¡Qué bárbaro! O mejor dicho ¡qué pena! Dormí más de la cuenta. Me levanté a las seis, no a las cinco. El despertador del celular no funcionó. La verdad es que tiene la hora de El Salvador. Mirjalili me dice que ya no será posible visitar el museo. Me aseo, me visto, y encuentro una bandeja con leche y galletitas.
Como no desempaqué, mis maletas están listas, así que salimos al aeropuerto. El avión despega hacia el aeropuerto de Schiphol, Amsterdan, a las 10:20 de la mañana y debo estar allí a las 8:00 mínimo. Esto de las dos horas o tres horas de llegada antes es regla universal. Tenemos un poco de tiempo y Mirjalili me sugiere visitar “la mitad del mundo”. Es literal, porque el monumento que tiene está precisamente construido sobre el Ecuador, que no es el nombre del país, sino de la línea imaginaria que divide a la Tierra en dos mitades. El clima siempre agradable: el cielo gris, encapotado. Atravesamos la ciudad. Observo que unos buses tienen en su ruta “La mitad del Mundo”. Llegamos, pero ¡Oh, sorpresa! Abren a las nueve. Mirjalili pregunta al guardia armado, y en realidad no es posible entrar. Nunca lo ha sido en ninguna parte cuando frente a uno se tiene un guardia armado.
Así que Mirjalili me toma unas fotografías, al menos para quedar como demostrativo de que estuve allí. En una foto poso con el guardia, en la otra solo, y luego tomo unas fotos del famoso monumento. Tal vez al regreso pueda ingresar.
Tras la breve y medio fallida visita a la mitad del mundo, salimos hacia el aeropuerto. Llegamos y nos despedimos. Mirjalili me obsequia unos ¡88 mil tomanes! (tomanes se le llama a la moneda en Irán), unos 8 dólares más o menos. Tras estrecharle la mano siento que dejo a un amigo, pese al poco tiempo de conocerlo, en realidad no se necesitan muchos años para conocer una persona, bastan breves y hermosos gestos.
La sala ya tiene gente. Turistas en su mayoría. Es un aeropuerto pequeño. Ingreso a la fila, y en unos minutos se me acerca un joven vestido de civil, se identifica como policía, me pide el pasaporte, me pregunta de dónde vengo, para donde voy (parece filosófica la cosa), registra mis maletas en busca de drogas. Le mete los dedos por todas partes. Luego se conforma, me las devuelve junto al pasaporte y… a buscar otro sospechoso. Vuelvo a mi fila.
Volteo a ver y ahora es el turno para registrar a una mujer extrajera. Bueno. Converso con una señora acerca de los avatares de viajar. Lleva una montaña de maletas, mientras que yo con dos pequeñas ya me pesan.
Otra policía pretende registrarme, no me le opongo pero le digo que ya antes lo hicieron, señalo al tipo de chaqueta roja y queda conforme. ¡Vaya con la celosa policía!
Ya con boleto electrónico en la mano, me llega el turno. Peso y chequeo de maletas. Se van las fieles compañeras en una banda sin fin, directo a la barriga del avión. Me dan los boletos oficiales, que parecen antiguas tarjetas de IBM, de aquellas de los primeros computadores. Camino hacia la segunda planta. Antes de subir revisan mis boletos.
Hay un registro de aduanas. Una jovencita alemana me consulta sobre cómo llenar el formulario de migración. Pasamos, la señorita policía que me atiende se fija en la visa iraní. Me hace preguntas no oficiales sino de curiosidad sobre el viaje, prolongamos el tiempo más de lo debido. Lo nota otro policía y ella nota al policía, se apresura a sellar el pasaporte: fecha de salida 15 de febrero, 9:31 de la mañana.
Busco la puerta de despegue del avión de KLM, por cierto la nave se llama “Amadeus”. Así que enterado que en Irán hay bajas temperaturas, me dedico a buscar con qué calentarme. Como es pequeño recorro rápido las tiendas, una pregunta acá otra por allá, una muchacha trata de convencerme sobre abalorios para mujer elaborados en finos cristales; sigo buscando, y ¡encuentro lo que buscaba!: un poncho andino grueso. $ 20. Lo compro. Es bien calientito. Un señor que viste uno me enseña cómo usarlo: no solo se mete, tras ello se arreglan las mangas y si se desea la parte que cubre los hombros hasta abajo, se dobla con elegancia y quedan descubiertos los brazos. Bien, ya estoy tranquilo, que se venga la nieve. También compro una pulsera que me llama la atención: son varias semillas rojas con puntos negros entrelazadas. La vendedora me asegura que es de los nativos de la Amazonia ecuatoriana y sirve para alejar los malos espíritus.
La jovencita alemana me cuenta que su buen español se debe a que lo aprendió en un intercambio estudiantil. Dice que aprendió a tejer, fabricar collares y asegura estar enamorada de éstas tierras, ¡hasta me dijo que ya no le gustaba Alemania! Por cierto lleva como maleta de mano una caja con diversidad de hilos y cuentas.
Horas de vuelo según los boletos: de San Salvador a Panamá: 2 (una hora, más o menos, de estadía en el aeropuerto); de Panamá a Ecuador: 1:50 (con casi 18 horas de estadía por el trámite de la visa iraní); de Quito a Amsterdam… aquí me pierdo porque según los husos horarios vamos ganando un día, y antes tenemos que pasar por la isla de Bonaires, (dos horas) un enclave holandés en el Caribe, tanto para subir pasajeros como para el cambio de tripulación y limpieza del avión, pero estimo que serán como siete horas de vuelo; de Amsterdam a Teherán (aeropuerto Khomeini) son más o menos dos horas con casi ¡12 horas de espera! ¡Uffff! Salen un montón de horas. Por cierto de este lado vamos un día adelante con respecto a la hora de Irán. Fin de números para las horas de vuelo y husos horarios.
Es curioso el concepto que tiene la gente de Irán sin conocerlo: “no me gusta”, es lo que escucho cuando converso con la gente, por mi parte sigo con mi costumbre de pensar sin prejuicios y de no echar más salsa de la debida a las cosas que desconozco.
Sentado, frente al impresionante avión celeste y blanco, pienso en Anabel, mis hijos… amigas, amigos, ojalá algún día viajen largo…
¡Hora de abordar! A la entrada del avión tomo dos periódicos: Le Monde (francés) y El Comercio (español) Me abrocho el cinturón y me pongo a leer. El avión se mueve, 11:10 hora Quito. Indicaciones de seguridad. Recorre la pista, alza el vuelo ¡volamos! 344 Km por hora, velocidad de despegue, según la pantallita delante de mí. Por cierto hay un menú impresionante de entretenimiento personalizado. Un mapa satelital nos indica por dónde vamos, ahora volamos sobre la selva amazónica, un pasajero se persigna, pienso que una amiga, Amalia, me dijo que rezaría por mí, ojalá lo haya hecho.
Refrigerio: una pequeña hamburguesa, yogurt Upstate, non fat; un panecillo Blueberry, una barra de cereal Nutri-Grain- Apple-Cinnamon (more of the … grains your body needs). Me coloco los audífonos y escucho al grupo La Mosca.
Alguien tose muy fuerte, sí que está enfermo, es terrible ese tipo de tos. Parece que toma medicamentos especiales por la forma en que lo atienden.
Tras devorar el refrigerio recogen la basura y me ofrecen una bebida a escoger: café o té. Bueno,café.
Llegamos a Bonaires, me preparaba para bajar cuando anuncian que vamos atrasados, que nadie baje, y yo que estaba listo para tomar fotos, tampoco puedo seguir viendo la película en mi pantalla.
Me levanto para estirar los pies, le pido de favor a una señora que me tome una foto. ¡Qué bien salgo! Puede la señora.
Unos pasajeros aprovecha para visitar el baño, otros siguen sentados, yo escribo en mi diario de viaje, mientras pasa el personal que hace la limpieza. Terminan. Suben otros pasajeros. Anuncio del capitán 8:25 horas de vuelo de la isla a Amsterdam ¡Lo sabía! Información de vuelo: 7,782 km a Amsterdam, temperatura en el exterior 19 grados y bajando en lo que ascendemos a los cielos.
Otro anuncio: hay que abrir el conducto del aire acondicionado sobre nuestras cabezas. En realidad está caliente. Sigo las instrucciones y la frescura inunda mi piel. Vuelvo a sintonizar mi película: Red con Bruce Willis. Muy buena. 2 grados temperatura afuera del avión.
Otro anuncio (inglés, alemán, holandés, español) interrumpe la película. Llegada vía Inglaterra (por aire) Buen viaje, buen provecho. Comida 3:35, hora El Salvador, aunque a estas alturas ya no sé qué horario seguimos. Ensalada césar, pollo, macarrones, un pan, té. El aeromozo me habla en tosco español, le quito ese peso y le hablo en inglés. Se porta bien atendiendo unos holandeses, a quienes ofrece la canastilla de pan para que tomen lo que gusten y a mí me pone solo uno. Casi me tira la bolsita con semilla. ¡Ojo!.
Anuncian la venta de productos en la tienda libre del avión. Productos de lujo: perfumes, relojes, joyería, etcétera. Ahora veo la película “Las redes sociales”.
He tomado dos vasos con agua. El estómago me ruge. Debo corregir esto. Anuncian turbulencias. El avión se estremece. A sentarse, ajustarse el cinturón y a socar que no se caiga el volado, pero no, seguimos volando. Apago la luz, porque casi todos empiezan a dormir. Veo que hay un curso para aprender idiomas. 1:58 tiempo para llegar a Amsterdam. ¡ya casi llegamos!
Terminó la película. Paso la pantalla para ver el trayecto y tomo fotografías. Creo que me excedí. Todos van dormidos. Vamos bajo la penumbra, es decir, afuera es de noche. Voy al baño.
Nos sirven el tercer refrigerio. Es lo mismo que el primero, excepto que el postre es uva y manzana (no, tampoco es un racimo). Sigo tomando té. Ahora veo la película “Comer, orar, amar” Es mala, pero entretiene. Vamos llegando, calculo que al terminar la película llegamos a Amsterdam.
Otro anuncio, no veré el final de la película. El piloto avisa que estamos llegando: 5:20 hora de la mañana (9:40 p.m hora El Salvador) 6 grados de temperatura en el aeropuerto.
Nos avisan que a la derecha está Londres. Tomo fotos del mapa en la pantalla.
Estaré en el aeropuerto de Schiphol el tiempo suficiente para vivir allí. De verdad, llegamos a las 5 de la mañana y salgo a las 5 de la tarde. A Irán llegaré a la media noche.
Estoy cansado, ¿por qué unos amigos piensan que no cansa el viaje? Anuncian que recogerán los auriculares en la clase ejecutiva.
Inicio del descenso. Acabo de sentir que el avión se inclina. Aterrizamos. No se levanten todavía. Rodamos sobre la pista ¡Llegamos! Perfecto aterrizaje. La señora que va a la par mía va para Mallorca, pero antes va al baño.
“Gracias por viajar por KLM”. El avión rueda por la pista despacio. Puerta de entrada E2.
Estoy pensando en la llegada a Irán y las ganas de dormir en una cama.
Momento de la llegada a Amsterdam con el poncho ecuatoriano.



