Antonio Lara
Álvaro Darío Lara
Hace tres años, el 9 de diciembre de 2008, los restos físicos del artista y promotor cultural, Antonio Lara, son enterrados en Catedral Metropolitana, entre cantos, lágrimas y desbordantes recuerdos. No era para menos, la comunidad artística y sus amigos y amigas –que eran muchos y muchas- dábamos el último adiós terrenal a quien se había destacado como un apasionado convocador del arte y de la alegría. Amigo en realidad de sus amigos, y de todos aquellos que se cruzaron por su vida de incorregible generosidad y amor al arte.
Toño –como siempre le llamamos cariñosamente- había nacido en Nicaragua, el 4 de agosto de 1952 y falleció en San Salvador, el 8 de diciembre de 2008, en la solemne festividad católica de la Inmaculada Concepción de María, la Purísima, Patrona de Nicaragua, de la cual era muy devoto.
Dos días antes –pese a su delicado estado de salud- había asistido a un evento cultural celebrado en el Museo Nacional de Antropología, organizado por la Embajada de Nicaragua y la CONCULTURA de la época. Se trataba de la tradicional “gritería” mariana, propia de su país.
El Maestro Toño Lara, se destacó mucho por sus múltiples esfuerzos en pro del arte nacional, desde su llegada al país en 1978, junto al recordado artista nicaragüense, ya fallecido también, Julio Sequeira.
En 1981, fundó “Galería de Arte 91”, un verdadero espacio de educación artística y proyección plástica. A partir de 1982, promovió el Premio “Talento Joven del Año”. También fungió como Agregado Cultural Ad-Honorem, de la Embajada de Nicaragua en nuestro país, Presidente de la Asociación de Artistas Plásticos de El Salvador (ADAPES), Miembro Activo de la Fundación Poetas de El Salvador y de la Cofradía del Divino Salvador del Mundo.
Su obra fue expuesta, con mucho éxito, nacional e internacionalmente. Y sus tendencias pictóricas fueron del primitivismo inicial al arte-objeto, donde destacó por su creatividad y constante exploración estética.
Los derechos sociales del artista, su dignificación frente a un medio ingrato, fueron siempre grandes preocupaciones que le acompañaron hasta el final de sus días. En ese sentido, siempre abanderó causas y campañas, tendientes a que –desde los ámbitos del Estado, de la empresa privada y de la sociedad civil- se reconocieran y atendieran los derechos y necesidades, de aquellos y aquellas, que han dedicado su vida al arte nacional. De idéntica manera, sus afanes transcurrieron, llamando a las puertas gubernamentales y privadas, urgiéndoles de lo decisivo que representaba para el desarrollo nacional, la inversión en el área del arte y la cultura.
Toño fue un hombre de gran corazón, que buscó siempre la estrella que brilla en cada uno de los seres humanos.
Lo recordaré siempre en su Galería 91, de la colonia Flor Blanca, una noche de fiesta y de bohemia, donde apenas recordamos el motivo de la celebración y a qué hora –como en los cuentos de hadas- se desvaneció todo.
En esa nube ya, del ayer, Toño resplandece, orondo y riendo sonoramente, entre sus piezas de anticuario: sus muñecas europeas de principios del siglo pasado, sus arlequines, sus delicadas piezas de cerámica y cristal, y sus decenas de invitados que llegaban y se retiraban interminablemente. Toño cocinando, atendiendo, repartiendo comida, bebida, sonrisas a todos.
A tres años de su partida física, nos queda su obra. El intenso color de Cuscatlán, que captó su pincel de artista, el cielo azul, y el mar enigmático, más allá de todas las épocas.
Sus ventanas, transformadas por su genio de artista, en rostros coloridos, seguirán siempre convocándonos a la fiesta de la vida.
Recibe entonces, Toño, esta botella de rebosante vino tinto, para que la abras y la sigamos bebiendo, como en otras navidades.



