Como era fácilmente predecible, la estrategia derechista ha triunfado en Guatemala y las clases medias allá (la gran abstención se dio fuera de las ciudades más pobladas) olvidaron sus grandes carencias económicas (mucho menores que las de la marginada población indígena) y votaron por quien ofrece represión; votaron nada menos que por un militar claramente vinculado a crímenes de lesa humanidad. Como advertíamos ya desde septiembre en esta página, “En Guatemala como en El Salvador no se usará el golpe de Estado, la ciudadanía misma pondrá el cuello en el yugo”.
Allá, una clase media que se guarda de ser considerada de descendencia indígena, ha dado su voto para que sea la mano violenta la que le libre de la violencia criminal que padecen.
La otra cara ha sido Nicaragua. Un popular apoyo al sandinismo, de los sectores más empobrecidos (un 45 % de seis millones de habitantes) le dio un claro triunfo a Ortega, quien aceptando la amistad y la solidaridad de Cuba y Venezuela, ha aprovechado para que se beneficien con planes de asistencia, se les ha puesto a salvo de la violencia y en la seguridad, se está desarrollando un enriquecedor turismo; empresas salvadoreñas que aquí no pagan impuestos y allá sí, se benefician de aquella estabilidad social.
Son las dos realidades centroamericanas: un modelo de solidaridad social y otro modelo que prefiere obedecer al autoritarismo. En El Salvador, la violencia manipulada por la derecha que hace de ella un negocio inmediato (venta de armas, venta de “seguridad”), prepara el campo para regresar al autoritarismo militar. Deberíamos prevenir esa catástrofe, pero en una población generalmente conservadora, más dispuesta a obedecer que a disciplinarse — la clase que obligada por sus extremas necesidades, siempre aportó policías crueles o integrantes de escuadrones como “Orden”, o soldados como los que ejecutaron masacres como en El Sumpul o El Mozote —; una población así, enajenada por la diaria atemorización divulgada por la prensa, admiradora de aviones que malgastan gasolina celebrando una falsa independencia, la hace propensa a votar por el autoritarismo creyéndose lo de que “la izquierda no sabe gobernar”, y se le oculta que nunca antes hubo desempeños gubernamentales tan prudentes y humanos como los que ahora se nos muestra en las carteras de Salud, Obras Públicas, Educación y Agricultura, con titulares que no necesitan reconocimientos meramente protocolarios que hacen pagar al pueblo, publicando onerosos campos pagados con dinero del presupuesto.
Lo que sucede en Guatemala, debería ser lección para ser aprendida. Pero aquí, la derecha ha “fabricado” ciudadanos sumisos demasiado carentes del mínimo, fácil víctima por su necesidad de sobrevivir; ese es el voto que se lleva la derecha, el voto que ha hecho presidente a un reo, el voto que puede hacer presidente en El Salvador a cualquiera señalado por robos o corrupción o autores de masacres. Guatemala es un funesto ejemplo.
Para agravar, el canibalismo político de nuestra izquierda, es el gran aliado de la derecha que acecha para volver al autoritarismo.



