Ramón D. Rivas
Hace dos meses visité el sitio arqueológico de Las Mataras en el municipio de San Francisco Morazán, en Chalatenango. El lugar no solo es de importancia por la historia cultural que resguarda sino también por la belleza natural que impera en toda la zona y la cordillera de montañas que, desde ese imposante lugar se divisan desde cualquier ángulo que el visitante quiera mirar. En la visita que hice me acompañó el Jefe del departamento de arqueología, el arqueólogo Shione Shibata y el estudiante egresado de arqueología Julio Alvarado. También se unió Edgar Chávez del equipo de prensa de la Vicepresidencia de la República. Habíamos recibido una llamada de uno de los pobladores en la que se me notificaba que en el lugar posiblemente se encontraban restos arqueológicos, esto por las evidencias que se habían encontrado en la zona. El lugareño quería que le confirmáramos si precisamente se trataba de un asentamiento prehispánico. También, el buen hombre se mostró preocupado por la negativa a cuidar los bosques por parte de algunos propietarios; me dijo que, en toda la zona, existen planes para “tumbar”, los bosques existentes y en su lugar sembrar aguacate. Sin más, el lugar es idílico pero se encuentra amenazado por personas de pueblos aledaños que afirman ser propietarios pero que sin acatar las leyes imperantes en el país, se han convertido en depredadores del medio natural y cultural que es rica la zona. Los estudios nos están revelando que Las Mataras es una importante ciudad fortificada del período clásico (400 a 900 d. C) y sucesivamente hasta el posclásico (900 a 1524 d. C), construida sobre una meseta de formación geológica que representa las características típicas de ciudades de aquel entonces, considerando la defensa contra ataques de otros pueblos. Hoy en día el lugar posee tatúes pues durante el conflicto armado de la década de los ochenta, sucesivas veces fue un importante campo de las fuerzas guerrilleras. Aún se pueden ver cráteres de los bombardeos que se llevaron a cabo en la zona. La cuestión es que el sitio posee una única entrada ubicada al norte de la meseta, desde la cual una calle empedrada continúa hacia el área central en donde se encuentran montículos, plataformas y pirámides. Al llegar al lugar tuve la impresión que éramos de los primeros arqueólogos que visitábamos tan importan lugar pero no era así. A continuación presento un documento que me fue proporcionado, hace algunos días, por el arqueólogo Paul Amaroli y que por su relevancia comparto con los lectores. El Documento dice textualmente así: “LAS RUINAS DE LA MATARAS Interesante informe del doctor Francisco Guevara Cruz, sobre arcaicas ruinas chalatecas que se suponen corresponder al primitivo pueblo de Texutla
Tejutla, abril 26 de 1904.
Señor Director del Museo y Exposición Nacional. San Salvador.
Queriendo obtener algunos objetos de antigüedades para enviar a la Exposición Nacional, nada más oportuno que tratar de buscarlos en el lugar de “Las Mataras” en donde se asegura por la tradición que existió hace más de 400 años esta población. Salí el 17 del corriente en compañía del General Aquilino Duarte, quien a su vez hacia la visita oficial de estos pueblos, y pernoctamos este día en San Fernando, habiendo llegado el 18 a las 10 a.m, al lugar indicado de “Las Mataras”. Este está situado al Norte de esta población y de San Francisco Morazán, y al Suroeste de San Fernando. El clima es frío y benigno; y tiene una vista deliciosa; hasta el grado que de allí se ve casi toda la República y una parte considerable de los Departamentos de Santa Rosa de Copán y Gracia, en Honduras. El terreno es fértil en vegetación exuberante y se da toda clase de cereales y legumbres de los climas fríos como trigo, cebada, granadillas, repollos y duraznos. Es una altiplanicie de 5,000 pies sobre el nivel del mar, rodeada por todas partes de grandes paredes de piedra, con excepción del Noroeste que es la única entrada y salida de dicho lugar. Se compone aproximadamente de 50 manzanas cuadradas o sea 350 áreas de extensión superficial; y a la fecha pertenece el terreno a don Dolores Cardoza, quien tiene sus casas de habitación y trabajos de agricultura. Las grandes lajas que le sirven de muralla varían de 100 a 500 metros de altura y en ellas se encuentran una infinidad de cavernas, que por su forma y extensión son también de mucha curiosidad; algunas de ellas están incrustadas en las lajas formando la figura de un triángulo, un cono o un cuadrilátero y la mayor que se llama “La Gran Cueva de las Mataras” tiene una extensión como de 40 metros de largo como por 10 de ancho y con una altura de 50 metros. En la parte plana superior hay vestigios en donde hubo una población de 10 a 12 manzanas de superficie, las cuales aún están a la vista del viajero se notan las calles y edificios principales que tenía y lo más curioso es que en la parte Norte y Noreste hay una zanja y unos grandes cimientos en su borde y revelan que fue una especie de muralla o trinchera para defenderse, pues según la tradición aquí fue el pueblo de los naturales de “Texutla” en los tiempos de la conquista y venida de los Españoles; y que cuando fueron vencidos por éstos se dispersaron por diferentes lugares. Según los cimientos las casas fueron de piedra y lodo y es muy seguro que los indígenas allí se fueron a refugiar porque es un lugar que está defendido por la naturaleza y casi inaccesible para los Españoles y como estas condiciones aun eran necesarias para los indígenas por su propia conservación, nada más natural que hayan encontrado un lugar aparente para su defensa y a donde se podían refugiar. A la situación topográfica de este lugar se le debe seguramente su nombre, porque por cualquier parte menos por la salida indicada, no se puede pasar sin causarse daño y tal vez hasta la muerte. Hay un puente de piedra natural a la falda Sur del “Cerro del Caracol” que está al Norte de las Mataras. Comencé a trabajar el 18 con 5 hombres en el punto donde se ha creído que estaría la capilla de la Iglesia; encontrándose de curioso en este puesto dos empedrados pospuestos como de un metro del uno al otro y de una pequeña laja porosa; y habiendo dejado este trabajo por otro que me presentaba mayor curiosidad aparente, tampoco encontré nada que fuera notable y como viese dificultades en conseguir operarios por ser el tiempo de la siembra de granos, creí conveniente suspender los trabajos de excavación para renovarlos cuando se pueda, porque siempre tengo la esperanza de que en dichos lugares algo de extraño debe de haber enterrado. En esta excavación que hice saqué unos fragmentos de barro que por su forma se deduce que fue la pila del bautisterio y un sello; y en las cavernas; un ídolo de hueso o marfil, que al quererlo sacar entero se deshizo pues estaba hecho polvo seguramente por el tiempo que todo lo destruye; y lo único que pudo extraerse fueron pequeños fragmentos que revelan que fue hecho por la mano del hombre, por las molduras que contiene. Remito a Ud. los vestigios antiguos que he podido conseguir, sintiendo no haber hecho todo lo que deseaba; pero al menos bástame siquiera la buena intención que he tenido de poder ser útil en algo a los esfuerzos del Supremo Gobierno y del señor Director del Museo y Exposición Nacional. Francisco Guevara Cruz. Tomado de la página 436. Tomo I. No. 9, de la Revista “ANALES DEL MUSEO NACIONAL”, correspondiente al mes de julio (1º.) de 1904. Interesante es el hecho que poco a poco nos vamos dando cuenta que, en este país, un considerable número de viajeros, principalmente hasta inicios del siglo pasado han dejado importantes descripciones de sitios arqueológicos ubicados en nuestra geografía nacional. Esto nos lleva a confirmar una vez más la importancia de las investigaciones bibliográficas cuando se trata de “nuevos descubrimientos”.



