Orlando De Sola W.
El dinero no es la vida, es tan solo vanidad”, dice una conocida canción. Reconoce su
autor que, como otras cosas importantes, el dinero es solo una ficción. Pero sirve para facilitar el intercambio, para expresar el valor de las cosas y atesorar riqueza.
No es lo mismo decir “esta vaca vale tanto”, que “te cambio esta vaca por aquellos cabros”, como se decía antes que nuestros ancestros descubrieran el dinero, hace miles de años.
Cuando es confiable, el dinero sirve para almacenar ahorro. Pero cuando, gracias a la inflación y la devaluación monetaria, el dinero no es confiable, no es útil para atesorar riqueza, ni para intercambiar bienes y servicios, ni para expresar valor.
Para ser útil, el dinero debe ser estable, seguro y confiable. Pero cuando es flexible, como una vara de hule para medir tela, no puede cumplir sus verdaderas funciones, que no incluye satisfacer las obsesiones y voracidad de la burocracia gubernamental.
Con tanta crueldad e incertidumbre económica, las monedas más seguras deberían ser las mejores. Pero siempre hay quienes escogen las peores. Esa se llama la Ley de Gresham, que expresa nuestra tendencia a desplazar las mejores monedas con las peores. En nuestro caso no se aplica ese axioma, porque no pudimos escoger. Fuimos forzados a aceptar el dólar como medio de intercambio, como medida de valor y como método de atesoramiento.
Algunos pretenden retornar al Colón para manipularlo, generando escasez o abundancia artificial del mismo. Eso, a su vez, afectará el valor del Colón con relación a otras monedas, dándonos supuesta ventaja o impresión de progreso, aunque no sea así.
Otros insisten que cumplir la Ley de Integración Monetaria es lo más importante. El bimonetarismo no manda esconder los colones, como ha sucedido, sino que permite escoger, como ciudadanos contribuyentes y consumidores entre, entre el Colón y el dólar.
En todo caso, a pesar de la amañada dolarización, las cuentas del gobierno se siguen expresando en colones, así como algunas facturas particulares. Pero lo importante es comprender que la riqueza no proviene del engaño y la manipulación, sino de la seguridad monetaria, jurídica y personal, que son condiciones imprescindibles para el desarrollo.
Recurrir al colon para permitir la inflación y la devaluación sería una medida cruel que produciría mayor incertidumbre. Pero retornar a un Colón sólido, confiable y seguro podría ayudarnos a progresar. Eso es posible con la plata y el oro que yacen en nuestro subsuelo, que no es de las compañías mineras, sino del Estado, representado en este caso por el gobierno.
Los metales que yacen en nuestro subsuelo no necesitan ser exportados para tener valor. Una vez extraídos en forma artesanal, sin cianuro, pueden almacenarse en nuestro territorio, en lugares seguros, y servir de respaldo a nuestra moneda nacional, el Colón. El oro en lingotes puede ser respaldo de los billetes. Y la plata puede ser convertida en monedas para facilitar el intercambio de bienes y servicios, para expresar valor y para atesorar riqueza, no solo de salvadoreños, sino de ciudadanos y súbditos de otros países, como Estados Unidos e Inglaterra, cuyas devaluadas monedas abandonaran el patrón oro y la plata desde hace tiempo.
Los colones de plata y oro serían mejor moneda que las semillas de cacao utilizadas por nuestros ancestros. Aunque valiosas en aquel periodo, las semillas de cacao eran demasiado perecederas y voluminosas. Y el cacao, aunque originario de nuestra zona, dejó de cultivarse en forma comercial, convirtiéndose, desde hace siglos, en delicioso chocolate que se fabrica en otros lados.
Hace muchos años, en el virreinato de Nueva España, en lo que ahora es la República mexicana, se extraía plata sin cianuro, acuñando monedas para el gobierno chino, cuyos ejecutivos habían abusado del papel moneda. Sus manejos habían llevado la inflación a niveles insostenibles, reduciendo el poder adquisitivo de la moneda china de entonces. Por eso tuvieron que recurrir a las monedas de plata mexicana, acuñadas en la misma casa de moneda que acuñaba las de uso local. Eso nos da una idea de lo que podría suceder en El Salvador, con la plata y el oro que yacen en nuestro subsuelo, que es del Estado.
Durante muchos siglos el dinero mantuvo su solidez gracias al oro y la plata, hasta que el papel moneda permitió a los gobernantes emitir dinero inorgánico, o sin respaldo, para financiar sus gastos caprichosos. Eso sigue sucediendo en El Salvador, a pesar de la dolarización. Las emisiones inorgánicas son colocadas en el mercado mundial, con la aprobación de nuestros supuestos representantes. Ese dinero inorgánico se vende, con la ayuda de comisionistas, a inversionistas incautos, que esperan ser reembolsados, con creces, cuando venzan los certificados de inversión, que son como papel moneda.
Aunque no hay colones para inflar y devaluar, nuestras autoridades monetarias siguen emitiendo Cetes y Letes, que son lo mismo, porque a la larga deben ser pagados con nuestros impuestos, en dólares.
Tampoco el dólar está exento de manipulaciones porque los dirigentes del Banco Central de Estados Unidos, aunque han sido bastante prudentes, a veces no resisten la tentación de jugar con las tasas de interés y con la masa monetaria, acelerando y desacelerando la economía a discreción. Por eso muchos norteamericanos han dejado de ahorrar en dólares, utilizando otros instrumentos superiores. ¿Seremos nosotros, los salvadoreños, capaces de vivir en quinto patio sin emigrar?



