El Barcelona enfrenta mañana al Real Madrid en la vuelta de los Cuartos de Final de la Copa del Rey. Foto Diario Co Latino/Archivo
Barcelona/dpa
El nuevo clásico Barcelona-Real Madrid de mañana no pondrá sólo en juego las semifinales de la Copa del rey, sino los complejos del equipo blanco en los últimos tiempos ante el poder azulgrana.
El equipo de José Mourinho busca remontar el 2-1 de la ida de los cuartos, un resultado que parece ser más lejano debido a la supremacía del Barcelona, que sólo ha perdido uno de los nueve clásicos disputados en los últimos nueve meses.
Esa estadística, reforzada por el hecho de que el Barcelona de Josep Guardiola sumó otros cuatro triunfos antes de la era pre-Mourinho, tiene sumido al equipo blanco en una suerte de desesperación que le lleva a transformarse cuando de frente ve las camisetas azulgranas.
Deja de ser el equipo que acribilla a rivales en España y Europa, el equipo que es líder de la Liga con cinco puntos de ventaja sobre el idolatrado Barcelona y que lleva anotados 67 goles, una media en liga de 3,5. Y sufre una metamorfosis que lo convierte en una tropa más vulgar, temerosa, excesivamente agresiva, ansiosa con una pelota que desprecia, lo que facilita el control del Barcelona.
Esa imagen del partido de ida y de otros clásicos ha dejado marcado a Mourinho, incapaz de tumbar al Barcelona, objetivo para el que fue fichado, y al defensa Pepe, al que el técnico recurre para el mediocampo sólo ante los azulgranas por su agresividad. El ex jugador del Porto responde a veces sobreactuando el papel que le encomienda el técnico.
El pisotón a Leo Messi en la ida, sin sanción, lo tiene ahora señalado y como «enemigo público» tanto por la acción como por su reincidencia.
Pero Mourinho está dispuesto a morir con Pepe, defensa indiscutible, centrocampista discutido.
«Si está bien físicamente, jugará», anunció hoy el entrenador, dispuesto a confiar en un jugador que si sale a la cancha será objeto de la ira de la afición barcelonista y cuyas faltas, por mínimas que sean, serán sometidas a juicio sumarísimo.
No reveló nada más Mourinho, tenso y arisco (más de lo habitual), en su peor momento personal en el club blanco, discutido ahora incluso por una afición y un sector de los medios que lo idolatraba hasta hace una semana, traicionado por las filtraciones del vestuario.
«Estamos en un momento muy bueno», replicó con los datos en la mano. «Vamos cinco puntos por delante del Barcelona, que para muchos es el mejor equipo del mundo. No tenemos tantos problemas», ironizó hoy el portugués, que debe decidir si expondrá sobre el césped la versión más rácana de su equipo -la del duelo de ida- o la más valiente -la del domingo ante el Athletic de Bilbao-.
«Soy entrenador y la decisión es mía. No tengo por qué decir públicamente cómo vamos a plantear el partido. No tengo idea de cómo vamos a jugar.
Tengo muchísimas dudas con jugadores», dijo Mourinho, que aún no sabe si podrá contar con Lass Diarra ni Esteban Granero. Ángel di María y Sami Khedira parecen descartados.
Necesita goles, pero el Camp Nou es largo y ancho y las distancias entre líneas y los huecos atrás pueden parecer océanos. Ya lo sabe: sufrió un 5-0 hace poco más de un año que marca la trayectoria derrotista blanca hasta hoy.
«El equipo tiene posibilidades (de pasar a semifinales), pero sabemos contra quién jugamos», advirtió «Mou».
En el otro lado, el Barcelona es una balsa de aceite. La labor de Guardiola, que alineará seguramente al once que ganó en el estadio Santiago Bernabéu, se centra en evitar la relajación.
«Hay que salir a ganar sin especular. No somos un equipo que sepa hacer esas cosa», pidió el lunes Andrés Iniesta, alertado por lo que sucedió en la vuelta de las semifinales de la Liga de Campeones la pasada temporada, cuando el Barcelona sufrió pese al 2-0 de Madrid.
«Tendremos que hacer un partido perfecto», insistió Iniesta.
Guardiola dio descanso en liga en Málaga a Xavi, Cesc Fábregas y Carles Puyol, que volverán al equipo, y vio el renacer goleador de Messi tras un par de partidos regulares, lo que se convirtió en noticia. Con el «hat-trick» del domingo afinó su puntería antes de ver de nuevo a Iker Casillas, al que ha batido en 13 ocasiones.
Como si al partido le faltara algo, un poco más de picante estadístico: en la historia de los clásicos hay un empate a 86 victorias entre ambos. Hace 81 temporadas que el club azulgrana no se pone por delante del Real Madrid. Cuando Guardiola asumió el cargo de técnico en julio de 2008, el balance era de 85-77 a favor del rival blanco.



