Carrlos Girón S.
Irguiendo un poco el cuello para evitar hundirme en el miasma pútrido del medio ambiente que han creado acá todas esas gentes amorales, faltas por completo de ética, de honor y dignidad, me alzo sobre otras regiones límpidas y puras como las quechuas, del Perú, donde se escucha el canto de uno de sus indios con una tremenda nobleza que expresa en sus palabras, llenas de una honda sabiduría. Las enmarca en una expresión como la que encabeza este trabajo. Y no siento necesidad de ponerle ni quitarle una coma. Está cincelada en roca de mármol puro.
Chamulá es el indio al que se escucha cantar, así:
“Saboreo cada acto. Antes cuidaba que los demás no hablaran mal de mí; entonces me portaba como los demás querían, y mi conciencia me censuraba.
Menos mal que a pesar de mi esforzada buena educación, siempre había alguien difamándome. ¡Cuánto agradezco a esa gente que me enseñó que la vida no es un escenario! Desde entonces me atreví a ser como soy.
El árbol anciano me enseñó que todos somos lo mismo.
Soy guerrero: mi espada es el amor; mi escudo, el humor; mi hogar, la coherencia; mi texto, la libertad.
Si mi felicidad resulta insoportable, discúlpenme, no hice de la cordura mi opción.
Prefiero la imaginación a lo indio, es decir, inocencia incluida. Quizá solamente teníamos que ser humanos.
Sin amor, nada tiene sentido; sin amor estamos perdidos; sin amor corremos el riesgo de estar de nuevo transitando de espaldas a la luz. Por eso es muy importante que sea el amor lo único que inspire tus actos.
Anhelo que descubras el mensaje que se encuentra detrás de las palabras; no soy un sabio, sólo un enamorado del saber.
Quizá sólo seamos agua fluyendo; el camino nos lo tenemos que hacer nosotros.
Mas no permitas que el cauce esclavice al río, no sea que en vez de un camino tengas una cárcel.
Amo mi locura que me vacuna contra la estupidez.
Amo el amor que me inmuniza ante la infelicidad que pulula por doquier, infectando almas y atrofiando corazones.
La gente está tan acostumbrada a ser infeliz, que la sensación de felicidad le resulta sospechosa.
La gente está tan reprimida, que la espontánea ternura le incomoda, y el amor le inspira desconfianza.
La vida es un canto a la belleza, una convocatoria a la transparencia…
Os pido perdón, pero ¡me declaro vivo!
No, no son banalidades; ¡qué va! Es un sentido profundo de la vida y el Ser, es la pureza y sinceridad de un alma india con la que fácilmente se identifican quienes abrigan pensamientos y sentimientos nobles y altruistas. Ese canto tiene sabor a incienso que se quema en el altar de un adorador de Dios en el silencio de cualquier rinconcito en humilde hogar o en una casa amplia y ventilada. Da igual.
Repito que cantos como esos hacen mucha falta en un mundo atosigado por el hedor de tanta sangre, mucha de gente inocente que en su dolor sólo se refugia en las lágrimas y el amparo divino.
Hacen falta más poetas que canten a la vida, a la esperanza, la caridad, la bondad, la alegría (como Schiller), los ensueños, en fin, todo lo que despierta las potencias del alma y da fuerza para seguir avanzando por el sendero, viviendo intensamente cada experiencia, cada vivencia.
Si, es preciso alzarse por encima del fangal del mundo con sus fétidos humores que intoxican y enferman. Por eso siento agrado de compartir con los lectores estas perlas del sentimiento de un indio quechua, Chumalá.



