Álvaro Darío Lara
La obra y la figura del maestro, pensador y escritor salvadoreño don Alberto Masferrer (1868-1932) sigue apasionando, tras 79 años de su trascendencia física, a sus lectores y estudiosos del presente, entre los que se destaca, principalmente, la guatemalteca Marta Elena Casaús Arzú, quien prepara una importante edición crítica de nuestro gran autor nacional.
¿Por qué este actual avivamiento por la producción y la vida de don Alberto? Ésta, probablemente, es una buena pregunta que se harán muchos. La respuesta es sencilla: Masferrer, al igual que Gavidia, y otros emblemáticos de la cultura del país, continúan siendo unos perfectos desconocidos. Se habla mucho de ellos, pero se desconoce enormemente su legado.
En el caso de don Alberto, la historia ha sido muy injusta: sacralizado por la cultura oficial durante décadas, se pretendió, desde este ángulo, “dulcificar” y neutralizar, su palabra de valiente denuncia, su examen exhaustivo de la realidad social, política y económica que vivió, y que aún mantiene vigencia, en muchos apartados. Sólo su planteamiento de la urgente necesidad de garantizar un “mínimum vital” para las grandes mayorías, constituye perfectamente un reto para nuestra contemporaneidad.
En otra dirección, cierta intelectualidad de izquierda, sobre todo, a partir de los años 50, satanizó al maestro y a su obra, bajo epítetos francamente insultantes, y bajo muy pobres y superficiales argumentos, tal es el caso del poeta Roque Dalton, cuyo famoso texto contra Masferrer, contribuyó a su descalificación a priori, por parte de muchos jóvenes de las siguientes generaciones.
Ninguna de las dos actitudes, propició un estudio riguroso de nuestro autor. Sin embargo, una notable excepción lo constituyó el libro “Masferrer alto pensador de Centroamérica” (Guatemala, 1954) de la doctora Matilde Elena López, quien es de las primeras intelectuales que publica una aproximación a la obra masferreriana, justipreciándola, especialmente, desde la perspectiva de su aporte social.
El interés por Masferrer acompañará a Matilde Elena, durante toda su trayectoria académica, prueba de esto es la edición de las obras escogidas del maestro, en 1971, bajo el sello de la Editorial Universitaria.
Sin embargo, hasta la publicación del libro “Las redes intelectuales centroamericanas: un siglo de imaginarios nacionales (1820-1920)” de la doctora Casaús Arzú, en el 2005, la gran mayoría de los comentaristas de Masferrer habían centrado su atención, en la vertiente más evidentemente social, histórica y política de nuestro autor, pasando de largo, o minusvalorando, el mundo de sus ideas, donde el esoterismo, y principalmente la tendencia teosófica, aparece ocupando un lugar central, y direccionando desde ahí, todas sus grandes inquietudes en diversas áreas de su infatigable interés por el mejoramiento humano individual y social.
Quizá de las primeras voces en señalar tempranamente esto, fue una de sus admiradoras más entrañables, Claudia Lars, quien en el prefacio de la edición de 1972 de Las siete cuerdas de la lira (Dirección de Publicaciones, Ministerio de Educación, El Salvador) nos dice: “Se conoce mucho a don Alberto Masferrer como maestro, conductor de multitudes, como escritor empeñado en despertar la embrionaria conciencia de su pueblo; pero se le conoce menos como hombre que busca frente a los grandes misterios de la vida una luz interna y conductora…”
Y esto es terriblemente cierto, libros como: Las siete cuerdas de la lira, Helios, Ensayo sobre el destino, La religión universal, Estudios y figuraciones sobre la vida de Jesús, Caminos de La Paz, El Rosal Deshojado y otras publicaciones dispersas, nos dan cuentan de un Masferrer que busca y expone una concepción unitaria, fraterna y trascendental de la vida y de la existencia más allá de los planos aparentes. Un Masferer que bebía intensamente de los Grandes Maestros de la Humanidad, como también de los teósofos de su época: H.P. Blavatski, Annie Besant, Krishnamurti, Jinarajadasa y otros.
Pero la huella inspiradora del esoterismo, no sólo debemos buscarla en estos escritos, sino en toda la obra masferreriana, ya que representa la columna vertebral desde donde se articula su pensamiento.
Por ello la realidad social, el problema agrario (tan álgido en las primeras décadas del siglo XX) el drama de miles de salvadoreños que carecen de alimento, agua, educación, vivienda digna, trabajo justamente remunerado, son vistos, por don Alberto, desde todas las fuentes filosóficas y espirituales, antiguas y contemporáneas, que fundamentan su esoterismo.
Comprender el porqué de este arraigo esotérico, contextualizándolo en la época, frente a otros discursos intelectuales, posiblemente, nos permita acceder con mejor provecho personal y académico, al universo de este gran centroamericano, logrando abandonar de una vez por todas, el juicio ingrato que algunos han hecho sobre su obra y su memoria.



