René Martínez Pineda*
Era sábado. A las siete de la mañana en punto llegó el autobús que nos conduciría al aeropuerto de la ciudad de Berlín, y apenas tuvimos tiempo para tomarnos un café expreso que, más que zarandearnos el letargo, cumplió la función de cobijarnos, pues, el frío era tan intenso como la nostalgia, esa nostalgia típica de los latinos perfectos. Fue un recorrido sin sobresaltos horarios ya que, a esa hora, las calles estaban vacías y cubiertas por una neblina glacial que hacía sentir sus dentelladas de forma inmisericorde, tanto en los autos como en las personas que se aventuraban a deambular sin más protección que unas sobrias chaquetas color negro. El avión que nos llevaría de Berlín a París salió a las 9:30, con una puntualidad que rondaba la demencia apóstata, dislocando todos nuestros patrones culturales de comportamiento irresponsable, propios del trópico, que nos han hecho entender, a fuerza de repeticiones feroces y odiosas, que una cosa es la hora cronológica y otra, muy distinta, la hora cultural.
Fue una salida fácil, ordenada, limpia, aceitada, sin papeleo redundante. En menos de dos horas estábamos aterrizando en el Aeropuerto Charles de Gaulle, de París, y muy pronto nos perdimos en sus pasillos de cristal futurista, que semejan ser una enorme ciudad espacial por la que transitan los más estrafalarios y variados seres extraterrestres y sobrenaturales, haciendo esfuerzos respetables por hacerse entender en sus respectivos dialectos siderales. Por fin, después de caminar alrededor de dos sinuosos kilómetros de pasillos y puntos ecuánimes de chequeo antiterrorista, llegamos a la puerta D-57, donde abordaríamos el avión de Air France que nos llevaría, como con un milagro, hasta la ciudad de México, después de más de diez horas de vuelo inquebrantable.
Antes de la partida, tuve tiempo de fumarme un par de cigarros, hasta el filtro; y de tomarme no sé cuántas tazas de café, hasta el fondo, mientras charlábamos sobre nuestros sistemas democráticos tragicómicos y, por supuesto, de nuestros tristes gobernantes que se esfuerzan por ser los primeros en lamer la bota cowboy que pisotea la dignidad de todos los pueblos; gobernantes que se empeñan en ir a negociar tratados de libre comercio o eliminación de subsidios con los pantalones tan abajo como sus miradas. Hablamos con la única libertad posible que pueden tener los habitantes de los países pobres: la que la lejanía otorga de forma irrestricta. El ambiente, en las innumerables salas de espera, era artificial, huraño, monótono, sórdido, ajeno; salas de espera atiborradas de gente ficticia que pretendía ignorar su temor a volar leyendo periódicos en idiomas que no comprendían; o, tal vez, sólo queriendo aparentar un hálito cosmopolita que no tenían.
Cuando estábamos haciendo la fila para obtener la Carte d,accés á bord fue que la vi, gracias a que, por salud mental y terapia anticriminal, le di la espalda a la señora guatemalteca que se tomó alrededor de quince minutos, con todos sus segundos, para decidirse entre “¿asiento interno o ventanilla? ¡A la puta señora, que no tenemos todo el día!” –le dijo, en un francés que por sí mismo se tradujo al español, el encargado del chequeo. Parecía una bruma descalza, una aparición sobrenatural, una diosa milenaria, un espíritu grávido de latitudes remotas que buscaba un rumbo silente entre la jerga vocinglera de los pasajeros. Llevaba puestas unas botas tipo griegas, un vestido blanco de tela leve con figuras de colores radiantes que dejaban entrever una figura perfecta, la que no podía ser disimulada por su chumpa roja con ribetes blancos; su piel de porcelana oriental hacía muy poco por ocultar sus ojos misteriosos y su mirada embrujada que se escabullía, impetuosa, bella, de una cara que bien podría considerarse como un destello de luz blanca nacido en el agua. Hasta la música de ascensor que ambientaba la sala de espera se reivindicó. La aparición sobrenatural iba abriéndose paso en la fila contigua de forma decidida, hasta que el empleado de la línea aérea la detuvo, en seco, con el rígido movimiento pendular de su cabeza bien peinada. Pero, los problemas migratorios fueron resueltos, de inmediato, con los bellísimos ojos que ella mostró, con alevosía y ventaja; ojos que me recordaron a los horizontes inexpugnados que aún se niegan a morir en los países pobres, como el mío.
En un instante (el mínimo necesario para mostrar mis ajados documentos de viaje y, sobre todo, para jurar que –no obstante mi origen subdesarrollado en el que son más importantes las cárceles que la educación- no tenía ninguna intención de convertir mis recuerdos sobre un país rico en un arma contundente-) la aparición sobrenatural, el destello blanco disfrazado de mujer, se esfumó de mi vista con la misma enigmática bruma que lo trajo. En vano la busqué en la fila de entrada al avión, y casi llegué a pensar que jamás había existido, que sólo era una especie de auto-terapia para hacer soportable un viaje insoportable. Una azafata, sin despojarse de su inerte sonrisa publicitaria, me indicó el asiento que me correspondía: “el 55-D” –dijo, en un francés, tan depurado, que pude comprender a la perfección gracias al gesto de su interminable dedo índice. Los veinte miembros de la delegación centroamericana fuimos esparcidos estratégicamente a lo largo y ancho del avión, por lo que me dispuse a pasar, a solas, más de diez horas de un incómodo vuelo que remontaría el límpido silencio del Atlántico, cuyo nombre de “mar tenebroso” se debía a que esas horas de viaje parecían como un mes de ausencia.
Al llegar al lugar 55-D y colocar –a empujones- mi exigua maleta de mano, casi estuve a punto de exclamar “gran poder de Dios”, lo cual me sorprendió a mí mismo, pues, en el anfiteatro de las religiones, yo más bien estoy sentado en la fila más cercana al ateísmo. Me quedé sin aliento. Ahí estaba, sentada en el lugar 55-E, la aparición sobrenatural, la diosa milenaria que, en la sala de espera, me había confiscado las palabras hasta convertirme en el esclavo de su destello de luz blanca. De modo que, evidentemente nervioso, procedí a tomar asiento y a entablar una charla sobre cualquier tema, lo cual no pudo ser debido a que en el preciso instante en que yo dispuse mis armas de ataque frontal, el destello de luz blanca con piel de porcelana se puso el antifaz para dormir, se cubrió lo mejor que pudo con la diminuta frazada y, de súbito, pareció desconectarse de este mundo.



