Eduardo Badía Serra
2012. Los que ya hemos superado la barrera de las siete décadas, debemos alegrarnos y agradecer estar iniciando un nuevo año, reconociendo que todavía la vida está por delante y lista para darnos felicidad y gozo. Pero también debemos reconocer que ya setenta años son muchos, y que en la medida en que han ido estos pasando, nuestros cuerpos y nuestras mentes han sido fragilizadas y vencidas. Ya no somos entonces robles fuertes, sino más bien ancianos conacastes a punto de ceder al embate de los tiempos y de los designios ineluctables de la vejez. Muy a propósito, un viejo amigo y compañero del García nos enviaba un poema que, como él nos recuerda, Don Saúl Flores, nuestro recordado Maestro de Castellano, nos enseñó en un día cualquiera de 1957, y que contiene, sigue diciendo mi gran amigo, una increíble descripción de cada uno de nosotros, pidiéndonos a todos los viejos compañeros y amigos, sus amigos del alma, dice, que lo meditemos y disfrutemos, y discernamos así su profundo significado. No me he podido resistir a colocar el poema en esta columna, y así lo hago entonces para que se generalice a todos los viejos de todos los espacios y de todos los tiempos, y la mediten y disfruten ellos también, discerniendo, como nos pide el compañero, su profundo significado. Se llama el poema, El Cóndor Viejo:
En una roca de la sierra umbría
Vive un cóndor ya viejo y desplumado,
Que contempla la bóveda vacía
Con tan honda y tenaz melancolía
Cual si estuviera allí petrificado.
Ya no puede volar, y cuando empieza
La blanca nube a coronar la altura,
Envidioso la mira, y con tristeza
Inclina taciturno la cabeza
Sobre la roca inconmovible y dura.
Mas se mira las alas compungido
Y no ve en ella ni siquiera rastros
De aquel tiempo en que hubiera hasta podido
Colgar su enorme y silencioso nido
De las rubias pestañas de los astros.
Ese es el cóndor viejo, el cóndor viejo que nos hacía aprender don Saúl, y que algún día fuimos, de diversas maneras, todos nosotros los que ahora, como digo, ya sólo somos conacastes a punto de caer.
Nosotros, en ese García inolvidable de los años 50 del siglo pasado, tuvimos el privilegio de recibir las enseñanzas de aquellos Maestros de antes que eran verdaderos dones, Don Saúl Flores, que sabía dar unas clases de Castellano con una magistralidad increíble; Don Rubén H. Dimas, nuestro gran Director; Don Ricardo Nobles, Don Beto Perla, Don Coco Parada, Don Jorge Lardé y Larín, ajau, Don Tito Alemán, Don Lenchito Sosa y su historia de Malet, Don Manuel Vidal, Don Fito Peña, Don Mario Umaña Torres, sueñito, y también algunas doñas como la Dra. De Quijano y la Madam de la Torre. Esos Maestros, verdaderos conocedores de sus disciplinas, y grandes pedagogos además, tenían esa virtud única ahora tan escasa: Sabían enseñar, sabían dar, sabían formar, sabían forjar. Y también sabían escuchar a los jóvenes, sabían escucharnos y comprendernos, porque para dar un consejo hay necesariamente que conocer a quien ha de recibirlo, a riesgo de que el consejo se convierta en una mala sugerencia, o en todo caso, se quede en el vacío. Nosotros, también, hay que decirlo, aunque probablemente muy a nuestra manera, sabíamos escucharles a ellos, y respetarlos en su sabiduría propia de la experiencia y de su buena formación. Por eso hemos podido superar tantos escollos en la vida, porque supieron hacer de nosotros unos cóndores, que inevitablemente tuvimos que llegar a ser esos cóndores viejos que somos ahora, o al menos, viejos conacastes a unto de caer.
Un buen propósito para este año 2012 podría ser el que todos aquellos que se han tomado el papel de orientadores y consejeros nacionales, sean estos, políticos, economistas, analistas, críticos, asesores, consultores, investigadores, intelectuales, formadores de opinión, o cualquier otro nombre con que se les denomine, se tomen la molestia de escuchar, de escuchar a los viejos, robles moldeados por la vida y por ello poseedores de la experiencia y de la virtud de la sabiduría, y de escuchar también a los jóvenes, almas puras e incorruptas a quienes a menudo se les somete al silencio y a la obediencia sin entrar antes a considerar sus propios deseos y sus propias opiniones. Ambos, viejos y jóvenes, estoy seguro, tienen mucho que decirnos, y también muy buenos consejos que darnos. Seamos humildes y cedamos el espacio, cedamos la palabra, para que, ya que tanto hemos hablado nosotros, veamos ahora lo que sabrán decirnos ellos, que nos han sabido escuchar en silencio por tanto tiempo.
Saber escuchar. Eso tenían aquellos Maestros a quienes llamábamos por Don Fulano, Don Zutano, Don Perencejo, en atención al respeto y a la admiración que les teníamos, y al agradecimiento que ahora, quizá ya tarde, les rendimos. Yo pienso que en el país quedan todavía muchos dones, y también muchas doñas. ¿Porqué no nos callamos un rato, y les cedemos la palabra?
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



