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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Miércoles, 18 de Enero de 2012 / 09:57 h

La razón de la locura

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René Martínez Pineda*

Soy el padre confeso de quien cuyo nombre y dirección actual no conozco ni imagino, pero recuerdo a la perfección cada milímetro de su sonrisa llena de luz. Tengo treinta años, un mes, cinco días y tres horas exactas de no dormir ni un segundo, ni un cabeceo, ni un bostezo, ni un parpadeo más largo de lo normal. No es por falta de sueño -que sí lo he tenido, y mucho- es porque le tengo miedo a la oscuridad, al silencio, a la traición a mí mismo, al traqueteo del cielo, a los fusiles asesinos, a la expropiación callada de la que fui objeto en ese estado, tan necesario y normal, según dice el médico sin título que nos da consulta en el pueblo por “lo que sea su voluntad”, pero tan aniquilador e impuesto, según yo y mi dolor. Eso no es una enfermedad de tratamiento psiquiátrico, o un mal de ojo irremediable adquirido por envidias desconocidas, porque, de serlo, sería un acto involuntario y sería fácil de resolver. Es, más bien, un estado de la vida, cuando la vida es muerte; una condena social sin protocolo, cuando el poder lo distribuye la herencia de oro y plomo; una condición de vigilia temerosa de todos los que, alguna vez, muchas veces, fuimos despojados de nuestro corazón de un solo tajo, con un solo tiro, y, sin embargo, seguimos viviendo, porque la vida es una necedad maldita de recordar.


Tengo miedo de cerrar los ojos, eso es, tengo miedo de cerrarlos y quedar a merced del ruido ajeno, porque siendo ese un acto tan sencillo, tan repetitivo, puede implicar la pérdida de todo lo que tenemos y amamos, sobre todo cuando, de pobres de dinero que somos, ambas cosas son una sola: las personas que amamos es lo único que poseemos. Más allá de ellas... nada. Las bombas y las ráfagas y los gritos animales lo inundaron todo con su olor salino y glacial, en un instante, sin darle tiempo al susto. Todos los del cantón –un lugar que, hasta esa madrugada, no aparecía en el mapa- salimos huyendo hacia el monte, trepando a gatas el lomo de la cuesta enlodada, tratando de esquivar el frío y las esquirlas óseas que, ansiosas, preguntaban por nuestro nombre y apellido para arrasar con ellos.


Ese fue un acto instintivo que jamás ha sido mencionado o dimensionado por nadie, ni reconocido por todos con medallas, ni monumentos, ni días alusivos, ni juicio y castigo a los responsables. Los ancianos no pudieron hacerlo, no quisieron hacerlo, pues, sus largos años de vida fueron, en esa recreación de los santos inocentes, la mejor excusa para heredarnos un poco más de vida, unos cuantos pasos más. Los pies descalzos y las mordeduras furiosas de las piedras fueron nuestros peores enemigos... los pies descalzos y las ansias desesperadas por no soltar a nuestros hijos, por callar sus llantos de niños sorprendidos diciéndoles que estábamos jugando al escondelero, que no tuvieran miedo… y entonces ya estábamos en las fauces de la fiera, y la noche era un ir y venir de siluetas extrañas que no cesaban de disparar odio a cuanta cosa se moviera; y entonces ya estábamos perdidos y fusilados; y entonces el único recurso disponible fue el silencio –ssshh- el acurrucarse, el rezar con los ojos, el taparnos con la noche... el silencio –sí, el silencio- que es convocado por los ojos bien cerrados. Pero, todo fue en vano para todos, menos para mí, y jamás he sabido si ese fue un milagro o una maldición. Una ráfaga certera en el brazo me hizo cerrar los ojos de dolor. Fue sólo un instante, se lo juro por dios; sólo un segundo incompleto, y cuando abrí los ojos, la niña que llevaba oculta en la sábana vieja había desaparecido y, junto a ella, mi vida, mi corazón, mi alma. Se llevó mi corazón en las manos.


Lo último que supe de ella fue un llanto leve, un suspiro entrecortado, una tibieza íntima que jamás pude rehacer y que jamás pude olvidar, un grito agudo por su muñeca de trapo perdida en la carrera de su desaparición forzosa... lo último que oí fue mi nombre: ¡papá! Se la llevaron porque cerré los ojos.


Dos días después, cuando los zopilotes se encargaron de poner en el mapa a nuestro cantón, me fui al pueblo, a la ciudad, a la cabecera departamental, a la capital, al país vecino, a buscarla. Uno a uno, hombre a hombre, calle a calle, repasé a pie todos los albergues y cuarteles y hospitales y orfanatos, y, al final de tan largo recorrido, sólo obtuve un nombre sin dirección, o una dirección sin ciudad ni apellido, o un rango militar, tan intocable y anónimo como porcino. Aprendí a leer por mi cuenta, sin tener ni la más mínima noción de cómo hacerlo, aprovechando de la mejor forma mi vigilia permanente, mi miedo a cerrar los ojos, porque deseaba toparme con la noticia de que, sin haber explicaciones posibles, habían hallado a una niña que tenía un corazón en la mano, y mi desesperación creció hasta el cielo. Esto le parecerá un delirio estúpido a quienes no saben cuál es el límite del dolor humano, pero es un delirio muy parecido a refugiarse en una iglesia; esto parecerá una locura ingenua, un absurdo sentimental, pero, no hay nada más racional, ni mejor antídoto teológico para mantenerse cuerdo que creer en algo así.


Tengo treinta años, un mes, cinco días y tres horas exactas de no dormir ni un segundo, ni un cabeceo, ni un bostezo, ni un parpadeo más largo de lo normal, ni siquiera cuando lloré, en silencio y a solas, la muerte del padre Jon Cortina, el único confidente capaz de entender la razón de mi locura. Desde ese día, no he vuelto a cerrar los ojos para no perderla de nuevo, creyendo en mi locura de hombre cuerdo que si no los cierro voy a hacerla aparecer entre mis brazos; tengo miedo de volverme loco en ese pedazo de oscuridad tras los párpados, que me la recuerda tal como la dejé, pero que no me la devuelve; miedo de escuchar nuevamente ese llanto, mi nombre; miedo de abrirlos y saberme solo, yo y su muñeca, tal como quede desde ese instante en que, por cobarde, cerré los ojos.



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