René Martínez Pineda*
Patria –madre vejada que pierde a sus hijos en la nívea frontera o en la locura fratricida del barrio- duermo mi amor por ti hasta mañana, cuando no tenga que beberme la sed ajena en silencio; cuando no tenga que exiliar -en una jaula de oro de un octavo de quilate, o en una postal turística fraudulenta- a los pericos que fueron desahuciados por la mano del “valiente” que te quitó la virginidad, antes del primer grito; cuando tu añil sólo cobije los sueños del amor furtivo, y no los cuerpos telúricos de los hijos que se parecen a ti, tanto en la guerra como en la paz; cuando me devuelvan el sabor a azúcar morena de mi piel desnuda y rota, perdida desde que tuve que alquilar mi cuerpo con el consentimiento de tu monosílabo sin soberanía, que tiene a asesinos como héroes y a militares dirigiendo lo civil...
Patria –vendedora ambulante de promesas recónditas y de pócimas infalibles que, milagrosas, hacen volver al ser amado en tres días- consuelo mi amor por ti hasta mañana, cuando los funerales fiados sean una excentricidad de la cultura; cuando el bautizo llegue antes que el zancudo y que el frío pulmonar; cuando tenga más horas libres para la caricia cálida que para el tronar de dedos; cuando las mil boletas de empeño que guardo en una caja de cartón –mi fiel mesita de noche- no sean mi único patrimonio heredable; cuando el requisito para ser funcionario de gobierno no sea ser un servil con trabas neuronales, un accionista de la miseria colectiva, un feligrés del enriquecimiento sospechoso, o un pendejo fiel; cuando dejen de tratarte como la chucha más flaca a la que se le pegan primero las pulgas del neoliberalismo; cuando la miel de tus pies en mi boca sea un milagro cotidiano y no una tortura del azadón...
Patria -madre violenta que se extraña en el barullo cultural del dialecto muerto- entretengo mi amor por ti hasta mañana, cuando la oración a tu bandera no me saque la lengua desde el púlpito sifilítico de los criollos del imperio; cuando tu himno no sea una cucharada de sal en mis heridas; cuando los niños de la calle coman mejor que los perros de los ricos; cuando la calle sea un lugar donde el único crimen que se pueda cometer sea perturbar con mi risa tu risa; cuando las cobijas sean tan baratas como las banderas políticas; cuando la papalota deje de tejer epidemias medievales que son más democráticas que las elecciones; cuando tengas en tus venas más niños con zapatos que automóviles lujosos; cuando la jubilación del abuelo deje de ser el fin de la gangrena adquirida en el primer día de trabajo; cuando ninguna anciana necesite extender la mano para cumplir su último sueño; cuando los cuartos con olor a ruda machacada con alcohol sean trocados en museos nacionales de la política, y el haber vivido de ella se oculte, se niegue tres veces –indignados, insultados, ofendidos- como a la enfermedad venérea más ignominiosa que se padeció de joven...
Patria –campesina que camina descalza hacia mi pecho con el cabello tostado por el mediodía- arrullo mi amor por ti hasta mañana, cuando en las escuelas se resuelva, para siempre, para todos, el trinomio cuadrado perfecto de tu bandera soberana, la raíz cúbica de la expropiación de los ejidos, y la ecuación de la masacre de 1932 que, con cinismo clasista, celebra en Izalco un partido de derecha; cuando en las aulas el tétrico profesor de ciencias políticas sepa explicar la diferencia entre dólar y dolor, y entre capital y capitolio; cuando rasguemos la oscuridad que respiramos con camisas nuevas; cuando ajusticiemos el llanto del niño hambriento con la risa de las milpas sin hipotecas; cuando lo que cubra mi mirada no sea propiedad de los mismos cinco cristianos; cuando comprar artículos de lujo en un centro comercial, tenga que hacerse con la misma conspiración con que se entra en un burdel de la Avenida Independencia, o con el rubor con que se oculta la botella de licor con papel periódico....
Patria –pregonera de la semita mieluda con café en el ardor del asfalto- acumulo mi amor por ti hasta mañana, cuando te limpies la baba del concupiscente autenticado; cuando el tren no me diga adiós sin detenerse en la estación de mi miseria; cuando te hartes, en un arrebato de dignidad de pueblo, de la rameridad que te imponen; cuando amarte como loco no me provoque la goma moral del que se sabe adúltero; cuando el olor a lodo se divorcie, por consentimiento mutuo, de las pachas de los niños que viven en las residenciales de los pobres; cuando por tus calles circulen más libros que pistolas y deambulen más maestros que diputados; cuando ya no te obliguen a cobrar la jugosa recompensa por tenerme como rehén de un progreso que me vende pólvora gringa y me regala medicinas africanas... cuando alabes el vientre oscuro de las montañas que se quedaron vestidas y alborotadas en las gradas del triunfo definitivo...
Patria –madre de tetas vacías, cicatrices azules y uñas quebradas- dormito mi amor por ti hasta mañana, cuando ya no hagas heder el frío callejero; cuando los niños sin niñez no tengan que mendigarle calor a las ratas; cuando el aumento al precio de la leche no sea una tragedia que invite al suicidio masivo; cuando se le caiga la careta al filántropo que, con libras de odio, se lucra con la desnutrición crónica de tus hijos; cuando la sal vuelva al comedor para juntar a la familia que amamos; cuando las únicas migraciones sean las de las intensidades del amor; cuando la camisa deje de doler en la espalda; cuando recuerde cómo platicaba a señas con tu cielo y espantaba los truenos con las manos, creyéndolos moscas parisinas...
Patria –obrera mal pagada que no deja de sonreírle a sus hijos- arropo mi amor por ti hasta mañana, porque hoy me entretienen las tareas de la rebusca que hace del hijo bueno un desertor de la escuela pública, y que me impiden fundir mi anemia con tu luz para recrear celajes y luciérnagas... por eso… y porque el engorroso olor a mierda de los ríos que abrazan la ciudad, depreda mis horas de patriotismo y erosiona mi hemoglobina olvidada en los acuerdos de paz.
Patria, madre vejada, haces hasta lo imposible por doler en el amor, y por eso se te adora hasta lo indecible.



