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El Salvador, Jueves 23 de Mayo de 2013
Última actualización : 16/07:22 h.

Viernes, 02 de Diciembre de 2011 / 09:23 h

Pequeños pero grandes pasos en el camino del humanismo

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Texto y fotografía Néstor Martínez
Editor Suplemento Eco - Lógico

Los signos de interrogación se colocan sobre mi cabeza, cuando César Artiga, director de la organización Nueva Vida, me invita a dar una conferencia sobre el cambio climático en la Universidad... ¿Libre por la Paz?

¿Qué es eso?, me pregunto, y la curiosidad se suma al deseo de difundir la conciencia ambiental ante, advertido, conste, un público de lo más variado. Aumenta mi curiosidad. Estoy en ascuas.

César me dice que la cita será en la sala del Museo ¡Ajá! ¡Caramba, otra sorpresa: un museo!, en la ciudad de Santa Ana. 

Es parte del trabajo de la red G50 (Grupo Sin Cuenta, por aquello de los grupos de países como el G8, G20 y G193), que tiene alianza con la iniciativa Siglo XXIII y la organización Nueva Vida, me explica César. No me queda más remedio que prepararme para el asalto final, quiero decir, el día de la conferencia.


Tras convenir en reunirnos en un punto y de allí partir para el Museo ¡Ajá!, llegamos y el asombro me atrapa: el Museo es una variada colección de arte popular basado en el reciclaje, con el objetivo de sensibilizar a los visitantes de la importancia del medio ambiente.

Hay tantos objetos que mi vista pasa de uno a otro, y repaso para descubrir pequeños detalles que pasaron desapercibidos.

Los mensajes asoman por todos lados: “Gobiernos: cumplan objetivos del desarrollo del milenio”, “Trabajamos para la felicidad de los nietos y nietas, de sus nietos y nietas”, “Nuestros ancestros nos enseñaron a cuidar a la Madre Tierra”. El altar del Día de los Muertos está dedicado al calentamiento climático: “En el Día de los Muertos celebramos la vida, no más violencia, no más guerra”, “Hagamos la paz con el planeta”, “El ártico se derrite: el oso polar peligra...”. Bajo un fondo desértico se lee “Desertificación, muerte extinción, cambio climático”.


Satisfecha esta curiosidad paso a la Universidad Libre por la Paz. Esta, me explica César, es una reunión mensual con invitación abierta, en especial para personas que no fueron a la Universidad, de diversas comunidades, pero que quieren enterarse de los grandes temas que en estos tiempos conmueven al mundo: medioambiente, guerra, crisis económica... y para ello invitan a personalidades especializadas en ellos, para que, en lenguaje entendible ilustre a los asistentes.

Inicio mi conferencia cuando todos están sentados en círculos. Les cuento la historia de cómo fue empobrecido el campesino y su tierra, de la contaminación, de los orígenes del cambio climático, el valor de estar organizados, las mentiras en los medios... hasta terminar la conferencia.
Alguien, por venir al caso, saca mazorcas de maíz nativo de colores rojo, blanco, amarillo, negro... circulan entre la gente que acaricia el maíz.

También apoyan el esfuerzo de Siglo XXIII la Casa Ecológica de Nahuizalco, la Granja de permacultura, el programa de apoyo a los ancianos indígenas, crean los jardines de sombra para colibríes y mariposas en los parques públicos, entre otros programas de cooperación con las comunidades rurales.

La granja es como un pulmón para la ciudad, aquí el agua se filtra para su purificación con el objetivo de aumentar los mantos acuíferos y se ayuda a la preservación de especies animales y vegetales.
 
Trabajar por el bien común de la humanidad no significa que se deban tener millones de dólares para ello, basta un pequeño paso y los cambios empiezan a multiplicarse en el camino. Eso es la Universidad Libre por la Paz.

Tal es la herencia de Teodoro Benavides, Eva Marroquín de Benavides, y su hija Marta Benavides, quienes soñaron con un mundo sin hambre, de gente culta, de compromiso con la ciudadanía planetaria que conlleve a la verdadera libertad por la vía de la cultura.

Por cierto, Marta Benavides es una de las seis mujeres salvadoreñas postuladas por el movimiento internacional de mujeres, en el selecto grupo de la Liga Internacional de Mujeres pro Paz y Libertad, para el Premio Nobel de la Paz en el año 2005.

El almuerzo no deja de dejar su mensaje: se trata de comida al estilo “slow food” (comida lenta), con la que se rescatan valores tradicionales, se ofrecen alimentos nutritivos, se promueven los principios de la soberanía y la seguridad alimentaria, todo lo contrario al “fast food” (comida rápida, promovida por las transnacionales).

Comemos cada quien sentado donde quiera, sopita, vegetales y postres de frutas, acompañado de refresco natural y de conversaciones sobre el tema expuesto.

Para la digestión camino por el jardín, sembrado de plantas que se utilizan en la cocina (algunas) o en la medicina.

Entre los trabajos de la artesanía popular, me llama la atención los realizados con latas de aluminio. Pregunto por el precio, y ahora bailan dentro de mi carro dos mariposas metálicas que me recuerdan a cada rato que mucha gente está en pie de lucha por la humanidad, aunque la humanidad no se entere, o que se enteren pocos, pero de verdad enterados, como los que asisten a la Universidad Libre por la Paz, de la que salgo con mucho conocimiento.



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