Eduardo Badía Serra
Los sabios aconsejan. Nunca ordenan. Por eso son sabios. Por eso hay que escucharlos, hay que darles la palabra porque mucho tienen que decirnos. Eso venimos haciendo, dando la palabra, para que el que quiera escuchar, escuche, y quien quiera ver, que vea. Por supuesto que quien desee entender, entenderá. ¿Más? ¡Nada! Ya hemos visto como Llull nos ha puesto en escena la naturaleza humana, real y cruda, reflejada en el mundo de los animales, del león, de la zorra, del pobre burro y del también pobre buey, de los que comen carne y de los que comen hierba. Formidable Llull. Allí está también nuestro Gavidia, “….hacer de la tiranía, gobierno, y del populacho, pueblo….”, ¡tremenda aspiración!, ¡Qué buen consejo! Todos conocemos a Nicolás Maquiavelo, ese gran humanista florentino, (1469-1527), que creyó poder resolver la crisis italiana retornando al origen de la historia de la península, convencido que el retorno al príncipe era el único antídoto para el desorden y la decadencia. Maquiavelo aconseja a ese príncipe hipotético bajo su visión, para nada absurda, con una enorme muestra de sabiduría política y de conocimiento humano. ¿Cómo es posible que el hombre, ante tanto buen consejo surgido desde el relato hasta la vivencia misma, desde el mito a la ciencia, no los haya tomado para su mejor vivir y para su felicidad? Por eso, yo mejor cedo la palabra, para escuchar lo que dicen los sabios, esos otros hombres que lo saben hacer con propiedad, y además con profundidad y belleza. Normalmente, los sabios son esas especies de locos sublimes que saben leer la vida sin tropiezo y la traducen con claridad inequívoca. Hubo una vez uno de estos locos sublimes que aconsejó a otro igual que él. Don Quijote, en el capítulo 42 de la segunda parte de El Quijote de la Mancha, si no me equivoco, aconsejó a Sancho cuando este se entera de que gobernará la ínsula de Barataria. ¡Miren algo de lo que le dijo el caballero andante de la noble figura a su escudero!:
“Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada….. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginase. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra……..Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde y virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran….. Mira Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay porqué tener envidia a los que padres y abuelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale….. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniera a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes, antes les has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada….. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta……Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos…..Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre…..Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia…..No te ciegue la pasión propia de la causa ajena…..Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones……”.
Por allí van estos consejos de Don Quijote a Sancho. Al final, el último de ellos: “Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus nietezuelos”.
“¿Y qué ha dejado don Quijote?, diréis”, nos preguntaba don Miguel de Unamuno en su obra Del Sentimiento Trágico de la Vida. Y así nos respondía: “Yo os diré que se ha dejado a sí mismo, y que un hombre, un hombre vivo y eterno, vale por todas las teorías y por todas las filosofías. Y es que don Quijote se convirtió. Sí, para morir el pobre. Pero el otro, el real, el que se quedó y vive entre nosotros, ese sigue alentándonos con su aliento, ese no se convirtió, ese sigue animándonos a que nos pongamos en ridículo, ese no debe morir. Y el otro, el que se convirtió para morir, pudo haberse convertido porque fue loco y fue su locura, y no su muerte ni su conservación, lo que lo inmortalizó mereciéndole el perdón del delito de haber nacido. ¡Felix culpa! Y no se curó tampoco, sino que cambió de locura. Su muerte fue su última aventura caballeresca; con ello forzó el cielo, que padece fuerza”.
Murió, pues, sí, Don Quijote, pero el imaginario, el loco, el Don Quijote exterior, de quien Dios, (de nuevo Unamuno), se rió paternalmente, y esa risa divina le llenó de felicidad eterna el alma. El otro, el real, el Don Quijote interior, se quedó aquí, entre nosotros, luchando a la desesperada. “¿Qué ha dejado a la cultura Don Quijote?, termina preguntándose Unamuno, y responde: “El quijotismo, ¡y no es poco!”.
Yo, de nuevo, ¡He cedido la palabra! Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea; quien tenga razón para entender, que entienda.
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



