Alberto Romero de Urbiztondo
Despedimos el 2011 con la noticia de la destrucción del mosaico de Fernando Llort, que estaba en la fachada de la catedral de San Salvador. La noticia me causó tremenda indignación y escalofrío de terror, pues una acción tan prepotente e irrespetuosa me trajo a la mente la imagen de la Santa Inquisición.
Parece que el arte de inspiración popular con el que Fernando Llort realizó un homenaje a los Acuerdos de Paz, tenían un estilo y una temática que no eran del agrado de la jerarquía católica.
No les importó que esas figuras fueran una expresión cultural de identidad con las que se reconoce a El Salvador, ni que estuviera en trámite declararlas patrimonio cultural. Simplemente estaban en un edificio del que se sienten propietarios y sobre el que consideran que pueden decidir sin consultar a nadie. Es la actitud de jerarquías de una institución con un funcionamiento predemocrático.
Desgraciadamente los integrantes de esta Iglesia no tiene la posibilidad de elegir a sus autoridades, que suelen ser vitalicias, ni pueden ejercer un control democrático sobre las decisiones que toman.
Como ciudadano, respeto que las iglesias, al igual que otras asociaciones, tengan el derecho de definir sus propias normas de funcionamiento interno. Pero me preocupa que se desarrollen instituciones en las que no exista una cultura democrática, pues reproducen costumbres y formas de actuación como la destrucción del patrimonio nacional, que no contribuye a la consolidación de una cultura cívica y democrática.
Felicito la postura de la Secretaria de Cultura (SECULTURA), al denunciar esta acción y espero que no se dejen influir por la velada amenaza del señor José Luis escobar Alas, al decir: “Espero que no hagan una denuncia…”. Pienso que como ciudadanía debemos exigir las medidas necesarias para que esta acción no quede impune, mostrando nuestro respaldo al Gobierno en la aplicación de las sanciones correspondientes y mostrando nuestro rechazo a la acción del señor Escobar Alas.
Por último, con todo respeto, pero también con firmeza, pido a la feligresía de la Iglesia católica que ejerza toda su influencia para democratizar el funcionamiento de esta institución, lo que será beneficioso tanto para su desarrollo interno y modernización, como para la consolidación democrática en El Salvador.



