En grupos, trabajan para exhumar los restos de la familia Alvarado, asesinados en El Calabozo, durante el conflicto armado.
Guillermo Martínez
Carlos Chita
Redacción Diario Co Latino
“Cortamos tres ganchos y con eso las recogimos, no podíamos tocarlas, la piel se les caía a pedazos, como escamas negras por el ácido que les habían echado. La abuela de las niñas estaba tirada hacia atrás, con las piernas dobladas como si hubiera estado hincada al momento del disparo, con una niña en cada brazo”, recuerda Francisco Iraheta de unos 70 años, cuando llega por primera vez, después de 30 años, al lugar donde encontró y enterró el cuerpo de sus familiares asesinados durante la masacre conocida como “El Calabozo”, en la zona norte de San Vicente.
Mira por un momento a los que se encuentran presentes en el lugar donde se realizara la exhumación de los restos de sus parientes y luego baja la mirada, observa el suelo bajo sus pies, extiende las manos, gira siguiendo sus dedos y prosigue: “abrimos un hoyo como de un metro de hondo, metimos a la señora y luego a las niñas sobre su pecho. Hicimos un tapesco de ramas delgadas y se los pusimos encima, luego un tendido de ramas más gruesas y después hojas, para que la tierra no tocara sus cuerpecitos. Don Lito me pidió el corvo e hizo dos pelones en un bejuco que estaba encima, ese que ve usted ahí, para que nos sirviera de seña”, recuerda Francisco.
Huyendo del ataque que realizaban fuerzas elites del ejercito, el 22 de agosto de 1982, en gran parte de los municipios norteños del departamento de San Vicente, las primas Aide y Carolina Alvarado, junto a su abuela Fidelia Alfaro se refugiaron en una barranca ubicada en el caserío El Amate, en el cantón Amatitán Abajo, al norte del municipio de San Esteban Catarina, luego de haber perdido el rumbo de otros familiares. Allí fueron encontradas por miembros del ejército y asesinadas. Este es el mismo lugar donde Francisco Iraheta, encontró los cuerpos de las niñas y la anciana. Un lugar actualmente rodeado por pequeños cerros, una maraña de bejucos, arboles entrelazados, calor agobiante y el cauce de un río, por ahora seco.
Han pasado varias horas desde el inicio de la exhumación y casi es mediodía, Francisco, agotado de tanto golpear y remover grandes cantidades de tierra y piedras con la piocha que no soltaba de sus manos curtidas y fortalecidas por el arduo trabajo del campo, es reemplazado, a momentos, por jóvenes familiares, una nueva generación de la familia Alvarado, hijos de la mayoría de los que sobrevivieron a esa masacre.
Durante el descanso forzado, que ha tomado, regresa a su memoria lo que sucedió ese día y que todavía está tan presente como si hubiera ocurrido ayer, habla utilizando sus manos y sus ojos recorren a cada momento el lugar donde murió su familia, crimen cometido durante el operativo en la que participaron fuerzas del extinto batallón Atlacatl, Batallones Atonal y Ramón Belloso, así como también de la Quinta Brigada de Infantería y el Destacamento Militar No 2, comandado este último, en ese momento, por el coronel Sigifredo Ochoa Pérez.
En el lugar, también se encuentran miembros de la asociación Pro Búsqueda, encargados de la logística de la exhumación y el Equipo Argentino de Antropología Forense, entre ellas Silvana Turner, quien cuenta con basta experiencia en el área.
Turner cuenta que habiendo comenzado con la exhumación de víctimas de la dictadura Argentina en la década de los setentas, a solicitud de los interesados, ha liderado procesos de exhumación en más de 40 países que incluyen a El Salvador y Bolivia. En este último, en un lugar llamado Valle Grande, realizó el rescate de los restos mortales de unas 20 personas abatidas por las fuerzas gubernamentales de aquel país y entre los que se cuentan los restos del insigne líder gerrillero Ernesto “Che” Guevara”.
En nuestro país ha liderado procesos entre los que destaca, por su notoriedad internacional, el de las víctimas de “La Masacre de El Mozote” y más recientemente, el de diez civiles asesinados en Potonico, Chalatenango.
En el caso de la familia Alvarado, Turner espera a que aparezcan las primeras pruebas de que allí se encuentran los restos de ambas niñas y la anciana asesinada. El trabajo es arduo y entrada la tarde todavía no hay resultados.
Mientras tanto, caminando por todo el lugar, cansado y ansioso está José Antonio Alvarado, sobreviviente de la masacre y hermano y nieto de las asesinadas, comenta que “lo único que queremos es darles cristiana sepultura” y dice estar contento porque habrá un lugar adonde ir a visitarlas. “Aquí cuesta venir porque es muy peligroso y además mi papá me dijo hace tres años, antes de partir, que me dejaba una misión y es la de sacar los huesos de mi abuelita y hermanas y llevarlos al cementerio para que descansen en paz, desde entonces he luchado por conseguirlo”, concluye.



