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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
Última actualización : 25/08:51 h.

Viernes, 20 de Mayo de 2011 / 10:38 h

Hacia la cima del Tajumulco

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Guillermo Martínez

Redacción Amigos

En la entrega de la semana anterior, comentamos un poco sobre la experiencia de conquistar la cima del Tacaná, volcán imponente a 4092 msnm, luego del descenso no quedaba más que buscar refugio, cambiarse de ropa, descansar y preparar lo necesario para partir hacia el Tajumulco al día siguiente. Alrededor de las 4:00 de la madrugada del sábado 24  nos despedimos de Sibinal ya con un cielo despejado y estrellado.


A esa hora salimos hacia Tuichan, una aldea situada al pie del volcán, siempre situada en el departamento de San Marcos. En esta ocasión haríamos el ascenso con mochilas pequeñas, conocidas como de ataque, en las que se llevan solo lo necesario para un ascenso de pocas horas.


Iniciamos la caminata a las 6:30 a.m. “El macizo”, como se le conoce a Tajumulco, se encontraba cubierto por una espesa neblina, y los valles y pequeñas cabañas a sus pies permanecían solitarias. La lluvia helada del día anterior pasó por mi mente, pero ya estaba sobre la ruta.


Al comenzar, ésta se extiende por una calle de terracería que alcanza los cinco kilómetros, apróximadamente, y llega al nivel donde comienza el bosque de pinos. Durante todo este trayecto nos cubrió una densa neblina que no dejaba ver a más de cinco metros, por lo que el grupo trataba de ir compacto.


La ruta que se sigue a través del bosque es un tanto difícil a medida que se asciende, debido al esfuerzo que se hace al respirar y por una serie de pequeños cerros que poseen un buen grado de inclinación. Pero, por otro lado son lugares con espectaculares paisajes y con el aire más limpio que se pueda encontrar. El único detalle que pudiera señalar es la cantidad de basura que se encuentra en el camino hacia la cima dejado presumiblemente por montañistas con poca conciencia ecológica.
Luego de tres horas de caminata por cerros, bosques de pinos y estepas que según Marcos San Juan, el español que nos acompañaba, eran parecidas a las que se pueden ver en el norte de Europa, llegamos a un lugar donde se encontraba un refugio que ha sido destruido por las condiciones del clima y el terreno, que a esta altura ya alcanza los 4 mil msnm. Aquí  se quedan atrás los pinares y se adentra en terrenos pedregosos, fríos y ventosos.
Desde aquí se observa la última parte del recorrido, que es un gran macizo árido y rocoso que hay  que atravesar sobre una vereda ascendente y pedregosa, para luego escalar un trayecto de grandes piedras que al verlo por primera vez intimida. Un compañero al observar la ruta que íbamos a tomar, con su mirada fija en la ruta alcanzo a decir: “¿y…. por allí vamos a subir? ”


En realidad esta última parte no posee tanta dificultad técnica. Aunque se debe tomar con el debido respeto porque tiene algún nivel de riesgo. Pasando este acceso de grandes piedras se llega a una garganta un tanto plana arenosa y con grandes rocas a ambos lados. Al final se ven las blancas y esponjosas nubes que ascienden desde el litoral.

El último tramo para llegar a la cumbre se hace sobre una pendiente de unos 45 grados de inclinación llena de arena suelta, que hace más difícil el ascenso, si se toma en cuenta la falta de oxígeno por la altura y el cansancio acumulado de los días anteriores. Se dan tres o cuatro pasos y hay que detenerse a respirar y recuperarse, pero saber que la cumbre está cerca inyecta la energía necesaria para alcanzar la meta.

Cuando se dieron las 10 de la mañana, alcanzábamos el lugar más alto en Centroamérica. A pesar de la altura, el frío había disminuido y el sol nos daba la bienvenida con sus tibios rayos, junto a nuestros compañeros que habían llegado antes que nosotros, con el infaltable “feliz cumbre” lleno de sinceridad y acompañado con un abrazo y una sonrisa. Una verdadera recompensa por el esfuerzo hecho que solo se valora en estos lugares.

Luego vinieron las oraciones, las fotos de grupo, las palabras de agradecimiento y las recomendaciones para el descenso. A las 11:30 era hora de regresar, el clima amenazaba con descomponerse y bajar la montaña se volvería más peligroso. A lo lejos las nubes comenzaban a subir desde el valle.

A mitad de la montaña nos alcanzó una espesa neblina que no permitía ver lo que teníamos enfrente y solo alcanzábamos a ver una pared blanca a nuestro alrededor, por lo que por un buen rato permanecimos perdidos y con la incertidumbre de haber tomado el camino correcto.

Después de tres horas de ir sin rumbo, pero con buen ánimo, encontramos sobre el camino una flecha hecha con piedras y ramas que nos mostraba el camino a seguir y dejada por los compañeros que nos antecedieron.
A las tres de la tarde llegábamos al punto de partida cansados, pero satisfechos del esfuerzo y lo que habíamos logrado y con el sentimiento reforzado de una frase que hay entre los montañistas que reza no sin razón: “compañeros en la montaña, amigos para siempre”.

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