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El Salvador, Miércoles 30 de Julio de 2014
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Martes, 06 de Diciembre de 2011 / 09:35 h

H. de Sola

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Guido Miguel Castro

Corría el año de 1896. San Salvador era un pueblo provinciano de apenas cincuenta mil habitantes y servicios públicos bastante rudimentarios para una capital de la época. Existía un dejo de resistencia a cambiar los viejos patrones de vida heredados de la colonia.


A ese San Salvador de antaño llegaba Don Herbert de Sola, proveniente de Panamá, y haciendo un poco más de historia familiar, de la Isla de Curazao, Holanda, Castilla, Aragón, Navarra y Toledo. Era el resultado de siglos de historia de trabajo, tradiciones, honradez y valentía de sembrar donde otros no lo hacen y de triunfar. Venía con recomendaciones dirigidas a los señores Carlos y José Bernheim, propietarios de la “Joyería París”, ubicada a un costado del parque Gerardo Barrios, en ese tiempo “Simón Bolívar”, luego de haber hecho un viaje de exploración previo a Europa y la actual Sudáfrica. Pese a nuestro subdesarrollo, consideró que El Salvador era el lugar, no solo para iniciar una nueva etapa en su vida empresarial, sino para convertirla en su nueva Patria, con lo que esto implica de entrega y sacrificio.


Inició sus operaciones en la esquina noreste de la Avenida España y la Calle Arce, al norte de la Universidad Nacional, inaugurando el 15 de marzo de 1896 el almacén “A la Ville de París”, importando todo tipo de artículos extranjeros como telas, abarrotes y fantasías.


Por su tradición familiar y personalidad atrayente, fue nombrado por más de sesenta años Cónsul de los Países Bajos en San Salvador. Poseía una visión futurista y progresista, pronto supo vislumbrar en la zona al oriente del Campo de Marte la primera etapa de expansión urbanística de la Capital, que después continuaría con los barrios Santa Anita y Lourdes y la moderna Colonia Flor Blanca en los antiguos terrenos de pastaje de las mulas del tranvía que conectaba San Salvador con Santa Tecla, empresa a la cual también se asoció y buscó modernizar. Participó en la pavimentación de San Salvador e ingresó en los difíciles y exclusivos mercados del café y del azúcar.


Donó el terreno de lo que actualmente se conoce como Estadio Nacional “Mágico González”, a efecto que se celebraran los Primeros Juegos Centroamericanos en 1935. Nunca buscó reconocimientos públicos, actuaba por convicción, buscaba el progreso para la Nación que lo había acogido maternalmente al igual que el desarrollo de sus empresas. Con sus empleados era una especie de padre, su comprensión y humanitarismo caracterizó el trato con los más de tres mil trabajadores y empleados que llegó a tener en sus diversas empresas, nunca buscó progresar solo, siempre compartió el éxito con quienes le acompañaban en sus proyectos, sin importar el status, para Don Herbert todos eran importantes.


Tuvo cinco hijos, Víctor, que se destacó en el área del café, fundador de CEPA y de la era de la energía hidroeléctrica, Ernesto, que incursionó como Arquitecto en el área de la construcción, Francisco que dominó el área industrial, Orlando, que fue un excelente médico-cirujano y filántropo y que heredó de manera más evidente su espíritu humanista, y Lorenzo que murió a corta edad víctima de una enfermedad epidémica.


Don H. de Sola mostró a nuestro país el rostro humanitario del empresario. Probó, contrariando las doctrinas mercantilistas, que se puede crecer como empresario siendo justo con el trabajador, que la empresa tiene un papel social que cumplir, que la riqueza es un don que Dios otorga para ser la extensión de su paternidad, de su justicia.
Evidentemente, fueron estas características las que llevaron al Gobierno de la República a declararlo “Comendador de la Orden Dr. José Matías Delgado” el 12 de octubre de 1952, en una época en que el Gobierno del Tte. Cnel. Oscar Osorio otorgaba especial importancia a los derechos sociales incorporados en la Constitución de 1950, dando una lección de decencia a los empresarios salvadoreños.


Ese modelo humanista de la economía ha sido defendido bajo la bandera del liberalismo por su nieto Orlando de Sola quien también lo ha sabido practicar en las heredades de su padre, el Dr. Orlando de Sola Maduro.


H. de Sola solo ha existido uno, el que desde la eternidad nos recuerda que es posible ser empresario practicando la justicia social.

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