Un paseo nocturno opor Quito, Ecuador.
2:39 de la madrugada, esperando a que venga mi primo con el auto. El avión sale a las 7:56 y hay que estar en el aeropuerto a las 6:00 mínimo. Tenemos que cargar gasolina. Estoy impaciente. Este viaje en realidad empezó hace quince años (más o menos), cuando trabajaba en una organización ambiental. Allí conocí a Teresita, esposa ahora de Mustafá. Ambos y sus tres hijos son los únicos salvadoreños que viven en Irán. Él estudia el Islam. Mi nombre apareció en una lista de candidatos y él me eligió de las propuestas que le consultaron desde El Salvador, propuesta en la que hubo otra decisión, digamos, del destino. Ahora que aclaro mis notas de viaje, sé que hubo otro aspecto más poderoso que completó la decisión, lo supe cuando estaba en Irán.
¡El claxon, es mi primo! Viene con su hijo. 4:45. Vamos con tiempo me dice, yo oculto mi impaciencia. No me gusta salir apretado del tiempo. Aún tenemos que pasar por la gasolinera. Tengo sueño. Antes de partir me despido de mis hijos, un beso a Anabel, mi esposa. Le doy instrucciones a mi hijo para que me pague una cuenta. En marcha. Repaso que no deje nada de lo preparado y aún así, ya en el aeropuerto, me doy cuenta que dejo mi chumpa y el trípode. Más tarde lamentaré estos olvidos.
Vamos recorriendo la carretera. Un ligero nerviosismo recorre mi piel. ¡Irán! Voy hacia allá cargado con mis prejuicios occidentales, es decir, con la información de las noticias generadas por los medios occidentales. Estos días, el medio oriente es una zona en la que estallaron las protestas que derribaron largos gobiernos tiránicos e injustos en Túnez y Egipto, hay otros movimientos en Jordania, Yemen, Bahreim, inestabilidad en Líbano, en Libia hay otra “protesta”, pero aquí, a todas luces, hay mano peluda gringa. Leo que hubo protestas en Irán también. ¿Qué me depara el destino?
Dejo de pensar en ello y dedico unos pensamientos a la Musa, en la carga de poesía que llevo en una memoria USB.
El aeropuerto. Deseos de buen viaje, Llamo a mi hermana y a Anabel para decirles que llegamos bien. El Salvador también es inseguro. 6:28.
Pienso en muchas amistades. Llamo a algunas de ellas mientras espero.
Ideas para un poema: Qué excitante verte despertar en la tibieza de la cama. Contemplarte desnuda con la noche aún aferrada a tu cuerpo. Invitado a navegar en las ondulaciones de tu piel. Cubrirnos con los pliegues de la cobija y elevar tus protuberancias con la almohada.
Un anuncio me saca de mi ensueño: TACA anuncia la llegada de un vuelo desde Los Angeles, California, al tiempo que informa sobre un nuevo impuesto por derecho a embarque. 6:44.
Suena mi celular. Tengo un mensaje. ¡Qué hermoso! Es un poema. No me queda más que agradecer por ello desde lo profundo de mi corazón.
Me inserto los audífonos. Música de La Mosca para el agüite. La temperatura está baja en Quito, y en Irán es de 6 grados sobre cero. En mi piel llevo los 32 grados del trópico. ¡Olvidé la chumpa por la gran…!
Me despido de mis maletas, ya que no las veré hasta Quito.
Empieza la carga de pasajeros en el avión. Sí, somos una carga, igual que las maletas. Busco mi asiento. Lo encuentro. Me arrellano. Vuelvo a colocarme los audífonos. Voy al lado de la ventana. Despegamos hacia Panamá, para una escala.
8:40. Recomendaciones de seguridad dentro del avión, salvavidas debajo del asiento. Lea el folleto que va delante de su asiento. Desayuno en el avión. Sirven una especie de “burrito” de trigo con huevos revueltos, un jugo de naranja, café, un panecillo. Ok!
Cuando se viaja a Panamá, ¿se ganan o se pierden horas? no sé.
9:42 (10:42 hora Panamá. Se gana una hora.) El avión se sacude al tocar tierra.
Estaré una hora en Panamá, es poco tiempo, así que al llegar salgo presuroso a la puerta (gate) 19. El avión sale hacia Quito a las 11:56.
11: 09 (hora Panamá) Estoy a bordo del avión. También mi asiento está cerca de la ventana. Quise comprar una chumpa en Panamá, pero aquí solo venden ropa de marca, mínimo precio ¡$80! ¡Puta! deberían de ver mi cartera antes de decirme cuánto vale. ¡Tiendas libres! todo es igual de caro o más. Libres de no regatear. Bueno, veremos qué hay en Quito. Allí estaré un día. Hay chance.
Panamá no tiene el calor de las artesanías indígenas, en sus tiendas “libres” solo hay electrónicos, perfumes, maletas, joyas, ropa de marca. Ni libros hay. Busco una venta de revistas y periódicos pero no la encuentro, quizá la oculta el “glamour” o, de otra manera, el resplandor del “glamour” no me deja verla.
El aeropuerto de Panamá se llama, o le pusieron, Tocumen.
Tiempo estimado de vuelo hacia Quito 1:50, hora estimada de llegada 1:46 de la tarde. Acaban de anunciar la salida. A socarse el cinturón. Las recomendaciones de seguridad se repiten. Veo que el vuelo a Quito dura menos que el de El Salvador a Panamá. Creí que estaba más lejos.
11:23 (hora Panamá) Se sube un cura que me recuerda a San Martín de Porres. Ni modo es un viaje al sur. Instrucciones: apagar el celular. Ya no es necesario de aquí en adelante. Eso creí.
Arrancan los motores. El avión se desliza por la pista a más de 200 Km por hora. Despegamos: Panamá vista desde arriba es solo edificios “comeselva”.
Ya en el cielo, pienso que tengo una amiga periodista en Ecuador, pero no recuerdo su nombre. Nos conocimos en Suecia, donde estudiamos periodismo ambiental. Me hubiera gustado saludarla tras tantos años.
Nota: el avión de El Salvador a Panamá es de dos filas de asientos. El de Panamá a Ecuador es de tres filas. Me toca ir solo. Una niña llora. Asoma su cabecita por encima de los asientos. Rubia curiosita, recorre con su vista todo lo que puede ver, curiosidad que perdemos los adultos. Me duele el cuello por el lado derecho. Tensión dicen. Una muchacha extranjera no deja de estornudar. Un tipo trata de meter a la fuerza una maleta en el maletero del avión. Los pilotos Erick y Ramón avisan que hay excelente tiempo para volar, condiciones favorables en Quito… Good morning ladies and gentlemen… hay que avisar en inglés también. Segundo aviso. Favor apagar los aparatos electrónicos, está prohibido fumar. Coloque su asiento vertical (ni que fuera en el Apolo)… gracias por su cooperación. Thanks You…Bienvenidos a bordo. El avión tiene seis salidas de emergencia es un 737-700, ¡por supuesto! ¿cómo es que no lo sabía? Tiene toboganes que al mismo tiempo son deslizadores y flotadores de emergencia… si es necesario mascarillas con oxígeno caerán sobre sus cabezas… chalecos salvavidas bajo el asiento… etcétera…
¡Mashasho! o algo así, le dice una jovencita al cura parecido a San Martín de Porres ¿Qué querrá decir?
Veo varias islas. El avión se estremece por un remalazo atmosférico. Turbulencias le dicen. Otro remalazo. Aviso abróchense el cinturón, no se levanten. Por allí veo que viene el carrito con la comida y la bebida. Afuera el paisaje es solo nubes. Almuerzo: galletita rellena Emperador, vainilla cremosa; miniPretzels (anillos de boquitas) una especie de pan con carne y hongos.
¡Cómo brillan las nubes! Aviso de turbulencia. Se sacude el avión. Luego una aeromoza recoge los desechos del almuerzo.
Monumento sobre la línea que divide la Tierra en dos, en Quito, Ecuador.
12:12. Anuncio del aterrizaje. 16 grados temperatura. A buscar el abrigo. Lo haré antes de dejar el aeropuerto. A ver si hay baratas.
Aeropuerto Mariscal Sucre. Se oyen las ruedas bajar. Contacto con la pista. 12:37 hora El Salvador, no sé cuál es la diferencia horaria con Quito. Nubes de lluvia. Primera etapa del viaje a Irán. A bajarnos.
Tras el aterrizaje camino presuroso a buscar las dos maletas. Fieles compañeras de viaje. No reclaman la incomodidad en la panza del avión. Espera en el carrusel. Asoman las dos viajeras sin boleto. Paso por aduanas. ¿Cuánto tiempo va a estar en Quito?, inquiere la oficial de Migración. Un día, voy en tránsito. Me sella el pasaporte y antes lo pasa por una maquinita que estampa en una página del pasaporte, entre otros datos: fecha 14 de febrero de 2011. Hora 14:07 (hora Ecuador). Busco la salida y enfrento el clima fresco de Quito, la capital de Ecuador. Varios señores se acercan con carteles en la mano. Ninguno tiene mi nombre. Se vacía la terminal y nadie aparece.
Busco en mi cartera de mano la copia de un Email. Tiene estampado mi boleto electrónico de Quito hasta Teherán y un nombre con una dirección en Quito. Echo mano del “roming” de mi celular y marco el número indicado. Funciona. Contesta Ali Reza Mirjalili. Se disculpa, está atareado. Me da una locación, “Avenida América, Canal 4” (no es complicada, pienso) que tome un taxi y allí que espere. Regreso al interior de la sala de recibimiento de pasajeros a preguntar por un taxi. U.S. $10.00, bien (Ecuador está dolarizada igual que El Salvador). No es un carro, es un microbús. Converso con el conductor, uno que otro tema sin importancia.
Llegamos a la dirección indicada. El conductor se baja a decirle al vigilante que me cuide en lo que legan a traerme, por las moscas, no vaya a ser un “malnacido”. No espero mucho tiempo. ¡Mi primer contacto con un iraní! Alto, delgado, con la barba negra y larga. Se disculpa, está atareado, muy atareado, parece que se traslada de casa y su esposa hace un mes que tuvo una niña. Su preocupación por mí es que su vehículo tiene una placa que no circula ese día, y por eso no pudo ir hasta el aeropuerto. La dirección que me dio es cerca de su casa, con la seguridad de que no habrá policías. Disculpas.
Es amplia la casa. Empieza una costumbre que en Irán ya no me será rara: debo quitarme los zapatos al entrar a la casa. No hay muebles, (como más tarde averiguaré por qué en Irán) y esto se relaciona con quitarse los zapatos.
No hay mucho tiempo para el intercambio de impresiones. Mañana inicia el viaje hacia Irán y no tengo la visa. Hay que llenar una fórmula que al imprimirla sale muy chiquita. Y no tengo la fotografía que se le debe de adjuntar. Hago un ensayo y logro imprimirla en tamaño adecuado. El tiempo sigue corriendo. Llamadas a la Embajada. Luego salimos corriendo a la búsqueda de un negocio de fotografías al minuto. Quito es una locura: Día de los Enamorados o de la Amistad, según como quiera verse. Los centros comerciales están abarrotados y peor está el tráfico, pese a que solo circulan algunos números de placas. Mirjalili, su pequeño hijo y yo salimos casi corriendo a tomar un taxi. Llegamos al centro comercial y no hay fotos rápidas, solo en una hora. Preguntamos dónde y buscamos en un edificio frente a la plaza. Vamos corriendo hacia el sótano del edificio. Es un laberinto. Encontramos al fotógrafo. El precio U.S. $5 por las cuatro fotos. Breve regateo, pero no hay tiempo de discutir la rebaja. Estamos sobre tiempo. Me toma las fotos y… ¡no las imprime! Y cuando lo hace ¡salen de otro color y solo dos! ¡Caramba! Prepara otra impresora. Paciencia es lo que menos se respira. Mirjalili me da los pedazos de la foto verde. Un Wharol1, le digo. Asiente y sonríe. La maquinita está imprimiendo a una lentitud de tortuga. ¡Al fin salen! Pagamos y salimos corriendo a tomar un taxi. Ninguno, todos ocupados. Quito es una locura a esa hora. Nos dividimos, el primero que vea un taxi, que lo pare, pero todos van ocupados. ¡Al fin uno!, pero el tráfico empeora. Mirjalili conoce bien las calles de Quito, le indica al taxista por dónde, pero se le va un atajo. Contesta su celular, me parece que dice en farsi (la lengua iraní) que vamos en camino, que nos esperen. ¡El taxi debería de volar! Por fin llegamos. Es tarde, pero nos esperan. Debo de llenar otra fórmula. ¡Pero las fotografías no están cortadas! Las cuatro están pegadas. No hay tijeras, nadie sabe dónde están. Mirjalili empieza a doblarlas y así corta las cuatro fotos, de las cuales solo utilizo dos. Las otras las guardo en la cartera de documentos de viaje con las palabras de Mirjalili: Hay que andar fotos por cualquier cosa. Esperamos en una cómoda sala. Unos minutos después ya viene mi pasaporte visado. La calma vuelve a mi ánimo. Agradecimientos, cruce de palabras en farsi. Nos despedimos y salimos cuando las luces automáticas de la ciudad empiezan a encenderse.
Caminamos por una breve pendiente, nos enfrentamos al tráfico que no disminuye. Estamos a punto de doblar una esquina cuando sucede un incidente: Un motociclista se le atraviesa a un carro, se baja de la moto y la emprende a golpes contra el conductor. Está muy enojado, tal parece que la cólera le nace del susto que recibió por la posibilidad de ser arrollado. Mirjalili ve el incidente e interviene. Casi le digo que no lo haga, pero el camina con valentía, le dice algo al atacante, se calman los ánimos, el motociclista le lanza un vistazo a Mirjalili, y se marcha. El Corán nos dice que debemos promover la paz, algo así me dice, y seguimos caminando. ¡Taxi! Llegamos a su casa. Leche fresca con galletitas. ¡Qué bien me cae! Son casi las siete, a esa hora Mirjalili ya puede sacar el vehículo sin temor a una multa.
¡Qué linda es Quito por la noche! Mirjalili va conduciendo, me da un paseo por la parte antigua de Quito. Antes cenamos en un restaurante adornado con letras árabes que alaban a Dios. ¿Qué dice allí? Hay un solo Dios y Muhammad es su profeta.
El clima en Quito está delicioso. Mirjalili va explicando algo acerca de los edificos… allí es la casa del Presidente Correa, aquí en cada esquina hay una iglesia. Dejamos atrás el bullicio, la noche va entrando. El cansancio me pasa la factura. Terminamos la minigira y regresamos. A quitarnos los zapatos, a consultar el Internet. Un ´par de mensajes, un refrigerio y a dormir. Debo estar en el aeropuerto a las 8:20 (hora Quito, Ecuador) pongo el despertador a las 5:00 a.m. Mirjalili me sugiere que antes de llegar al aeropuerto visitemos un centro cultural, acepto, me cepillo los dientes, me aseo un poco y me duermo.
Decorado de una iglesia en Quito, Ecuador. Fotografías Néstor Martínez



