Álvaro Darío Lara
En el contexto de la XV edición de la Feria Internacional del Libro en Centroamérica (FILCEN) llega hasta las manos de los lectores salvadoreños la voz poética de la mexicana Amaranta Caballero Prado (1973), junto a otras voces contemporáneas: Óscar de Pablo (1979) y Balam Rodrigo (1974).
Todos ellos integran un grupo muy representativo de la actual poesía mexicana, que luego de muchas décadas de gran aliento intelectual, hermético y metafísico, va tomándole –ahora- el pulso más decididamente, no tanto al yo-universal, de la voz que aspiraba a encarnar “los grandes temas eternos de la humanidad”, sino más bien a una poesía surgida de la cotidianidad, de esa experiencia individual y diversa, que cada día marca más las tendencias actuales del arte y de la literatura.
Una poesía que va hasta el fondo del pozo interior, regodeándose y explayándose, en ese aire democratizador, masivo, de las nuevas tecnologías. Poesía que no huye ya de la denotación, y cuya estilística se contamina de lo lúdico, brutal, paradójico, melodramático, de los nuevos escenarios sociales y culturales.
El libro que ahora nos ocupa, Todas estas puertas, de Amaranta Caballero Prado, (Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2008, 124 pp.) aunque afincado en un eje temático muy recurrente en la poesía: la infancia y el recuerdo, representa una exploración distinta a la tradicional manera de ir a ese paraíso perdido: tanto por su factura literaria, como por su poética de diálogo interior-exterior, maravilloso y dramáticamente próximo.
En Todas estas puertas, Amaranta nos lleva de la mano, mejor, nos sitúa en el lente de su cámara cinematográfica, para recorrer calles, casas, callejones, interiores deshabitados, corredores donde deambulan antiguos fantasmas que surgen de los laberintos del tiempo, y de nuestras propias vidas pasadas y presentes.
Poesía de sensaciones, de seres que atraviesan todas las puertas de las estaciones vitales: “Comencé a abrir todas las puertas de esa casa. Dejarlas abiertas al polvo, a la luz o a la noche. Dejar pequeños platos con agua entre los cuartos para los seres que como yo, masticaban o roían sólidos pedazos de historias vivas” (VI Paseo de la Presa #69: I).
Poesía que sabe pulsar los libres acentos, en estas imágenes olfativas: “Todo eso era almagre. / Todo eso una sustancia, un fluido. / Todo eso un ácido olor también dulzón y afrutado: /lechoso, blanco, alcalino. / Eran las tardes de los sonidos previos al silencio/ único que provocan los eclipses. /” (La culpa).
Este libro de Amaranta Caballero está en deuda con Guanajuato, la ciudad natal de la poeta, donde: “huele humedad y siglo XVII” (Sierra Leona # 11 Mellado: I) pero también lo está con esa otra misteriosa arquitectura de Amaranta, capaz de apuntarnos con estos versos: “Esta casa tampoco abre por dentro. / Ahora ya los vientos son vahos. / Ríete. / Nada permanece. /” (VI Paseo de la Presa # 69: IV)
En esta poesía difícilmente encontraremos la llave, para lograr salir, nuevamente, a los soleados paseos, la poesía de Amaranta nos seguirá reteniendo a través de la sepia de sus viejos retratos, y de esos extraños ruidos del silencio, que se escuchan, al otro lado del espejo de sus palabras.
Centroamérica, El Salvador, septiembre de 2011.



