Cuento para Amalia
y los fotoperiodistas de Diario Co Latino
Por Néstor Martínez
Para José y Chepe, amigos en el vicio, la miseria y mendicidad, los basureros de la capital son los proveedores de todo, en especial de la demandas del estómago. Allí cartones para cubrirse cuando duermen en el portal, allí latas y plásticos para proveerse de algunos centavos en las recicladoras, allí uno que otra vestimenta no tan rota, allí frutas no del todo podridas.
Con la bolsa sucia igual que ellos al hombro, recorren la ciudad husmeando como ratas, alertas a la bienhechora basura acumulada, presurosos antes de que lleguen los perros, el camión recolector de basura o los otros en igual condición.
Para ello no hay días especiales, lo mismo son los de la celebración religiosa que las fiesta patronales, que la Navidad o los de fin de año, con los del resto del año. El vicio, la miseria y la mendicidad, no tienen calendario.
En esos días de fin de año, José propone ir al barrio de los ricos, dice que allí hay bastantes luces, que es muy diferente a la sucia y oscura capital. ¡Vamos!, replica animado Chepe. Las dos apestosas sombras de humanidad, enfilan sus vacilantes pasos hacia el barrio de los ricos, con la esperanza de un buen botín.
Caminan despacio, entretenidos en cuanto basurero encuentran, llenando su bolsa, de esas de nylon, que en una época olvidada rebosaba de abono. Botellas de plástico y latas, cambio de cartones si hay uno mejor que el que llevan, comida medio desperdiciada…
La colonia de los ricos les atemoriza: calles iluminadas, limpias, amplias, altos muros, apenas entrevén la punta de los árboles iluminados, parques bien cuidados, almacenes en los que sale y entra gente a cada rato, vehículos que van y vienen. ¡Muy diferente a la sucia y oscura capital!
Son dos lunares negros entre tanto colorido, se sienten muy solitarios porque no hay mendigos. Sienten el peso de las miradas sobre ellos, y el de la mano de un vigilante privado que les espeta con voz autoritaria ¡fuera de aquí!
A buscar basureros de ricos. Caminan por calles y callejones, atrás de los centros comerciales, pero ¡no hay basura acumulada! Cuando se acercan a un alto portón de hierro les ladra un furioso perro, una cámara oculta les sigue con atención cuando se alejan presurosos y atemorizados.
¡A la gran puta, exclama José, éstos ricos ni la basura comparten! Chepe asiente y le dice ¡vámonos! Poquísimo lograron en el barrio de los ricos.
Un rato más de búsqueda y empiezan a bajar a la apagada y sucia ciudad. Lentos, atentos a los residuos. Se atreven a extender la trémula mano al pasar entre los carros detenidos por los semáforos, recibiendo centavos de manos lujosas.
Ya más cómodos en la capital, cansados, se dirigen al portal, dormitorio de muchos en igual condición.
¡Comida! Dice sorprendido Chepe. José abre los ojos más de la cuenta: unos hermanos de la caridad están repartiendo platos con… ¡comida! No es nada Mercurio llevando el mensaje de los dioses con sus alados pies, tan rápido como pueden caminan.
Pero llegan tarde. Ya no hay comida. Lo siento dice una señora al entregar el último plato. Intercambian con ellas miradas de tristeza. El carro se marcha. Lanzan su ahora resignada mirada sobre los compañeros de infortunio que ávidos se disponen a comer.
Chepe le recuerda a José que aún tienen sobrantes fríos que compartir.
Entretanto buscan un espacio se les acerca una señora con el plato que le tiembla entre sus manos. Agarren la mitad, les dice, que cuando se quiere repartir, por pequeña que sea la cosa, todo tiene mitad.
Y tres sonrisas iluminan la noche de fin de año.



