaba de decir. En cada país y en cada momento histórico varían las incidencias del sistema educativo en la educación superior.


Una primera situación es aquella en la cual el sistema educativo da un lugar a la  educación superior, pero esta no cumple con lo que se espera de ella en el sistema educativo. Puede ser disfuncional en la práctica, siguiendo su propia lógica e intereses. Lo otro puede ser que el sistema educativo asigne una gama de finalidades a la educación superior, siendo difícil para esta cumplir con todo lo que se espera de ella o siendo difícil establecer prioridades.
Desde mi punto de vista, en El Salvador hasta muy recientemente son estas dos tendencias las más evidentes. Por un lado, el sistema educativo da un lugar privilegiado a la educación superior, esperando de ella, entre otras cosas, la mayor excelencia académica, investigaciones de alto vuelo y una proyección social que incida en la realidad.


Esto no ha coincidido con el quehacer efectivo de distintas instancias de educación superior, que han venido imponiendo su agenda propia en la educación superior.  El tema más polémico es lo que muchos han llamado la “mercantilización de la educación”, es decir, la búsqueda de rentabilidad por encima de la calidad académica, la investigación y la proyección social.


Otras instancias de educación superior si bien no se han caracterizado por la búsqueda de rentabilidad, han sido sumamente pobres en su quehacer académico por no tener criterios sólidos para organizar sus estructuras y funciones institucionales, y para contratar al personal idóneo.


Por otro lado, las funciones esenciales de una institución superior derivan en una multiplicidad de actividades que en su conjunto no suelen ser cumplidas a cabalidad.  Docencia de alto nivel, investigaciones, publicaciones, presencia social...


En la práctica, pues, ha habido una incoherencia entre lo exigido por el sistema educativo a  la educación superior y lo que esta ha hecho en la práctica.  Veo una especie de divorcio entre lo que exige el sistema educativo a la educación superior y lo que esta efectivamente ha hecho hasta hace poco.


Es necesario superar ese divorcio, no subordinando el sistema educativo a la lógica predominante en la educación superior, sino haciendo de esta la mejor expresión de aquél. Para ello se impone un cambio de la filosofía de la educación superior: la lógica de la rentabilidad que, sin ser anulada, no debe ser un fin en sí mismo, sino algo que contribuya a la excelencia académica, lo cual pasa por el cultivo del saber científico y el saber crítico en todas sus expresiones.
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*Texto leído por el autor en el FORO: “EL MODELO EDUCATIVO  Y SU INCIDENCIA EN LA CALIDAD DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR EN EL SALVADOR”, Universidad de Oriente (UNIVO), San Miguel, 5 de mayo de 2012.



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