Álvaro Darío Lara
“Uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”, Jorge Luis Borges
A Bernardo Mejía Rez
El pasado 23 de abril se celebró a nivel planetario, por voluntad de la UNESCO, el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. Naturalmente, celebraciones en todos los continentes, desbordan la fecha y se prolongan durante el resto de abril.
Los libros están nuevamente de fiesta, y no pasan de moda. Difícilmente pasarán. Hace décadas que los profetas de su desaparición vienen anunciando su fin, y sin embargo, aquí están en la era digital, reinventándose creativamente, enfrentando todas las vicisitudes de un mundo que cada día está más saturado de información y menos comunicado.
Cuánta razón tenía Saramago, cuando en su visita histórica a El Salvador hace un par de años, al recordar a su abuelo, expresaba lo limitado del vocabulario de éste, lo circunscrito de ese léxico al entorno agrícola y agrario del Portugal de las primeras décadas del siglo XX, pero cómo el mundo se transparentaba en ese puñado de vocablos que salían de su boca; cómo podía comunicar realmente, esto es, hablar desde el sabio corazón.
Saramago afirmaba que ahora tenemos toneladas de palabras, tecnicismos, extravagancias de la lengua, y cada vez nos escuchamos menos, cada vez, volvemos más indigno el lenguaje y la lengua.
Para los que crecimos entre libros -desde el hogar- las viejas ediciones de Defoe, D´Amicis, Mark Twain, Hans Christian Andersen, Óscar Wilde, Lewis Carroll, los hermanos Grimm, Charles Perrault, Harriet Beecher Stowe, Herman Melville, Louisa May Alcott Julio Verne, Juan Ramón Jiménez, Horacio Quiroga, José Martí, Salarrué, Ambrogi, Alfredo y Miguel Ángel Espino, Peralta Lagos, Masferrer, son insustituibles. Aquellas enormes enciclopedias de lomos azules, rojos, dorados. Los atlas de la geografía mundial. La fabulosa Revista Billiken.
Los grandes herbarios, y los iluminados textos de los monjes medievales, que pude apreciar fuera del país en la niñez. Las ediciones, argentinas, chilenas, mexicanas, que mi padre traía de sus viajes o que compraba en las antiguas librerías del centro de San Salvador: Ercilla, Cultural, Cultural Católica, Roxy, Cervantes, San Rey, Hispanoamérica, Moderna, Ibérica; sobre la Calle Arce, la librería San Pablo; la librería y galería Altamar de don Hugo Lindo. Recuerdo la figura delgada y el cabello cano de don Hugo, muy atento, sugiriendo títulos, ilustrando con su conversación erudita y amena; la librería Neruda, de ese gran crítico de arte y excelente persona, víctima de la ciega violencia en la década del ochenta, Reynaldo Echeverría; la librería Isis, cuyos libros esotéricos, nos despertaban aquella curiosidad y extraño misterio; y, desde luego, las tiendas de libros usados en el tradicional Parque San José.
Las editoriales históricas: Porrúa, Editores Mexicanos Unidos, Fondo de Cultura Económica, Siglo Veintiuno, Salvat, Ramón Sopena, Brugera, Seix Barral, Barral Editores, Plaza & Janés, Alianza Editorial, Editorial Molina (toda Agatha Christie), Kapelusz, Losada, Editorial Suramericana, Colección Austral (Editorial Espasa-Calpe,) Emecé Editores; Editorial Kier y Orión, con sus títulos ocultistas y místicos. A nivel regional, los tiempos de la formidable EDUCA y la guatemalteca Editorial José de Pineda Ibarra. Entre nosotros, la Dirección de Publicaciones, con aquellas portadas de Mérida, en tirajes de miles, que realizó ese gran editor y poeta en prosa, Ricardo Trigueros de León; Tercer Mundo, quijotada de Álvaro Menén Desleal; Editorial Abril Uno de Mauricio Sarmiento y Bernardo Mejía Rez (el creador de “Pajaritas de Papel” y “Mi Pequeño Mundo”, páginas infantiles pioneras en matutinos y vespertinos), Clásicos Roxsil de doña Rosa Victoria Serrano de López, Editorial Nosotros, Editorial Ahora, Canoa Editores; Editorial Universitaria y UCA-Editores, sobre todo, durante la época que las dirigió Ítalo López Vallecillos.
Los libros, el gran placer de los bibliófilos. Esas joyas raras que aparecen de cuando en cuando, entre filas de antiguos textos, donde el hongo se extiende, donde el polvo del tiempo, oculta verdaderos tesoros; donde acaso un roedor, se ha llevado una esquina; y un parásito nos ha dejado su tránsito burlador en orificios que atraviesan páginas y páginas. Gran mérito los textos de “segunda lectura” que llegan a menor precio a los padres de familia, a los estudiantes, a los maestros y a los lectores voraces. Gran servicio de don Jesús Castillo Villegas en la Avenida Monseñor Romero de San Salvador, con su librería “Segunda Lectura”; de igual manera, doña Lydia con “La Casa del Libro”, frente al Parque San José. Capillas donde los devotos de esa divinidad de mil voces y rostros, que es el libro universal, se solazan en la visita indagadora, ansiosa, obsesiva, por arrancar del tiempo, la bella palabra, la sabia palabra de lo impreso.
No todo, queridos amigos, está en esa gran red maravillosa, en esa gran biblioteca de la posmodernidad que es la internet. No puede estarlo. Es absurdo. Ahí existen larguísimos senderos de datos, pero también, mora el ignaro y perverso anonimato, que no tiene calzada ninguna fuente ni referencia. Que grita y afirma, sin pruebas. Y no es que en lo impreso, esto no pueda darse, o no se dé, lo que sucede es que lo impreso obliga más a ser responsables. No es tan simple como “subir cualquier cosa” en el mundo electrónico de la contemporaneidad.
Todavía tenemos buen tiempo para el libro. Todavía el libro continuará entre nosotros. Por más sofisticado que venga el futuro. Por lo menos, para varias generaciones – entre las que me cuento- no será nunca igual, disfrutar de un texto al filo de un espléndido atardecer crepuscular en Centroamérica, y reparar en la voz suprema, mística, de don Alberto Masferrer, en la maestría narrativa de Hemingway, en los mundos fascinantes de Paracelso, en la luz de Krishnamurti, en la estilística hermosa e hiriente de Capote o en esa onza de oro puro que es Borges, que hacerlo en la fría pantalla de un ordenador. Todo esto condensado en el libro físico. Y es que existe un asunto de juego, de sensualidad, de posesión, de tacto; de placer visual en la cubierta, de regodeo tipográfico, de intensidad cromática en las ilustraciones, de brillo, que no tan fácil cederá. Para los bibliófilos como el suscrito, que aman por igual las antiguas revistas y los periódicos del día a día, pienso, aún hay esperanza.
Entonces, una taza del mejor café centroamericano, para autores, editores, lectores, libreros, bibliotecarios, y queridos lectores.
Continuemos leyendo.



