edgar alfaro chaverri
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Es increíble cómo de la noche a la mañana los salvadoreños nos despistamos y perdemos el rumbo… ¿Cuál rumbo?... ¡El que va por el sendero que huele a humildad y a sabiduría!…
Nuestro país se llama El Salvador, y lejos de sentirnos comprometidos con el amor a Dios y a nuestro prójimo, vamos de tumbo en tumbo, rebotando de acá para allá, sumergidos en la tan rentable vorágine de la anarquía y la ignorancia…
Obviamente, los guías espirituales del vasto cardumen popular, han sido vilmente decapitados por El Sicario, ese que ha usurpado el bendito nombre de nuestro amado país, de tal suerte que estamos a merced de los voraces peces gordos, los que a su vez están comandados por aquél odioso que con el más descarado cinismo se hace llamar El $eñor…
Hace un par de siglos atrás lo dijo Francisco de Quevedo: “Poderoso señor es don dinero”, y desgraciadamente en la actualidad, la mayoría se desvive por él, olvidando con acendrada rudeza que la raíz de todos los males es el amor al dinero…
Así, la sonrisa se ha tornado en la mueca amarga y dolorosa del cáncer que corroe el alma y el espíritu de la niñez y la juventud, la gran mayoría no concibe el amor a la Literatura y a los libros, el arte ha sido reemplazado por el mal gusto y la vulgaridad, el desorden es tal en medio del gigantesco basural, que hasta en la televisión y la radiodifusión nacional se proyectan y emiten programas que realmente dan grima… ¿no creen uds. que esto también incide en el desorden climático que tanto nos agobia?
Entonces, no me extraña que así como los delincuentes resultan ofendidos y victimizados cuando les capturan por sus fechorías, el sonado caso de los mosaicos del frontispicio de la catedral metropolitana haya causado tanto alboroto entre los que de seguro, ni siquiera van a misa, digo esto porque maldito el hombre que confía en el hombre… porque ¿quién autorizó que se desplegara semejante mural, por bonito y pintoresco que fuera, sobre la imagen del Santo Patrono de la República? Ese es el principal desaguisado del asunto…
Las alfombras de Semana Santa como tales se despliegan sobre el suelo, a los pies del Hijo de Dios, deahí que aunque el hombre se encarame a las estrellas, desde allí lo bajará Dios, para ubicarlo en la tierra, o sea en la realidad, para que no se envanezca…
He aquí donde entra la humildad del llamado artista, y la sabiduría sobre todo, porque si de respeto se trata, la catedral, aunque no sea un dechado de arquitectura, es la catedral, y se le debe respetar por su carácter solemne, al igual que a cualquier templo donde se proclama la Palabra de Dios…
El tan llevado y traído mosaico debió estar si se quiere en el costado occidental de la iglesia, frente al parquecito de Extensión Universitaria, donde por cierto, en la esquina frente al Palacio, permanece como exiliado silencioso un claro homenaje a Monseñor Romero…
¿Qué tan alto espera llegar un artista? ¡No lo sé! Pero lo que sí sé es que no debe pretender estar sobre la preeminencia del Señor de señores, el que por amor a la humanidad, y no al dinero, ofrendó su sagrada vida…
Y sin embargo, el cuestionado suceso rinde sus muy merecidos frutos, la Iglesia Católica ha recuperado, con lujo de autonomía, el carácter sobrio de la catedral metropolitana; y el artesano, pues ya ni se diga, ya es casi un mártir en la aldea, pobrecito el pobre, de pronto se ha vuelto tan famoso como los Beatles, y desde ya, ocupa un sitial de honor en el país que tiene las mismas iniciales que el Espíritu Santo, vaya paradojas…
La humildad y la sabiduría proponen amar a Dios por sobre todas las cosas, y a los mortales lo que nos toca es caer… y sabernos levantar con dignidad, por cierto, con mucha dignidad, sin morder ni pellizcando…
Amén de ser sinceros, la capilla Sixtina es una capilla, no una catedral, además, como la calidad de Miguel Ángel Buonarotti sencillamente no hay dos, y nosotros lamentablemente solemos confundir el sebo con la manteca, pues lo que pintó el famoso italiano es un tema eterno, no una burda mascarada como son los ya anacrónicos acuerdos de paz, por lo tanto, en catedral metropolitana debe aludirse a la paz del Reino de Dios, no a la de los interesados pescadores que usufructuaron el río revuelto, el que derramó tantísima sangre, y que sólo benefició a los mismos desgraciados que hoy siguen pescando…
¿Acaso vamos a seguir siendo politeístas, dejaremos de alimentarnos con el maíz que gracias a Dios aún cultivan nuestros esforzados y explotados campesinos?
Está bien saber que somos mestizos, saber de dónde venimos es bueno, pero no debemos volver la vista atrás, no sea que la sal nos ate perpetuamente al pasado…
Muchos se han creído que somos los más violentos, pero que yo sepa, nunca hemos lanzado bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki…
Monseñor Romero, nuestro amado San Romero de América yace humilde en su cripta, entretanto, sus asesinos hasta protestan porque se acabó el chivas regal, o porque el mojito sabe mucho a yerbabuena…
“Bueno es Dios que no nos ha matado todavía”, exclama sabiamente Roque Dalton desde la tumba patria, mientras sus asesinos callan cobardemente ante la certera idea de morirse de verdad y para siempre…
¡Ah, yo sería muy feliz si alguno de mis versos se estampara en plena calle, allí donde el Vía Crucis dolorido y hambriento de mi gente pasa a diario, escupiendo, vomitando, con la suela llena de estiércol, allí donde pasa el pordiosero, el ladrón, la prostituta, el evasor de impuestos, el asesino de mi pueblo y de mi sangre, justo allí donde pasa el descalzo, el desposeído, justo allí donde se clava el ojo triste del que va con la esperanza gacha, ciertamente yo sería muy feliz si alguno de mis versos se estampara en plena calle, porque así vería la voluntad de Dios cayendo piadosamente sobre mi nombre tan pagano, cuando llueve, porque así sabré que sigue leyendo en mi corazón abierto, porque cuando Dios mira hacia arriba se mira a si mismo, y así al menos, cuando mire hacia abajo verá mi verso y ojalá me perdonara tanta arrogancia… Ah yo sería muy feliz si alguno de mis versos se estampara en plena calle, no arriba, a donde solo debe alzarse la mirada estupefacta, para maravillarse con la incomparable obra de Dios!.



