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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Miércoles, 28 de Diciembre de 2011 / 09:58 h

Trazar la ruta del cambio histórico

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Oscar A. Fernández O.

El filósofo y sociólogo G. Luckas afirmó: Grupos, clases y nacionalidades tienen una potencia constitutiva de la historia en mayor o menor grado, según el poder que acumulan de cara a la desigual distribución de la riqueza, información y cultura en determinados momentos de la civilización.


El poder actual que detenta el que deberíamos llamar el gran capital (que algunas veces no tiene rostro visible) alienado en la oligarquía transnacional y en los designios de Washington, ha subvertido el orden del Estado reduciendo la acción política constitucional, reorganiza los intereses inmediatos del gran capital y empobrece y coarta los derechos fundamentales del pueblo, convirtiéndolo únicamente en una masa amorfa supeditada a la voluntad del poder económico, en disposición de aceptar condiciones humillantes y deplorables de trabajos mal remunerados, “por lo que sea” como dicen a gritos millones de excluidos.


Han hecho emerger grupúsculos de pseudo intelectuales orgánicos y plumíferos, que pretenden disfrazar de teoría la simple necesidad de un nuevo patrón de acumulación: el neoliberalismo.


La tesis central nuestra es que el desarrollo integral, que en primer plano enaltece al ser humano como ser social y al trabajo como categoría central que dignifica la vida, crea mayor certidumbre y certeza en los proyectos individuales y colectivos de una nación, la que a su vez debe sentar su construcción en la equidad, la justicia y la libertad. Un paso fundamental para que esto se haga realidad, es revertir la expropiación que el poder económico ha hecho del Estado a sus pueblos, colocando al Estado en función del pueblo, que es el poseedor histórico del poder.


En sentido contrario, el ajuste globalizado comandado por la banca internacional bajo la tutela de Washington, no sólo ha generado desestabilización económica al implantar el ajuste, sino que procede a homogenizar las sociedades con el fin de afirmar los valores del nuevo (des) orden: a) la apología cada vez más radical del consumismo, aunque en la cresta de la crisis la capacidad de consumir disminuye ostensiblemente; b) la justificación permanente de la desigualdad, que surge naturalmente de la diferencia entre los individuos; c) la manipulación y control de los medios de comunicación para minimizar la disidencia política y mitificar el modelo; d) la marginación del conocimiento para reclutar selectivamente las personas para los nuevos trabajos, con el estímulo a una especialización práctica sin conocimiento científico, pensamiento crítico y sin contexto social.
Este proceso se desarrolla con el nuevo “apartheid”, que cada vez agudiza la privatización del espacio público y margina enormes contingentes de personas, no sólo por la desigualdad social, sino también por la apariencia personal y por auto exclusión. Quedan así destrozados, los valores del iluminismo y la revolución francesa. Con ello, todos somos llamados a legitimar  e incluso a legalizar la desigualdad.


La democracia supone la secularización. Sólo una actitud laica que no reconoce ninguna autoridad o norma como portadora exclusiva y excluyente de la verdad permite a una sociedad organizarse según el principio de la soberanía popular y el principio de mayoría. El tan alegado “desencanto” de la política podría entonces ser una situación fértil para la democracia o tal vez no. Depende de la capacidad de los actores sociales y políticos comprometidos para articular una propuesta adecuada y viable.


Las derechas en el poder y los grandes capitalistas, han desarrollado un lenguaje común para combatir a sus opositores de izquierdas y a la gran ofensiva de los movimientos sociales, expresando muy preocupados cuatro argumentos básicos: 1. Las izquierdas son herederas del control estatal y eso es conservador. 2. La globalización a través de los TLC, permite la inserción internacional y por tanto es inevitable. 3. Las izquierdas no tienen propuestas sólo críticas. 4. El Estado debe ser reformado y orientado al libre mercado. En todos sus alegatos las derechas neoconservadoras dejan de lado al ser humano y no tienen una política provisoria para encarar la tragedia de la exclusión social cada vez mayor.


El Estado que defienden las derechas y la oligarquía económica, es tan intervencionista como el Estado keynesiano. Esta función reguladora consiste en ponerse de acuerdo con los intereses de los poderosos. Es sumiso a las imposiciones del gran capital (nacional e internacional), ante quién responde para ordenar y normar las relaciones socioeconómicas según sus necesidades, señalan varios intelectuales disidentes.


La democracia, en el discurso de las derechas reaccionarias se reduce a la elección periódica de representantes, aunque ese método se demuestre reiteradas veces deficiente y excluyente. Sin embargo, los contenidos sustantivos de la democracia efectiva son ignorados a propósito y sustituidos por la práctica concentradora y discrecional del poder político, que constantemente apela a la excepcionalidad de los conflictos generalmente manipulados, con el propósito de desinformar al pueblo y amenazar con la fuerza.


La transformación del estado y la sociedad, en buena parte provocada por un nuevo y masivo empuje de algunas fuerzas sociales y su incidencia en la economía, la política y la cultura, asegura a priori una mayor exigencia democratizadora en el futuro cercano. Los procesos electorales son capitales para la legitimación democrática, pero la vida de la sociedad y la de su instrumento de gobierno, el Estado, no se reduce a las elecciones.


Lo que es necesario, y deberá ocurrir más pronto que tarde, es un espíritu totalmente diferente: un análisis incisivo, resuelto, si es necesario con dureza, del mundo tal cual es, sin concesión a las arrogantes demandas de la derecha, a los mitos con­formistas del centro, ni tampoco a la devoción bien pensante de muchos en la izquierda. Las ideas incapaces de conmocionar al mundo, son incapaces de apartarse de la inercia. Esto no significa una postura sectaria ante intentos limitados de hacer detonar el presente consenso posmoderno, siempre habrá que apoyarlas, pero imprimiéndole una actitud revolucionaria. La “Tercera Vía” o el llamado aggiornamento neoliberal son conceptos en bancarrota, confeccionados por aduladores y redactores de discursos en el Primer Mundo, adoptado servil­mente con el objeto de ser imitado en el Tercer Mundo, tratando de detener los cambios estructurales profundos y revolucionarios. Hoy se retoman en un intento de frenar la profunda crisis del capitalismo y evitar el colapso.


Por lo tanto la izquierda revolucionaria debe continuar sosteniendo y defendiendo una estrategia para fundir la acción política y el modo de vida del pueblo, construyendo un proyecto de nación independiente y soberana: recuperar el derecho de libre expresión, lograr la participación activa de las masas y ejercer presión por el respeto a los derechos de cada sector y grupos del pueblo, con demandas que favorezcan a las mayorías y que al mismo tiempo aboguen por la solidaridad de todos los pueblos del mundo.


Demandas legítimas de carácter privado y de interés público. Educación para todos orientada a la práctica social y a la experiencia política, con el propósito de generar disputas y consensos en la escena pública, dónde las demandas de todos puedan discutirse abiertamente, para que produzcan nuevos consensos. Para ello es imprescindible debilitar el poder regulador de otros dominios de facto, que en la actualidad constituyen una potestad absoluta: las grandes empresas asociadas a actos que atentan contra el Estado, relativizan la libertad y corrompen el sistema político, abortando cualquier intento de desarrollar la democracia popular efectiva.


De tal manera que se exige aumentar crecientemente el poder de los trabajadores y la clase media empobrecida, sin concebir a la democracia como un concepto cerrado, sino como la búsqueda permanente por parte de los pueblos del control sobre el Estado y sus instituciones. En esta dirección debe construirse e impulsarse un proyecto pluri-clasista, que genere un desplazamiento del poder político y económico desde los monopolios privados que predican por la entrega sumisa de El Salvador al orden global capitalista, y conspiran contra el actual gobierno que trabaja en dirección de iniciar algunos cambios hacia objetivos históricos de un Estado democrático. Para su viabilidad estratégica, dicho proyecto necesita reunir un bloque de alianzas de las fuerzas progresistas, capaz de promover el desarrollo integral, no dependiente, autónomo y solidario, que combata de raíz la exclusión y reduzca crecientemente las brutales diferencias sociales que hoy dividen nuestro país. 

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