Guillermo Martínez
Redacción Amigos
El sol se ocultaba en el horizonte y con sus últimos rayos dorados enmarcaba las siluetas de las altas montañas que nos rodeaban. Afuera hacia frío, quizás a unos 10 ºc., y el calor de quienes nos transportába-mos en el microbús, se condensaba en los vidrios cerrados para evitar las bajas temperaturas que mordían la piel. Nos encontrábamos sobre una carretera del altiplano guatemalteco, a más de 3 mil msnm (metros sobre el nivel del mar).
Después de 11 horas de un viaje que inició el 21 de abril a las 7 a.m. en San Salvador, los 12 miembros de la Federación Salvadoreña de Montañismo y Escalada (FSME), diez salvadoreños y dos españoles, sentíamos el cansancio y tedio del largo viaje. El paisaje se había vuelto monótono y pequeñas aldeas y bosques de pinos aparecían sobre la carretera que serpentea sobre el altiplano.
Al filo de las 6 de la tarde, el cansancio se convirtió en emoción y expectativa cuando en la lejanía, hacia el sur, uno de los montañistas preguntó: ¿“aquel que está allá es el Tajumulco”? Todos miramos hacia el lugar señalado y en la distancia apareció la silueta imponente y oscura de la montaña más alta de Centroamérica, enmarcada en los dorados y rojos del atardecer. Su cumbre casi cónica, rasgaba el cielo a 4 mil 220 msnm.
Todos callamos por un momento, esa era una de nuestras metas de nuestro viaje, acercarnos a esta montaña y tratar de alcanzar su cumbre. Después de momentos de emociones encontradas, alguien rompió el silencio y alcanzó a decir: “da miedo solo de verlo”.
En ese momento, los 12 montañistas en representación de El Salvador, nos dirigíamos a Sibinal, una aldea indígena enclavada en el altiplano guatemalteco, cercana a la frontera con México, para formar parte del 50 aniversario de la Confraternidad Tacaná, que se celebra cada año en la cumbre del volcán del mismo nombre, en donde se hacen presentes montañistas de diferentes partes del mundo.
Alcanzamos Sibinal a las 10 de la noche. Cansados y adoloridos por el largo viaje de 15 horas, buscamos la casa comunal del pueblo donde descansaríamos y prepararíamos las mochilas y el equipo necesario que utilizaríamos al tratar de alcanzar la cima del Tacaná al siguiente día.
A las 8 de la mañana nuestro equipo juntó a delegaciones de diferentes países (que habían llegado antes que nosotros) de Ecuador, Panamá, Venezuela, Costa Rica y Guatemala, estábamos listos para partir.
Cada montañista cargaba en sus espaldas una mochila con un peso que variaba entre las 35 y 50 libras. En ésta llevaban bolsas para dormir, una tienda de campaña, ropa para frío, una pequeña cocina, unos cinco litros de agua, comida para 3 ó 4 tiempos que incluye: pastas, frutas, cereales, sopas galletas, golosinas, aceites y medicinas, entre otras cosas necesarias para levantar campamento.
El inicio de la ruta hacia el volcán se hace sobre una prolongada y pronunciada pendiente que parte del pueblo y que anticipa lo que está por venir. Los compañeros que venían por primera vez comenzaron muy animados y con paso rápido, a lo que Erick Saz, guía del equipo salvadoreño, les dijo: “yo les recomendaría que caminen despacio porque no saben lo que les espera”. Como respuesta solo hubo risas nerviosas y miradas con interrogativas.
Y tenía razón. Frente a nosotros había un cerro conocido como El Caracol, que aunque a primera vista se ve fácil, posee una vereda zigzagueante llena de piedras que parece interminable y que es la primera prueba a vencer.
Desde la aldea todo el camino es cuesta arriba y a paso lento, cada uno de ellos nos llevaban poco a poco más cerca de la cima de El caracol. El peso de la mochila se comenzaba a sentir y el cansancio se empezaba a apoderar de nuestros músculos y se convertía en una lucha entre el cuerpo y la mente.
Al sobrepasar este primer obstáculo que nos llevó más de dos horas, nos reunimos como equipo y seguimos con la marcha. Aunque fue difícil, también fue gratificante, al poder respirar aire verdaderamente limpio, una temperatura incomparable y paisajes de postal. Pasamos por pequeñas cabañas indígenas y compartimos un momento con ellos, grandes extensiones de pinos y pequeñas parcelas sembradas con diferentes hortalizas.
En este momento lo único que nos preocupaba era la amenaza de lluvia que se anunciaba con gruesas nubes en lo más alto del volcán. Pasaron las horas y recorrimos caminos difíciles pero también impresionantes, tramos con gran inclinación llenos de rocas o entre frondosos pinares, con algún tiempo para descansar y comer algo. Entre más alto el frio se volvía más penetrante.
A las 4:30 p.m. llegábamos a Laguna Seca, lugar donde montaríamos el campamento. La delegación mexicana que había subido por su país ya estaba allí y el lugar estaba salpicado de tiendas de campaña y montañistas.
Después de unos minutos, nuestros peores temores se hicieron realidad, el cielo se cerró y comenzó un espectáculo de truenos y relámpagos. La temperatura estaba a unos 8 ºc y lo primero que había que hacer era quitarse la ropa húmeda por el sudor y ponerse la ropa para el frío.
Segundos después comenzó a caer una persistente granizada que hizo que todos buscaran refugio en sus campamentos, aprovechando para descansar un poco. Luego de la granizada, quedó una lluvia helada que duró hasta las 8 de la noche, aproximadamente.
Cuando la lluvia cesó, algunos pocos salimos a cocinar para recuperar energía y respirar aire puro después de pasar tanto tiempo encerrados en nuestras bolsas de dormir y refugios temporales.
El 23 de abril amaneció bastante helado, el frío mordía cada parte de piel expuesta y el cielo aún estaba cerrado. A las 9 de la mañana, los montañistas, con sus diferentes delegaciones, iniciábamos el ascenso a la cima del Tacaná. En este momento cada paso se sentía por la falta de oxígeno en el aire. 20 minutos después alcanzábamos la cima.
Allí estábamos reunidos guatemaltecos, mexicanos, españoles, hondureños, costarricenses, venezolanos, ecuatorianos, panameños, coreanos y un taiwanés que participaba en la confraternidad. Un montañista mexicano al tomar la palabra resumió lo que todos sentíamos en ese momento. “Estamos aquí como montañistas, como hermanos. Aquí no existen fronteras” dijo.
La ceremonia fue sencilla y emotiva. Se hizo una oración y un minuto de silencio por los que han muerto por el deporte que amaban, se cantaron los himnos nacionales, hubo entrega de diplomas, abrazos, agradecimientos y las fotografías para recordar. Fue una actividad alegre y con sentimientos sinceros que le dieron sentido a tanto esfuerzo.
A las 11:30 de la mañana iniciábamos el descenso hacia Sibinal y mientras bajábamos El Caracol llovió de nuevo, y aunque fue leve, hizo que nos empapáramos y el terreno rocoso se volviera resbaladizo. Por fin, alrededor de las 4:00 de la tarde alcanzábamos la aldea, Guillermo González, Marcos San Juan y yo, cansados y mojados pero satifechos de haber finalizado esta primera etapa de nuestro viaje.
En la entrega del próximo viernes continuaremos con la segunda parte de esta expedición en la que escalamos el volcán Tajumulco, el más alto de Centroamérica.



