Doctor en Teatro Amílcar Flor
Por Dr. José Luis Escamilla**
Ah corazón en llamas, desplazado, derruido,
expresado en voz alterna de ansia y alegría,
flor abierta y sangrando su respuesta sin el claro motivo de una sola pregunta,
como siempre, como entonces, como ahora, como antes, como nunca,
como tú llegaste contra todas las lógicas del mundo
y ya no podrás irte aunque lo quieras.
Pedro Geoffroy Rivas
En la vida los seres humanos sólo somos capaces de transformar la realidad si nos apasionamos por las ideas. En la realidad de la provincia donde nos tocó vivir, muchos se han apasionado por ideas y proyectos; pero cuando la carta de presentación es un producto cultural que transforma a largo plazo, corre la suerte de la lógica del pensamiento provinciano: el abandono y la muerte cotidiana. Es el caso del paradójico Doctor en Teatro Amílcar Flor, quien siendo hombre se le conocía con un epíteto femenino, pero lo más relevante es que logró lidiar con un conflicto interior que se debatía entre la soberbia intelectual y la humildad que requiere el hombre sabio.
No pretendo hacer una apología, ni mucho menos rememorar episodios de encuentros fortuitos en el que la conversación sobre historia de la estética, semiótica del teatro y el regateo ideológico eran normales; sino compartir tres particularidades que este hombre paradójico nos hereda. En todo acto en el que participaba era de las primeras personas en llegar al lugar, todavía no se sabe a ciencia cierta si es porque se desplazaba caminando largos trechos de la ciudad y planificaba con mucho detalle la relación tiempo-espacio y la velocidad de sus pasos o, tenía la obsesión de la puntualidad. El hecho es que en cualquier actividad -fundamentalmente artística, cultural o académica- ya sea en el Teatro Nacional, la Sala de Exposiciones del Parque Cuscatlán, La Luna, el Teatro de Cámara Roque Dalton, el Quinto Sol, cualquier auditórium de la Universidad de El Salvador, El Sur, el Auditórium del Museo de Antropología, el Auto Teatro, el Auditórium Ignacio Ellacuría, el Teatro Luis Poma, El Atrio, La Ventana o cualquier abrevadero en el que se convocara con un pretexto teatrero o cultural, para satisfacer las pulsiones etílicas de los consumidores de arte, ahí estaba puntualito el silencio escamoteado del viejo Flor.
Así discurrieron los días desde que lo observé por primera vez en aquellos años de eclosión de centros culturales, cuando coincidió la rememoración de los quinientos años de la llegada de los españoles a América y la algarabía de la paz armada en El Salvador, en aquel 1992 de turbulencia y consuelos ideológicos. Entre el bullicio que produce la masticación y la ingesta ajena en los improvisados escenarios de los otrora centros culturales, se desplazaba la mirada acuciosa y crítica del maestro Flor, siempre conservaba los ojos juiciosos, el ceño fruncido y la mirada fija en los signos producidos por la actuación, no se olvide el rasgo distintivo de su compañero eterno, el Lepanto tangible, que cuando se desplomaba después de un movimiento brusco, su hermano el aplaudidor se encargaba de regresarlo a su sitio. A veces atendía la distracción de algún aficionado que se sentaba a su lado para calcar la pose, dicho sea de paso, todavía pululan en las salas de teatro estos personajes.
No es el espacio adecuado para novelar las largas horas de lectura y estudio -que suponemos- Flor tenía en su vida diaria. No obstante, de este hombre sólo nos quedan sus signos tangibles, por ejemplo, que a su juicio era más importante la sustitución del texto dramático, cuando al ser puesto en escena, deja de ser mera literatura para convertirse en signos estéticos. Era un hombre que creía fielmente que la esencia del teatro consiste en la teatralidad, es decir, en el conjunto de signos y sensaciones que se producen en el escenario a partir de la representación de la obra. Estos planteamientos son en síntesis lo que deduzco después de varias conversaciones con el compañero Flor. Después de eso viene el cambio social, me decía. Cuando se logre que el espectador sienta y sufra lo actuado podemos creer que el teatro va avanzando en El Salvador.
La última de las pasiones de Flor es la negación de sí mismo. Siempre optó por su disciplina personal, era frecuente que le preguntaran su opinión después de la puesta en escena de una obra y, desde su sapiencia, exponía virtudes o aspectos a mejorar. Era dador de consejos, lecciones sin aula, cátedra sin universidad y exposiciones teóricas sin escritura de tratados. Pero la vida en este país se le fue convirtiendo en un escenario. El viejo Flor protagonizaba su propio performance, comenzó a vivir la angustia de lo que significa para nuestros artistas mayores sobrevivir en un país como el nuestro, así actuó en la mejor obra realista del Teatro del absurdo de posguerra civil salvadoreña. En los últimos años, aunque participaba en las actividades del mundo cultural como siempre, comencé a observarlo en el performance del teatro ambulante. Con todo su acervo a cuestas, el amor por la enseñanza, la pasión por el teatro como forma de vida y con la posibilidad de hacer escuela en las nuevas generaciones, ahora ya no se desplazaba para llegar a tiempo a la sala de teatro, sino que deambulaba para saciar el hambre de pan cotidiano y de conocimiento individual, que sólo le servía para constatar su opción de ser libre.
Uno llora cuando recuerda las imágenes de este hombre recogiendo mendrugos al escamote en algunas cafeterías de la ciudad. A uno le da rabia cuando reflexiona sobre la remuneración o, el costo que tiene que pagar el creador y académico del arte en nuestro país para ser coherente con su amor por la creación sublime, sin olvidar la opción de morir dignamente, antes de dedicarse a otra cosa que no sea hacer realidad el sueño de ser artista en una sociedad tan indolente con esta expresión humana. Además, debemos reflexionar sobre una política de Estado que cuide el patrimonio intelectual y artístico de nuestro país, simbolizado por nuestros decanos en el campo de la creación artística, cultural e intelectual.
Así se nos han ido y se nos siguen marchando nuestros viejos, hombres y mujeres que lucharon y murieron creyendo que el arte era una de las formas de curar el alma en esta sociedad enferma. Por eso es que quizás ya no le importen a nadie, porque esa forma de sensibilidad no se mide en la transparencia y la eficacia de la política pública. Necesitamos hacer arqueología de las ideas de nuestros herederos para salvarlas y apostarle a la liberad propia y verdadera; pero también es necesario que ocurran pérdidas como la del Maestro y compañero de ideas Flor, para salvar a nuestros talentos de este Teatro de la crueldad.
**Profesor Departamento de Letras de la Universidad de El Salvador.



