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El Salvador, Martes 21 de Octubre de 2014
Última actualización : 31/11:28 h.

Viernes, 16 de Marzo de 2012 / 08:30 h

Tenemos un problema cultural, De representación y de intereses

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Guido Miguel Castro

El Salvador posee una serie de problemas que lo mantienen estancado en lo político, económico y social. Vivimos un estado de cosas en el que pareciera que a la mayoría de salvadoreños solo le quedan dos opciones: emigrar a Estados Unidos o resignarse al destino de ser eternamente pobres con derecho a heredar ese estado a sus hijos.


Fundamentalmente, los problemas de la Nación se reducen a una tara cultural que padecemos desde la colonia, a la falta de representación de los ciudadanos en un supuesto régimen republicano y a la recurrente actitud de los gobiernos, sin importar su signo ideológico, de defender los intereses económicos de los grupos monopólicos y oligopólicos.


La conquista interrumpió la evolución social y política de los habitantes naturales de nuestras tierras, no fue una convivencia de dos culturas, sino, la imposición de un sistema feudal que ya estaba siendo superado en Europa. Por otra parte, nuestra época colonial fue prácticamente una extensión del sistema feudal del Viejo Mundo con todas sus consecuencias culturales y económicas. Nos quedamos con una mentalidad de siervos de la gleba, con todo y la alegría de rendir pleitesía y ofrendar al Señor Feudal, y hasta considera como un honor el derecho de pernada.


Esta estructura mental nos volvió conformistas, desordenados, irresponsables, sin iniciativa propia e incapaces de exigir nuestros derechos ciudadanos, tanto políticos, económicos como sociales, y por tanto, abrió la puerta de la dominación de los nuevos señores feudales, los reyes del mercantilismo, que usan el anillo al estilo de la realeza europea.


El otro problema es la manera en que la partidocracia nos ha impuesto la manera de elegir a nuestros “representantes”, un sistema electoral amañado, sujeto a una desigual distribución poblacional, basada en una división política obsoleta e ineficiente, en el que unos votos valen más que otros y los ciudadanos no conocen a los candidatos que las cúpulas partidarias les imponen.


Es hora de pensar en reducir las circunscripciones municipales de 262 a unas 50 y los departamentos a 4 regiones.
Hay que unir los municipios cercanos, por ejemplo, los de la zona metropolitana de San Salvador, de tal forma que un solo consejo municipal gobierne once antiguos municipios.


Asimismo, organizar cincuenta colegios electorales que elijan igual cantidad de representantes, que se reúnan dos o tres veces al año a legislar sobre los proyectos de ley que preparen un grupo de juristas que se encarguen de revisar las necesidades de legislación, derogando lo que no sea innecesario y manejando unos diez cuerpos legales que abarquen todas las áreas de la vida nacional, evitando tanta dispersión legislativa que solo favorece la inseguridad jurídica.


Finalmente, debe lucharse por erradicar el estado de privilegios y “favores” que alientan la corrupción y la exclusión social. El ejecutivo debe encargarse únicamente de los asuntos de Estado, trasladando a los municipios las funciones de seguridad, educación, educación, obras públicas y servicios básicos.


El ejecutivo se limitará a las relaciones exteriores, la educación superior, las políticas de promoción de investigación, la defensa nacional, la política económica y de desarrollo agropecuario, el comercio exterior, los puertos y aeropuertos, y las grandes obras que comprometan el territorio de varios municipios a la vez.
De esta forma, el ciudadano podrá elegir gobernantes locales con liderazgo, a quienes podrá evaluar y sobre quienes podrá influir con sus aportaciones de ideas y enriquecer con las iniciativas comunales.


Cuando el ciudadano perciba que su voto tiene poder de decisión, empezará a interesarse en la cosa pública, ejercerá su ciudadanía y experimentará la política participativa.


La administración municipal de la salud, la seguridad y la educación permitirá maximizar los recursos y volver más eficientes estos servicios fundamentales que llevan a formar al ciudadano del futuro. Un ciudadano que piensa, que lee, que se vuelve autodidacta, que crece saludable, se siente seguro y desarrolla con gusto proyectos que lo benefician en comunidad.


Solo así podemos salir del subdesarrollo feudal del que la independencia de España no pudo sacarnos y en el que el mercantilismo salvaje nos mantiene sumidos para conservar sus privilegios. Pero lo más importante es superar la deficiencia cultural que padecemos a través de un sistema educativo incluyente y humanizado.


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