Álvaro Darío Lara
Poeta y escritor colaborador de Trazos Culturales
La tía Margoth había muerto sin pena ni gloria, a los noventa y cinco años de edad. No padecía de nada, no tenía ningún dolor evidente, no había manifestado ninguna queja ante la vida, nada. Sencillamente se había acostado un día antes, después de sus lecturas acostumbradas: “La Voz del Silencio de H.P. Blavatsky” y “La Sabiduría Antigua”, de la doctora Annie Besant, y no despertó más para este mundo, que sólo es “maya”, como ella acostumbraba sentenciar.
Era la hermana mayor de mi madre. Una especie de tía muy lejana, sobre la que no se hablaba mucho en la familia, porque desde joven, había profesado afición al esoterismo, particularmente, a la teosofía y a las religiones orientales. Esto la distanció de mis católicos abuelos, y tíos, no así de mi madre, quien –toda la vida- fue mucho más libre de criterio, además siempre guardó gran afecto a su hermana.
Demás está decir, que en la 13 Calle Oriente de San Salvador, justamente en el número 158, entre la Avenida España y la otrora Segunda Avenida Norte, no era conocida como la tía Margoth, la que me regalaba dulces, churros y relucientes monedas de diez centavos, cada vez que la visitábamos con mi madre, sino, como la bruja.
Vivía con una vieja criada, a quien se refería como “hija de casa”, quien había padecido sus humores desde los tiempos de Noé y el arca. Pero, digamos, esa era la menor presencia vital de aquel caserón, de largo corredor de relucientes losas, altos techos y espléndidos ventanales.
La gran presencia estaba determinada por las decenas de gatos y gatas, con sus respectivas crías, el fuerte olor de sus orines mezclado con incienso hindú, y las innumerables estatuillas del panteón indostano.
Mi madre fue la heredera única de todo aquello. Junto a ella, pasado el fallecimiento de su hermana, donde no hubo misas, ni rosarios, ni nueve días, según su última voluntad, ya que fue incinerada, y sus cenizas fueron esparcidas en Alaska, un poblado, camino a Quetzaltenango, en Guatemala, donde tía Margoth, había vivido su lejana juventud.
Comenzamos con mamá, la titánica tarea de deshacernos de los gatos, limpiar la casa, seleccionar algunos muebles para la nuestra, vender los más, y finalmente, vender el caserón.
María, “la hija de casa”, se quedó con nosotros, desde luego. Aunque pasó llorando el resto de sus dos años de vida, apremiando a los poderes cósmicos, para que la llevaran junto a quien había sido su látigo y consuelo durante tanto tiempo.
Mi madre, me pidió que escogiera, los adornos más significativos de la tía, en realidad lo traduje, como aquellos que me gustaran más. Con escasos doce años, ya tenía desarrollado por vía paterna y materna, la afición por las piezas artísticas, en especial, los cuadros y los objetos decorativos de menor tamaño. Lo de mi padre eran los bronces, y lo de mi madre, todo lo relacionado al mundo de las telas (alfombras, manteles, cortinajes, ropa de cama), la cuchillería, la cristalería y, por supuesto, las plantas.
Entre las piezas seleccionadas, me incliné, por los motivos egipcios, algunos joyeros, unos huevos chinos de porcelana, candelabros de hermosos diseños solares, y algunos dioses hindúes.
Conservé bastantes incensarios, pero uno en particular, me fascinó. Se trataba de una curiosa figura, trabajada en delicada arcilla, del dios Ganesh o Ganesha, la divinidad con cabeza de elefante. El dios sabio, que vence todos los obstáculos y que gusta del sabroso laddu. Un dios goloso, con sus cuatro brazos simbólicos, la deidad lectora de lo sagrado, el dios del intelecto. Era Ganesh, no había duda. Sonriente con sus grandes orejas, su curvilínea trompa, bendiciendo a sus fieles con una de sus manos, y exhibiéndonos su roto colmillo. Ganesh, el de la flor de loto.
Feliz por el hallazgo, coloqué a Ganesh en mi dormitorio, introduciendo una varita de incienso de sándalo, en el diminuto orificio de la pieza. A los segundos, un suave aroma, llegaba hasta la sala de la casa. Era Ganesh, ahora honrado, al volver del olvido de aquel clausurado caserón de tía Margoth.
Sin embargo, con el paso de los días, y los años, otros intereses pronto hicieron su aparición. El cine pasó de los tradicionales matinés infantiles del fin de semana, a las películas de acción, y de éstas, a aquellas prohibidas, que ya a los catorce y quince años, sobornando generosamente al taquillero, lográbamos ver –una pacotilla de tres o cuatro imberbes- en la sala cinematográfica, ruinosa ya, del recordado Cinelandia, con aquellos dos enormes ventiladores, apostados a ambos lados del rectangular espacio, que no dejaban escuchar los extasiados jadeos de las parejas italianas y francesas.
Luego vinieron los noviazgos, la universidad, el santo matrimonio, los hijos, las cuentas que pagar todos los meses, y en fin. Cuando murió mi madre, nuevamente tuve que repetir la historia de tía Margoth, veinte años atrás, con la excepción de los gatos y María, y ahí estaba Ganesh otra vez. Como si nada hubiera pasado. Mamá lo había conservado, entre muchos objetos, como recuerdo de su hermana.
Me alegré al reconocerlo. Seguía tan radiante como el día que lo escogí en casa de tía Margoth. Decidí llevarlo conmigo, y presentarlo a mi esposa y a mis dos pequeños hijos. Lo situé sobre el antiguo escritorio de papá, junto a sus ceniceros art deco y volví a olvidarlo.
Semanas después la casa comenzó a adquirir una atmósfera extraña. Se llenaba de un silencio casi selvático. Puedo jurar, y así lo confirma mi familia, que en las noches, parecía que estuviéramos internados en un feroz paisaje oriental. Las velas del altar familiar se apagaban sin que soplara una sola ráfaga de aire.
En ocasiones, los libros, de tía Margoth, que siempre estuvieron junto a los de mi madre, aparecían abiertos en las mismas páginas, capítulo tercero de la Sabiduría Antigua de Annie Besant, el kamaloka, página 118 y 119: “La muerte en nada cambia la naturaleza mental y moral del hombre, y el cambio de estado al pasar de un mundo a otro destruye su cuerpo físico pero deja al hombre tal cual era”; Los siete portales, de “La Voz del Silencio” de Madame Blavatsky, página 105 : “Subyuga tu alma, tú que vas en busca de verdades inmortales si a la meta quieres llegar”.
Cuando un día, al rasurarme por la mañana, vi en el espejo de cristal de roca, del baño matrimonial, el rostro de mi madre y de tía Margoth, con las lágrimas corriéndoles, tuve la certeza que algo muy grave estaba ocurriendo.
Fui a los libros, al internet, consulté con un amigo que era médium, y al final, seguí su consejo: había que realizar una desinfección de la casa. Esa noche, todos esperamos impacientes a Ítalo, quien llegó puntual y rápidamente inició sus rituales. Rituales de los cuales, nos pidió a todos, que nunca los mencionáramos. Cumplo la promesa. Sin embargo, cuando Ítalo solicitó un incensario, para colocar la varita de sándalo que llevaba consigo, inmediatamente pensé en Ganesh, y lo puse frente a sus ojos. La ceremonia continuó.
Para concluir, hicimos juntos una oración tomados de la mano, formando una cadena.
Mantuvimos el incienso los días sucesivos. Un martes, al regresar del colegio, mi hijo dejó una conserva de coco, sobre el viejo escritorio de papá. Cuando horas después la buscó, no la encontró. El niño preguntó y preguntó esa tarde. Nadie le puso mayor atención, cosas de niños, dijimos.
Esa noche tuve un mal sueño. Soñé con una manada de paquidermos que corrían despavoridos. Cuando todo terminó. Un pequeño elefante sentado sobre un ratón, me saludaba con su trompa. El pequeño ratón compartía los restos de un dulce que reconocí, era la conserva de mi hijo. Me levanté sobresaltado. Bajé los escalones rumbo a la biblioteca. La varita de incienso en la pequeña escultura de Ganesh se había consumido, y el apacible dios con cabeza de elefante, pareció sonreírme más intensamente.
Desde entonces, nunca ha faltado dulce e incienso para Ganesh. Los sucesos inexplicables terminaron. Y él parece vivir, radiante entre nosotros.



