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El Salvador, Sábado 25 de Octubre de 2014
Última actualización : 31/11:28 h.

Miércoles, 23 de Febrero de 2011 / 09:54 h

La diplomacia frente a las migraciones irregulares

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Desarrollo y aspiraciones para una vida mejor están a la base de todo proceso migratorio. De ahí que el carácter del país en el que se origina la migración está asociado al subdesarrollo y a la falta de oportunidades para el desencadenamiento de las energías de las mayorías que buscan una vida mejor para sus familias.


El Informe Sobre Desarrollo Humano del PNUD de 2009 titulado “Superando Barreras: movilidad y desarrollo humanos”, estableció que “La gran mayoría de los 200 millones de migrantes internacionales se trasladó de una nación en desarrollo a otra o entre países desarrollados.” Este dato muestra una realidad aceptada tanto por los gobernantes de los países de destino como de los países en los que se propicia la migración.


El desarrollo se encuentra a la base de la migración, y la historia de cada país, sus conflictos políticos y sociales, incluso, como en el caso de El Salvador, la guerra civil. Estos escenarios propiciaron una escalada de movilidad irregular, principalmente hacia Estados Unidos, que estableció una realidad cultural y política de los salvadoreños en el exterior: su carácter migratorio.


Aproximadamente una tercera parte de los salvadoreños vive hoy día fuera de su territorio. El proceso migratorio no se detuvo con el fin de la guerra civil. Si bien es cierto, las esperanzas de paz propiciaron el retorno de miles de compatriotas a pocos meses de la firma de Chapultepec, muchos de ellos volvieron a migrar, junto a otros miles por la falta de oportunidades de la posguerra y la violencia social generada por la criminalidad.


Es pues, en nuestro caso, el subdesarrollo asociado, en primer lugar a la violencia política y desde la posguerra a la actualidad, a la violencia social, principales factores que propician la migración irregular y que hoy día plantea que una política de salvadoreños en el exterior es tan imprescindible para un desarrollo sustentable como la seguridad pública, la educación o la salud.


Al igual que en diversas regiones del mundo se producen bloques para buscar un desarrollo sostenible, las migraciones parecen comportar ese carácter de necesidad y búsqueda de oportunidades que superan la frontera de un territorio determinado. El factor pesa más en unas regiones que en otras. En el caso de El Salvador, el fenómeno de la migración irregular se expresa hoy día en un proceso que involucra la región de Centroamérica y el Caribe.


Sin una comprensión de la realidad migratoria regional muy difícilmente podremos incidir en los procesos que implican la defensa de los derechos de los migrantes. No solo porque en diversos países de la región los salvadoreños han encontrado un destino manifiesto, como es el caso de Nicaragua, país en el que residen miles de salvadoreños, sino porque la realidad del presente siglo ha agravado los problemas y las necesidades de nuestros países.


Esa realidad implicará la necesidad de encausar acciones diplomáticas cada vez más firmes y decisivas entre los países de la región centroamericana y el Caribe frente a países desarrollados que por hoy sirven de destino de nuestros compatriotas.


La “ruta del migrante”, término acuñado por los estudiosos del tema y por la misma política oficial, al igual que por el periodismo investigativo, es sin lugar a dudas el territorio más sensible en la defensa de los derechos humanos del migrante irregular.


Es imperativo partir del adjetivo “irregular”, defendido por la misma comunidad migrante, y preferido al de “ilegal”. Esta terminología no es un asunto de palabras o de semántica, a la base del debate subyace la calidad jurídica del ciudadano que, en la búsqueda de una vida mejor, debe cruzar fronteras de manera irregular, con el propósito de llegar a un país en el que ha depositado sus esperanzas para una mejor vida.


La sustitución del término implica pues una lucha por descriminalizar el estatus de los millones de hombres y mujeres que deben abandonar sus territorios de origen por la falta de oportunidades, no buscan otros países de destino para cometer delitos sino para trabajar.  


Los peligros extremos y las violaciones a los derechos humanos de la comunidad migrante en la ruta hacia sus países de destino, que han implicado el asesinato, el secuestro, la tortura, la extorsión, las desapariciones forzadas, violaciones sexuales, y toda clase de vejámenes, solo se pueden comparar con los años más oscuros de las dictaduras militares. No es aventurado considerar a los migrantes irregulares como la comunidad más vulnerable de nuestra región, la más desprovista de instrumentos legales y políticos para la protección efectiva de sus derechos.


Una de las prioridades debe estar orientada a lograr acuerdos entre los países de la región que compartimos la misma realidad y por consiguiente la misma necesidad. En esta lucha la integración centroamericana vuelve a mostrar su importancia estratégica.


En este proceso, el país de destino más sobresaliente sigue siendo Estados Unidos, un territorio diverso en cuanto sus instituciones y a sus regulaciones, cuyos procesos culturales son sumamente complejos. Para poder hacer una defensa efectiva de la comunidad migrante de nuestra región es imprescindible el entendimiento ante cualquier otra postura. La unidad es la estrategia más viable con el país del norte si es que queremos que las represalias y las injusticias que viven nuestros compatriotas en ese país sean reducidas o, el mejor de los casos, eliminadas.


El reto es superar la brecha que separa a los pocos ricos con los abundantes pobres, en la implementación de políticas de Estado y gobierno que propicien más oportunidades, que a la vez generen estabilidad en nuestra región y por consiguiente estímulos para el arraigo de nuestra población a su comunidad de origen, a su tierra.


La estrategia para una efectiva defensa de los derechos humanos de la comunidad migrante debe considerar al menos tres enfoques: el desarrollo local, la ruta del migrante y el país de destino.


Vivimos en el siglo de las migraciones, pensar y actuar en función de esa realidad debe ser parte de la postura de todo diplomático que se precie de considerar a la persona humana como el fin del Estado.

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