Cuento de Néstor Martínez
Periodista/Escritor/Poeta
El Diablo Mayor recitó de memoria un resumen de las indicaciones para ganar almas al grupo de diablillos que finalizaba el Curso Intensivo para Perder a Seres Humanos, obligatorio para trabajar en la superficie de la Tierra: “Recuerden, los seres humanos son por naturaleza, egoístas, codiciosos, ambiciosos, envidiosos, lujuriosos, y está de moda, gracias al neoliberalismo, el aplastar a otros para tener riquezas y poder. Aprovechen que hay predisposición en los humanos gracias a los medios de comunicación que repiten hasta la saciedad las bondades, ¡ejem!, quiero decir, hasta la locura, del consumismo. Todos ustedes fueron preparados debidamente para mentir, y tienen todas las herramientas para ganar incautas almas”.
Los diablillos, chiflaron el discurso final, porque en el Infierno todo es contrario a la alegría. Le lanzaron tomates podridos y otras verduras en igual condición, al complacido Diablo Mayor, quien ya se frotaba las manos ante semejante manifestación de decidido empeño para el trabajo de perder almas.
Miles y miles de diablillos empezaron a caminar hacia la salida del Infierno, que ex profeso pasaba por la mejor muestra del trabajo realizado por otros diablillos para animar a los novatos, quienes miraban a uno u otro lado los castigos eternos a que estaban sometidos políticos, presidentes, diputados, ministros, empresarios, ideólogos, pastores protestantes, curas, arzobispos, uno que otro Papa, publicistas mentirosos, militares, extremistas religiosos, terroristas, motoristas de buses y microbuses, taladores, secuestradores... en fin, una variopinta muestra de aquellos que fueron ilusionados con la vida material por los diablillos y que pagaban su codicia, ambición desmedida, envidia, lujuria... hasta por ignorantes.
Bien inspirados con semejante muestra, a la salida los diablillos recogían una carta en la que se describía su misión. Nuestro diablillo, tomó la suya para leerla en lo que se dirigía a la superficie, al tiempo que su apariencia dejaba de ser la de un diablillo feo y cachudo, de piel rosada con tintes negros, pelón y mal encarado, de pies como cascos de caballo, con tres dedos en las manos y una cola puntuda, para transformarse en un joven agradable, moderno, blanco, sonrisa de pasta dental, con anillo de diamante en uno de sus dedos debidamente arreglados, peinado en el más moderno estilo y con un traje de última moda.
Según la carta, que memorizó rápido, su misión estaba entre los vendedores y las vendedoras de la calle, que están en todas las calles y esquinas, plazas y parques de la ciudad vendiendo de todo. La recomendación decía que empezaran por casos fáciles para agarrar confianza, y les deseaban la mala suerte de todo el mundo, porque entre los diablos no existe la buena suerte, es en contra de sus principios.
Paseaba el diablillo por el centro de la ciudad, y se le acercó a un vendedor de lotería, quien de inmediato le ofreció el premio mayor. Nuestro diablillo sonrió, como en los anuncios de pasta dental, aparentando interés en el premio mayor, que si él quisiera lo sacaría todos los meses, pero su intención era otra. Escogió varios billetes, ante la mirada alegre del vendedor, quien anticipaba una venta grande.
– Usted no me parece tener cara de vendedor de lotería –, le espetó zalamero el diablillo al sorprendido vendedor, quien no resistió contarle su breve historia.
– En realidad soy licenciado en administración de empresas, pero como trabajo no se tiene, si no es por conectes, usted sabe, además hay abundancia de licenciados maleta que se venden por unos centavos, pues uno tiene que conformarse con buscar un trabajito como este para sobrevivir en lo que llegan tiempos mejores, si es que llegan.
– ¿Cómo se llama? –, dijo el diablillo mostrando aparente interés.
– Me llamo Francho Huerta –, dijo el vendedor de billetes de lotería, extrañado con la amabilidad del diablillo.
– Bien señor Huerta, ¿qué desearía para triunfar en la vida? –, preguntó el diablillo, empezando a picarlo.
– Bueno, un capitalito para iniciar una venta de repuestos, porque como usted ve, hay carros por todos lados y siguen entrando al país, ya que los mandan o los traen los hermanos que viven en el exterior. Pienso que sería un primer paso. Luego extendería operaciones en todo el país. Ese es mi sueño si tuviera dinero –, propuso el vendedor de billetes de lotería, que ya pensaba en una ligera posibilidad al ver el inusitado interés del diablillo.
– ¡Hum! –, pensó el diablillo, – este caso está fácil –, y siguió revolviendo los billetes, escogiendo diez completos.
El vendedor abrió los ojos, pues nunca pensó encontrar un cliente con tanto dinero en las calles de la ciudad, abundante de ladrones. El diablillo vio el reflejo de la codicia incrementado, cuando despreocupado sacó un racimo de billetes de banco de varias nominaciones. Buscó unos cuántos y pagó.
– Estoy dispuesto a creer en su capacidad, y le ayudaré con lo que necesite –, dijo el diablillo, – soy inversionista y veo que usted tiene una capacidad...
– ¡Vendería hasta mi alma al Diablo por una oportunidad! –, le interrumpió el vendedor de billetes de lotería.
– No se anticipe –, le dijo el diablillo –aún no le doy nada. Como usted sabe, tiene que firmar un contrato para asegurarme que no voy a perder.
– Tiene razón señor... heee, ¿cómo se llama?
– Sólo dígame Señor Blodia.
– Bien Señor Blodia. ¿Cuándo firmamos el contrato?
– En este momento –, dijo el diablillo sacando un legajo de papeles con letra menudita. –Firme y ¡listo!
Como todos los actuales licenciados, el vendedor de billetes de lotería ni leyó por pereza la letra menuda, y estampó su firma. Por cierto, ya no era necesario, como en los tiempos antiguos, firmar con sangre, ya que al recurrir a ese tipo de firma los clientes entraban en sospechas imponiéndose el criterio religioso, perdiendo muchas almas ya ganadas, así que el proceso era menos burocrático.
Ni había terminado el vendedor de billetes de lotería de estampar su firme en el contrato, cuando el diablillo ya blandía un cheque por varios miles de dólares, que tembloroso lo metió en su bolsillo el vendedor.
A punto estuvo el diablillo de desearle suerte por error, y corrigió diciéndole que a su debido tiempo pasaría la factura por el préstamo.
Con la debida asesoría del Señor Blodia, Francho Huerta se hizo millonario en poco tiempo. Comprando favores políticos amplió sin problemas su negocio a todo el país, y luego a todo el mundo.
Así, el diablillo impulsó a una vendedora de dulces, quien se convirtió en la reina de las dulcerías; otro tanto hizo con una vendedora de ropa, con un vendedor de minutas, con otro que vendía periódicos, con una prostituta... con todo aquel o aquella que buscaba salir de la miseria. Ganaba almas a montones realizando los imposibles de la gente, envileciéndolas, incrementando su egoísmo, ambición, codicia, lujuria y envidia.
Satisfecho de su trabajo, un buen día, perdón, un mal día, bebía café amargo, cuando vio a la muchacha que buscaba trabajo en las páginas de anuncios clasificados de varios periódicos.
Con un círculo rojo tenía marcadas varias ofertas, entre ellas la de un salón de masajistas y otro de damas de compañía... solteras y con deseos de ganar un buen salario en turnos de su conveniencia, decía la oferta.
El diablillo se interesó por la muchacha. “Otra víctima”, pensó, y se le acercó blandiendo su sonrisa de pasta dental.
– ¿Puedo? –, preguntó.
La muchacha soltó una sonrisa llena de inocencia, alegría, y confianza.
– ¡Por supuesto! De todos modos no me parece mala gente –, le dijo, haciéndole creer al diablillo que había perdido su encanto infernal.
– Me parece que necesita empleo –, comentó el diablillo, señalándole los círculos rojos.
– Así es –, respondió la muchacha, sin dejar de revisar de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba las columnas de clasificados.
– Estos tiempos son difíciles –, comentó la muchacha, – Fíjese usted, sólo anuncios sospechosos solicitando muchachas y con buenos pagos. Creo que no me va a tocar otra cosa. Las cuentas me están acosando. La otra forma es hallar un marido, pero ahora los hombres quieren que una los mantenga.
– Eso es cierto –, respondió el diablillo, – creo que puedo ayudarle.
– ¿De verdad? –, respondió la muchacha mirando en detalle al diablillo con sus ojos color de miel, en los que se reflejaba el rosado atardecer.
– ¿Cuáles son sus deseos? –, preguntó el diablillo, para explorar los deseos insanos de la muchacha.
– La verdad es que no quiero nada grandioso, sino algo sencillo: un buen trabajo, de mi agrado, y un novio que no sea exigente ni celoso, ni presuntuoso. Que ame y punto, porque me parece que no soy fea y que lo merezco –, respondió la muchacha sacando a relucir su autoestima.
– Me parece que usted es poca ambiciosa –, replicó el diablillo, – creo que puede llegar a ser más de lo que desea, por ejemplo, una empresaria, una líder política.
– No traigo para tanto. Como dice el cantante Facundo Cabrales, deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco. Eso de andar ambicionando grandes cosas no es para mí. Yo quiero descansar, disfrutar de la vida, gozar las mañanitas, los atardeceres, ver las estrellas, la luna y soñar, en especial soñar. Esas pequeñas cosas que engrandecen el espíritu, cosa que no hace el dinero.
– La cosa se pone difícil – pensó el diablillo. Recordó las recomendaciones y decidió probar con el amor, ¡ejem!, con la mentira de enamorar a la muchacha. Hay que recordar que el amor no existe en el Infierno.
– ¿Puedo invitarla a salir? –, dijo el diablillo ensayando su mejor sonrisa de pasta dental, –para mí será un placer compartir esos momentos con usted, si no se molesta, por supuesto.
– Usted va demasiado rápido –, observó la muchacha, – ni sé como se llama, y usted no sabe cómo me llamo.
– Por lo general me llaman Señor Blodia, pero para usted simplemente Blodia, con toda confianza. Por favor, déjeme probarle que soy sincero, este... quiero decir, que estoy dispuesto a lo que usted mande, le dejo la posibilidad de que si no le satisfago, usted tome la decisión de dejar mi compañía.
– Me parece que es usted honesto, acepto su propuesta. Me llaman Gloria –, dijo sonriendo la muchacha, estremeciendo al diablillo ante la palabra ‘honesto’.
– No es para tanto, pero sentí atracción a la primera vista. Espero no defraudarla.
– Sólo una condición –, propuso la muchacha –, usted no me ayudará en nada de lo que yo pueda alcanzar con mis manos e inteligencia.
Un poco decepcionado el diablillo, dijo: – acepto –. Y no sospechó que firmaba su sentencia de muerte.
Día tras día, el diablillo y Gloria salían de paseo. Gloria ya tenía en quien confiar, no dejaba de contarle sus aspiraciones, con las que solamente se conformaba el diablillo, ya que prometió no ayudarle, sentía que estaba atado de las manos para encantarla y ganar su alma, pues Gloria no era como los demás seres humanos, un brillo de mariposa le hacía suspirar, el destello de las gotas de rocío le emocionaba tanto que terminaba escribiendo poemas, ante el disgusto del diablillo.
De tanto salir con Gloria, el diablillo se acostumbró a su manera de pensar, le fue agarrando gusto a la vida de los seres humanos. Por esa época recibió su primera amonestación, ya que tenía ratos de no ganar almas, sino que estaba empeñado con una sola, con la agravante de que ésta ni siquiera le pedía nada, no le daba espacio al diablillo para actuar.
Sucedió que Gloria se enamoró del diablillo, se prometió que le amaría para siempre. Diseñó un plan para conquistarlo, ya que, como toda mujer, un tipo guapo, con sonrisa de pasta dental, no debería de atraer a otras mujeres. Tenía que ser sólo para ella.
No fue difícil. Su paciencia y cariño dio resultado: el diablillo fue cediendo poco a poco sin que se diera cuenta. Así, llegó a anhelar la compañía de Gloria más que estar en el Infierno; su sonrisa, más que el discurso del Diablo Mayor; sus caricias más que las de las llamas infernales.
Recibió la segunda amonestación. Habían pasado casi seis meses y ¡nada! Ni un alma, por el contrario, ni siquiera pasaba sus informes mensuales de progreso.
“Si persiste en seguir con su actitud, deberá de presentarse, en el plazo de tres meses, al Infierno para el Curso Intensivo de Corrección”, amenazaba la amonestación. El diablillo ya sabía lo que era ese Curso Intensivo, los diablillos que vio salir de allí eran más malos que los diputados de la Asamblea Legislativa o que los policías arremetiendo contra los obreros y trabajadores en las marchas de protesta. Era un Curso bien duro, y él ya gozaba de las delicias del amor.
Muchas noches pasó desvelado el diablillo. Ya que, contrario a sus principios de infierno, le remordió la conciencia por ser un diablillo sin que Gloria lo supiera.
– No, Gloria no merece este engaño –, se dijo una de esas noches, y decidió contarle la verdad diabluna, incluso transformarse en quien verdaderamente era para asustarla y alejarla de él para siempre.
– De todos modos, mi destino es ser siempre diablillo –, pensó son resignación.
Al día siguiente, Gloria lo recibió con la seguridad de una conquista segura.
Siguiendo su plan, el diablillo aprovechó la semioscuridad de la habitación de Gloria. Mientras ella empezaba a desnudarse dentro del baño, para darle la mayor prueba de amor, el diablillo volvía a ser el de antes: un diablillo feo y cachudo, de piel rosada con tintes negros, pelón y malencarado, de pies como cascos de caballo, con tres dedos en las manos y una cola puntuda.
Gloria salió del baño, rodeada de un extraño brillo blanco, lo miró compasiva. Se le acercó sin perturbarse, lo acarició, lo besó con ternura, estremeciendo al diablillo hasta la punta de los cachos. Lo elevó al paraíso al susurrarle: – Pobrecito, cómo te hacen sufrir en el Infierno.
Entonces el diablillo comprendió todo. Estaba en su propia trampa con los colores invertidos, esta se cerraba aprisionándolo, él se dejaba aprisionar sin resistencia. Poco a poco su feo aspecto empezó a desaparecer y Gloria no dejaba de acariciarlo.
– Te amo –, susurro el diablillo a su vez.
Mientras los dos flotaban rodeados de un coro de querubines hacia las regiones celestiales pensó: “qué tontos son los pecadores”.



