El regreso a Honduras del derrocado Presidente Zelaya, es un evento del que podremos tomar muchas lecciones. Pero anotemos primero la virtuosa perseverancia del pueblo hondureño que acudió sin reservas a recibirlo; allí estuvieron prosélitos del Partido Liberal que le eligió y los del Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), la coalición de izquierda formada tras el golpe de Estado.
Ese regreso, es la culminación de negociaciones promovidas por los países de América del Sur, encomendadas a Colombia y Venezuela (una ocasión para simultáneamente limar asperezas entre ambos países). El acuerdo incluye su libertad de participar en política y el reconocimiento del FNRP (alternativa a los dos partidos tradicionales en Honduras); Zelaya ha anunciado que aspira a retomar electoralmente el poder y convocar una Constituyente para “refundar el Estado sobre bases de justicia”.
En la contraparte, el gobierno de Lobo, que no tiene el reconocimiento de América Latina y el Caribe (excepción de Centroamérica) será readmitida en la OEA, organismo que se reunió ayer miércoles. Pero no debemos olvidar que la OEA está cediendo protagonismo ante UNASUR, que es ahora el legítimo foro latinoamericano donde se ventilan los intereses del área, sin interferencias de intereses extraños.
Importante lección de lo sucedido en Honduras, es el peligro cierto que representan los Ejércitos que, imponiendo las armas, están en poder de romper con la institucionalidad; bastó que la derecha hondureña aliada con la derecha salvadoreña, dieran la voz de mando para derrocar, perseguir y expulsar al Presidente Constitucional. Y porque los intereses de los EE.UU. se ven amenazados con el debilitamiento de la OEA y para proteger las interferencias en la economía de la región que puedan afectar a las transnacionales, el Ejército hondureño ha debido renunciar al protagonismo y ha dejado en manos civiles, las forzadas salidas al desorden. Pero el daño a la institucionalidad ya se dio, confirmando el peligro de los Ejércitos — sin funciones en un área restada casi totalmente de soberanía, excluida (por suerte) de hacer guerras y en consecuencia de defenderse – de ser usados para imponer los intereses de minorías.
Otra lección, es la ridiculez de la existencia de nuestras seis republiquitas, incapaces de forjar una sólida institucionalidad. Son seis Estados cuya única función es dar empleo a una infinita multitud de — en su mayoría — mediocres funcionarios que malversan los escasos recursos de una precaria economía. Cuántas cosas útiles podrían hacerse con los sueldos y ganguerías que se dan la multitud de diputados y muchos funcionarios sin calificaciones en El Salvador; y este debe ser caso similar en los otros países centroamericanos. Han sido 200 años de subdesarrollo, de una economía no sustentable y un magro ingreso despilfarrado en mantener cinco o seis burocracias, reas de ineficiencia.
Pero Honduras también nos está dando una lección de madurez política, al acordar un borrón y cuenta nueva (golpe dado no hay quien se lo quite). Y aquí debemos aprender también lo que significa lo importante del protagonismo de una región que, a pesar de su gran extensión geográfica reconoce la necesidad de desarrollar un espacio regional integrado en lo político, económico y social. La mediación de los países de América del Sur, ha hecho posible el intento de solucionar el conflicto hondureño provocado por los intereses de la derecha y su dominio sobre las fuerzas armadas.



