Los relatos de la vida de san Francisco de Asís, trasmitidos por sus primeros compañeros, narran también que una vez, en el día de Navidad, él se presentó de incógnito, un pobre más entre tantos otros, al banquete de los frailes. Ellos le ofrecieron solamente las sobras. Francisco entonces, si bien con su acostumbrada mansedumbre, los regañó, pues sus amigos frailes, en cambio de recibirlo con honor, “cómo a Cristo mismo”, no le habían dado importancia, concediéndole sólo las migajas de lo que había sido su banquete festivo.
Francisco, en esa ocasión, les preguntó: ¿Ustedes quién piensan que son? Francisco subraya la presencia del Señor Jesús en el cuerpo de los pobres. Por esto, pide a sus frailes de acogerlo con honor, de no dejarlo mendigar, sino tratarlo como los enviados del “gran rey”.
En distintos momentos de su vida, él subraya la centralidad del evento del nacimiento del Señor, y la necesidad de celebrarlo con alegría. Tomás de Celano, uno de sus primeros biógrafos, cuenta que: «Un día los frailes reunidos, discutían si permanecía la obligación de no comer carne, dado que la Navidad de ese año caía en día viernes. Francisco respondió a fray Morico: ‘Tú pecas hermano, cuando llamas viernes el día en que ha nacido para nosotros el Niño. Quiero que un día como este también las paredes coman carne, y si esto no es posible, por lo menos que sean untados externamente’. En “la fiesta de las fiestas” él quería que este día los pobres y los mendigos fueran saciados por los ricos y que se diera a los bueyes y a los asnos una ración de comida y de heno más abundante de lo acostumbrado».
La Navidad, para Francisco, tiene que ser un día de fiesta y de abundancia, sobre todo para los más pobres. Como cada aspecto de su espiritualidad, esta determinación suya tiene profundas raíces evangélicas. Siente la exigencia de hacer viva la presencia del Señor Jesús entre los hombres, como pobre entre los pobres y débil entre los débiles. Es esto lo que suscita en él la idea del primer pesebre, que lo realiza en una gruta, en la localidad de Greccio (muy cerca de Asís) en el centro de Italia, durante la Navidad de 1223. Es una historia muy conocida: el Santo reproduce la escena del nacimiento de Jesús colocando sobre el heno un bebé, junto a su madre, entre un buey y un asno. Alrededor del pesebre se celebra una solemne liturgia, a la cual acude todo el pueblo.
En el pesebre los hombres y las mujeres de su tiempo pueden ver con sus ojos el niño que nace, y así, experimentar ternura, comprender su necesidad de amor y de atención. Es una actualización extraordinaria que nos convierte en contemporáneos de Jesús.
Francisco quiere favorecer una participación personal al misterio del nacimiento del Señor, provocar el encuentro con un evangelio vivo y concreto.
Los pobres y la Navidad están intrínsecamente conectados. Por esto, el almuerzo de Navidad, al que son invitados los pobres, sobre todo, aquellos que no tienen familia, quiere ser un gesto que responda a la exigencia sentida con tanta fuerza por san Francisco. Es un pesebre moderno. No es sólo una representación sacra, no es un hecho de imágenes o estatuas, sino de personas vivas. Aquí se puede adorar al Señor que nace en medio de los hombres. Se puede en efecto reconocer el rostro del Señor Jesús en el rostro de los pobres que se reúnen alrededor de una mesa: los niños, los ancianos, enfermos, el pueblo sin casa. Su debilidad, la fragilidad de sus vidas los hace tan parecidos a aquel niño nacido en Belén. Servir cada día a los pobres, pero sobre todo el día de Navidad, la realización de esta fiesta, son un momento de “adoración” del niño Jesús, encontrado y reconocido en el pobre.
El primer almuerzo de Navidad
San Paolino de Nola, un obispo que vivió en torno al siglo IV, relata un almuerzo de Navidad ofrecido en la madre de todas las iglesias, la basílica de san Pedro en el Vaticano. El relato está contenido en una carta dirigida a un amigo suyo, senador romano que se había convertido al cristianismo. Éste, para recordar a su esposa difunta, había ofrecido un gran almuerzo a los pobres en la basílica. Paolino, entre algunas cosas, dice de su amigo Pamaquio: «Tú reuniste en la basílica del apóstol Pedro una multitud de pobres, patronos de nuestras almas, que por toda la ciudad de Roma piden limosna para vivir. Yo en verdad me sacio al contemplar el estupendo espectáculo de esta grande y hermosa obra tuya de caridad: me parece ver todas las multitudes de gente pobre, concurrir a la basílica del glorioso Apóstol».
Toda la basílica de san Pedro estaba llena de pobres, tanto que –escribe Paolino- «ni delante de las puertas del atrio, ni sobre las gradas de la plaza hay espacio libre». Él habla de “un alegre estruendo” y la escena descrita expresa orden y alegría. Paolino continua diciendo: «Los veo, una vez reunidos, divididos ordenadamente por mesas, y saciados inmediatamente con comida abundante, tanto que tengo ante mí la abundancia de la bendición evangélica y la imagen de aquellas muchedumbres que Cristo mismo, verdadero pan y pez de agua viva, ha saciado con cinco panes y dos peces».
Los tiempos en que se realizó este primer almuerzo de Navidad eran difíciles, había muchacarestía y Roma era amenazada por una guerra.
En estos días, en todo el mundo, nuestras comunidades de San Egidio quieren repetir estos gestos de amistad hacia las personas que más sufren. Muchos sufren sobre todo porque no tienen una familia. Esta es la pobreza más grande que una persona puede experimentar. Pero en Navidad, tantas heridas son como sanadas por el pan bueno de la amistad y del amor de Dios.
El año pasado, un amigo pobre, después de haber comido un plato de pollo en el almuerzo de san José de la Montaña, en San Salvador, dijo: «Eran dos años que yo no comía pollo, ahora hasta me queda apretado el cincho».



