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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
Última actualización : 25/07:38 h.

Jueves, 09 de Febrero de 2012 / 10:44 h

La Comunidad de San Egidio cumple 44 años de vida

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El 7 de febrero de 1968, un joven estudiante de bachillerato en un colegio romano, Andrea Riccardi, después de haber leído por su cuenta el evangelio, decide reunir a sus compañeros para seguir leyendo juntos la Palabra de Dios. Esa palabra hablaba de los pobres. El pasaje evangélico que Andrea leyó es el que habla del juicio final que se encuentra en Mateo 25, 31-45. ¿Quiénes son los pobres? -se preguntó-. En esos años, los jóvenes estudiantes salían a las calles a manifestar su descontento contra todo tipo de autoridad, y hablaban de querer cambiar el mundo siendo solidarios con los pobres. Muchos de ellos, pertenecientes a “un mundo de bienestar”, empezaron incluso a irse a vivir a las zonas pobres; era un experiencia fuerte, pero el entusiasmo pasó y la abandonaron. ¿Se puede ser amigo de los pobres sólo cuándo se tiene entusiasmo de joven, tiempo y ganas? Andrea y sus compañeros, empezaron a hacer un servicio concreto. Este servicio consistía en ir a las zonas pobres de Roma, reunir a los niños y estudiar con ellos. Vencer la ignorancia es un modo concreto de cambiarle la vida a un niño. Parece poco, pero el secreto está en que se cambia una sociedad si se le cambia la vida a un pobre. Así empezó la Comunidad a dar sus primeros pasos. Hoy se ha extendido en 73 países.


¿Por qué la experiencia de la Comunidad no se desgastó? Pasaron los años de juventud de los primeros miembros de la Comunidad, pero el entusiasmo no ha pasado. El secreto está en dejarse guiar por la Palabra, en amar la oración y la eucaristía. Los hombres y las mujeres espirituales son concretos porque aman. El amor cristiano se vuelve trabajo concreto hacia los demás.


La necesidad de crear una nueva cultura: la de la gratuidad
Los tiempos han cambiado. Hace 44 años era común hablar del bien común. Hoy se le da valor sólo a lo que se compra y se vende. Todo se ha convertido en mercadería. Incluso la vida y la fe. Es lo que podríamos llamar “dictadura del materialismo”.


Una persona vale si tiene dinero, si puedo obtener de ella una ventaja. Nuestra sociedad no conoce el valor de la gratuidad. Hacer un gesto gratuito por una persona que no me puede devolver un favor es raro en nuestro mundo, es considerado una locura, más cuando somos golpeados por una crisis económica. Pero, ¿hacia dónde nos lleva una mentalidad así? ¿No será esta mentalidad el origen del daño que experimenta nuestra sociedad? Los pobres, con sus heridas, nos hablan de este daño. Es una mentalidad individualista que nos lleva a salvar nuestra pequeña riqueza (tiempo, tranquilidad) a toda costa. El evangelio, por el contrario, contrasta esta mentalidad materialista con la cultura de la gratuidad. ¿Quién piensa por ejemplo, en un anciano que ha sido arrinconado en un asilo? Un problema que viven los ancianos, además de la soledad, es la dificultad para dormir durante la noche. Las horas se vuelven largas, y de día, no hay con quien conversar. Con una hora de tiempo se le puede cambiar la vida a un anciano.

La Comunidad de San Egidio es un fruto del Concilio Vaticano II
Hace 50 años, el papa Juan XXIII convocaba a un Concilio. Él era ya un anciano. Podríamos pensar que sólo los jóvenes sueñan, pero este pastor, ya con sus años, quería rejuvenecer la Iglesia. El problema de aquel tiempo era la guerra fría que por poco podría convertirse en una guerra combatida. El mundo iba saliendo de la experiencia dolorosa de dos guerras mundiales. No era un mundo fácil, mucho pesimismo; en esto nuestro tiempo no es tan distinto. Es un tiempo gris.
«En el Concilio Vaticano II, por primera vez en la historia de la Iglesia, se reúnen Padres conciliares que pertenecen a todos los pueblos y naciones, y cada uno brindará una contribución de inteligencia y experiencia para sanar la heridas de los dos conflictos mundiales» -decía Juan XXIII.
 Él  agregaba: «Las madres y los padres de familia detestan la guerra: la Iglesia, madre de todos indistintamente, alzará una vez más una solemne declaración que brota de las profundidades de los siglos… paz que previene los conflictos; paz que en el corazón de cada hombre y mujer tiene que tener sus raíces y su garantía». Y agregaba: «Iglesia de todos, particularmente de los pobres». Es un Concilio verdaderamente católico, en el sentido que es “universal”. En este sentido, es global, y lo es antes de que se empezara a hablar de globalización, porque la Iglesia es la globalización de la fe y del amor en la comunión. «La Iglesia» -dice el papa Juan XXIII- «siente como las madres y los padres de familia: detesta la guerra y habla siempre de paz entre los pueblos y en el corazón de los hombres, porque la Iglesia es madre de todos indistintamente».
La presencia de la Virgen María en medio de todos nosotros nos recuerda la indiscutible maternidad de la Iglesia. Todos los cristianos estamos llamados a tener una mirada materna hacia todos, especialmente los que más necesitan ayuda.
No es fácil hablar de esperanza en este tiempo. Resulta ingenuo o anacrónico, lo mejor sería, pensar sólo en sí mismos. Pero esta es una mentalidad que no podemos aceptar. Estos razonamientos parecen proteger, pero nos hacen daño a todos. Pablo VI, el papa que concluyó en Concilio Vaticano II, en su discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas en 1965, definió en modo original la competencia de la Iglesia: «Nosotros» -dijo- «somos expertos de humanidad». Convencidos decimos, que no hay humanidad, y no hay humanismo si no se parte de Dios. Quien parte de Dios es amigo de los pobres.
Queremos vivir este 44 aniversario de vida de la Comunidad, guiados por el espíritu del Concilio Vaticano II. Es un desafío aprender a pensar de otra manera, a ser expertos de humanidad.  


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