Una madre adolescente alimenta a su hijo por primera vez.
Por Amalia Alejandro
Periodista
Especial para Trazos Culturales
Se me partió el corazón cuando vi a ese pequeño bebé de apenas 1 año de edad dormidito en el piso. Su mamá está en consulta ginecológica ¡muy pronto, ella tendrá otro bebé! ¡Y aún no cumple los 21!
A un lado, fuera del consultorio, sentadas en las incómodas sillas azules de duro plástico, de esas que están unidas entre sí y que se encuentran en todos los hospitales, esperan otras jóvenes mujeres. Todas llevan en su vientre una vida que florece, pero quizá por su misma juventud el instinto de madre aún sigue dormido, o juguetea en algún rincón del corazón, porque todas ven con indiferencia el pequeño cuerpecito tirado en el suelo durmiendo apacible, pero para ellas es como algo de rutina, quizá hasta normal, como si el chiquillo estuviera acostumbrado a hacer del suelo su cuna improvisada cuando el sueño apremia.
Mientras esperan su turno para la consulta ginecológica, algunas chicas hablan entres sí, otras tienen la mirada fija en la pared… estas adolescentes tienen un precoz problema, más grande que la edad de ellas.
La indiferencia es interrumpida por el chasquido de mis dedos, mi cara de preocupación las regresa al mundo real y varios pares de ojos me miran cuando exclamo: “¡Hay no, mi niño, se puede enfermar, el piso está sucio!”
Me miro los zapatos y pienso en todas las formas, tamaños y cantidades industriales de microbios que están en ese suelo. Le pregunto a una de las chicas “¿Y la mamá de este bebé?”, “Está adentro con el doctor, es mi hermana”. Las dos hermanas están embarazadas, una de ellas tiene 18 años, la otra 20.
Me dispongo a levantar al pequeño, cuando de repente se abre la puerta. Es la mamá del niño, no sé si me escuchó, pero levantó a su pequeño, lo arrulló en sus brazos y me sonrió. Luego continúa con su consulta médica.
Me encuentro en la Unidad de Salud de Ilobasco, antes de entrar, ya deseo salir corriendo, debo pasar de lado y contraer mi cuerpo para desplazarme entre la gente que hace fila. La cantidad de personas sobrepasa el límite del espacio físico, pero no hay nada que hacer al respecto sin las maniobras del hombre goma para pasar.
Mi cerebro me juega una mala pasada, comienzo a pensar en todas las posibles enfermedades que pululan , virus que vuelan como pájaros y se cuelan hasta en la ropa debido a toda esa gente que está casi una encima de otra.
Sacudo mi cabeza para espantar los pensamientos negativos que me hacen sentir enferma. Pienso en el bebé que vi dormido en el piso y continúo con mi misión de entrevistar a mujeres adolescentes y jóvenes embarazadas. Giro mi vista en busca de futuras mamás. Poco a poco van apareciendo varias caritas de niñas embarazadas.
Me siento junto a Diana (nombre ficticio) ella tiene apenas 16 años, pero sus pechos ya amamantan a una hermosa niña de 15 días de nacida. Aún no tiene experiencia en estos menesteres de la maternidad, mientras va descubriendo como dar el pecho a su pequeña que llora a todo pulmón, el hambre no perdona a la madre adolescente.
Como Diana, muchas otras adolescentes se enfrentan a una pequeña realidad que llora, tiene hambre, necesita protección, caricias, ropa, estudio, casa, familia. Sin embargo estas madres, además, apenas pueden con los embates de su adolescencia.
Me dispongo a levantarme cuando de repente siento una mano en mi hombro, es María (también nombre supuesto), una chica de 22 años, carga un precioso bebé en los brazos, me habla despacio y suave, como si estuviera apenada: “¿disculpe, usted no tiene amigas que necesiten una empleada?”.
Me detengo a conversar con ella y le pregunto si tiene solo ese hijo, pero no, en la casa ya le están esperando 2 más y tienen hambre.
“Necesito trabajar, el papá de mis hijos me dejó”, explica. Le pregunto nuevamente sobre cómo piensa dejar a sus 3 hijos e ir a San Salvador a trabajar.
Pero aunque la separación será dolorosa, su corazón ya está preparado para eso, o simula que lo está, porque como ella misma me lo dice: “no tengo nada que darles para comer, mi mamá me los cuidará mientras yo me voy a trabajar”.
Mi apariencia exterior demuestra calma, pero por dentro mi corazón se estremece, pienso que el hambre no entiende del beso de buenas noches que un bebé necesita de su mamá antes de ir a la cama, o de esos ojitos inocentes que lo primero que buscan al despertar es el rostro de su mamá, o escuchar su voz diciendo, “¡vengan a comer, ya está el desayuno!”
Desde La Unión, San Miguel, La paz, hasta en la capital, encuentro muchas adolescente de entre 15 a 19 años que en lugar de estar en la escuela, esperando inquietas el timbre que anuncia la hora de recreo, esperan su turno para pasar consulta ginecológica en una fría banca de hospital donde más de 2 enfermeras, quizá a falta de leche les dieron limón, se comportan peor que una celadora de cárcel. Nada de humanismo con las madres adolescentes.
Cada vez que converso con una futura madre adolescente, ¡y vaya que han sido muchas!, veo sus caritas de niñas y pienso en mis hijas, en mis sobrinas, en las niñas de mi familia que sí pueden disfrutar su adolescencia, su juventud, pero me pregunto ¿por qué las otras chicas no tuvieron la misma oportunidad? Si ellas al igual que las niñas de mi familia tienen los mismos derechos.
La realidad de Diana y María se repite en muchas otras vidas juveniles que quemaron su etapa de la adolescencia y asumieron responsabilidades de adultos cuando aún no les tocaba.
De regreso en casa, leo en la revista National Geographic de septiembre, que “el mundo en desarrollo (entre ellos El Salvador, nota mía) ha descuidado un recurso: millones de mujeres adolescentes. Ellas suelen dejar la escuela y empezar familias a mitad de su adolescencia, volviéndose a menudo víctimas de violencia, enfermedades y complicaciones al momento del parto. Estudios demuestran que mantener a estas chicas en la escuela y retrasar el momento del matrimonio (o de tener hijos, diría yo) las beneficia a ellas y a sus comunidades al reducir la mortalidad infantil, aumentar el ingreso familiar y detener la propagación del VIH”.
En la misma página, Esther Muthoni Gataya, fundadora de la escuela para niñas “Saint Annmona”, en Kenia, dice que “si educas a una niña, educas a una Nación”.
Tras un profundo suspiro pienso que ver las jóvenes madres en la sección de ginecología de los hospitales del país, me demuestra que estamos perdiendo gran parte de nuestro desarrollo.



