A 31 años de su asesinato, la voz que tan torpemente quiso callar la derecha, es ahora un símbolo de la protesta por la profundización de las desigualdades, manipuladas para favorecer con provocador egoísmo el enriquecimiento de unos pocos.
La muerte de monseñor Romero fue, para la derecha, sólo una más de las decenas de sacerdotes asesinados, casi siempre protegidos por la compañía de un anciano o de un niño, que también fueron martirizados. Pero lo que para ellos fue una victoria, fue la siembra de una semilla que fructifica en una consciencia popular, que cada vez toma más fuerza al reivindicar sus derechos.
Monseñor Romero es ahora un símbolo que honran los líderes mundiales; su muerte, erigió un santo para el pueblo. Y añadió una vergüenza más, a la clase que insiste en construir su bienestar sobre la penuria nacional.



