Eduardo Badía Serra
Decía José Martí que “los hombres son como los astros; unos dan luz de sí, y otros brillan con la que reciben”. De esos hombres, que quieren alumbrar con la luz de otros, tenemos muchos en el país. Perversa forma de humanidad esa, que vive como parásita de la razón ajena. Sin embargo, siempre les acompaña la cortedad de su entendimiento, y por ello remataba el patriota cubano diciendo que “para ir delante de los demás, se necesita ver más que ellos”. Problema de esos hombres, su, como he dicho, cortedad de visión. Martí fue un iluminado, y a pesar de su corta existencia, vivió intensamente y se quedó, al margen de las veleidades ideológicas que lo intentan situar aquí y allá, en el alma de América. Efectivamente, “…en el mundo ha de haber cierta cantidad de luz, como ha de haber cierta cantidad de decoro. Cuando hay muchos hombres sin decoro hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres”, decía.
¿Porqué, habiendo tantos hombres que han sabido calcar en la historia del pensamiento, tantos buenos consejos y tantas sanas opiniones, hay otros que insisten y persisten en ser los propios lobos de sí mismos, y no precisamente como aquél lobo que se expresó y se comportó con tanta sabiduría ante el varón que tiene corazón de liz, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís, del que nos habla Darío, que sus buenos motivos tenía, sino como esos lobos torvos que habitan en lo más oscuro de las entrañas de algunos hombres, que también los tienen pero no de tan sana naturaleza?
José Martí fue famoso por sus frases, llenas de contenido y de belleza expresiva. Muchos hablan de él, pero pocos lo siguen en su comportamiento y obedecen sus consejos. Si no, veamos algunos: “La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre”; “De la independencia de los individuos depende la grandeza de los pueblos”; “El que tiene un derecho no obtiene el de violar el ajeno para mantener el suyo”; “ La palabra no es para encubrir la verdad sino para decirla”; “Cuando los pobres emigran, los gobernantes sobran”; y aquél famoso, certero y acusador juicio: “Vale más un minuto de pie que una vida de rodillas”. Si examináramos conscientemente el contenido de tales mensajes, con cada uno de ellos tendríamos para la mayor de las reflexiones y la mejor de las conclusiones. Martí es de los hombres que todos tratan de apropiarse. Suele eso suceder con tantos como él, pues aquellos que tienen pocas luces y no sanas intenciones, buscan recurrir a esos artificios para hacerse ver. Es, precisamente eso que él ha dicho: Son seres que al no tener brillo como los astros, buscan brillar de la luz que de otros reciben, pero siempre chocan al final con el hecho irrefutable de que como tienen cortedad de visión, no pueden ir nunca adelante dado que no pueden ver más que quienes al final les aventajan. La ventaja con Martí es que, al ser ya un hombre universal, trasciende la propiedad particular y se vuelve parte de todos, sobre todo, de los que luchan por la libertad y por el decoro, pocos en el mundo por cierto.
He cedido la palabra, entonces, a ese mártir de América y del mundo, valiente en la lucha y dulce en la palabra, que fue José Martí. Sólo estuvo en la Tierra por cuarenta y dos años, pero mientras lo estuvo, lo hizo plenamente. Vivió luchando contra la iniquidad y derramando amor por todo el continente y por España. Nos dejó tantas buenas enseñanzas. Al final, se grabó en la historia, siendo así ya parte de nuestra cultura. Único en América, culminó la lección con un consejo que es a la vez, una obra de amor y una muestra de valores y de moral, un poema al que llamó La Rosa Blanca, joya de la poesía universal. Aquí la pongo:
Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo…..
¡Cultivo una rosa blanca!
¡Qué tremenda lección la de, sobre todo, esta última estrofa! ¡Y qué pocas rosas blancas se ven, hoy, ya, por la Tierra! ¡Lástima grande!
He cedido la palabra, esta vez, a Don José Martí. Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea; quien tenga razón para entender, que entienda.
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



