Eduardo Badía Serra
Don Miguel de Unamuno, gran filósofo, considerado como uno de los pensadores españoles más destacados de la época moderna, el intelectual más importante de la llamada Generación del ’98, según muchas opiniones, decía que la verdad es lo que se cree de todo corazón y con toda el alma. ¿Y qué es creer algo de todo corazón y con toda el alma? Obrar conforme a ello.
Así decía el autor de “Del sentimiento trágico de la vida”, de “Vida de Don Quijote y Sancho”, de “La Tía Tula”, de “La agonía del cristianismo”, aquel que llamó a la guerra civil española, guerra incivil, compañero o contemporáneo de Ganivet, de Azorín, de Baroja, de Machado y de Jacinto Benavente, hombre de vestir ascético, puntual hasta la exasperación, lector y escritor febril, que concibió al hombre, no como un ser pensante sino como un ser de carne y hueso, ser concreto y no ser lleno de una vaga humanidad. Unamuno hace así un reclamo por la correspondencia que debe existir entre el ser y el deber ser, entre el pensamiento y la acción, entre la teoría y la práctica.
¿Porqué traer a cuento esto? Porque hay en el país un continuo y persistente discurso sobre la necesidad de recuperar nuestros valores culturales, nuestros valores cívicos, nuestras normas y principios éticos, y por la práctica de una moral concreta que exprese la realidad de una sociedad culta, educada, instruida y respetuosa. Pero el problema es que ese discurso, proveniente de las estructuras políticas en su mayor parte, sabe quedarse en eso, en discurso, en palabra vacía, flatus vocis, con lo cual pierde, al decir de Unamuno, su sentido de verdad.
Discurso falso, expresión falsa, en eso se queda. ¿Es nuestra sociedad una tal que efectivamente obra conforme habla? Se reclama volver hacia la enseñanza de la moral y el civismo, de la urbanidad y las buenas costumbres, del respeto a los símbolos patrios, pero se actúa precisamente en contrario. Mientras la sociedad exige a la escuela, ella no se corresponde a sí misma, olvidando que la escuela no puede enseñar lo que la realidad niega. Los estamentos políticos le dicen a la escuela: Haz lo que digo, no lo que hago, y viene entonces el empeño por enseñar los valores oficiales, que no se cumplen en la práctica, y practicar los valores no oficiales, que son los que efectivamente se dan en la práctica.
La axiología cristiana actual busca una educación con efectivamente una perspectiva axiológica fuerte, con una propuesta de valores, implícita y explícita, cuyo método siga los siguientes tres pasos: Captar el valor, aceptar el valor, y finalmente, actuar de acuerdo con ese valor, esto es, vivir el valor.
Si no se cumple con este último paso, lo demás queda en el vacío: Sólo el testimonio mismo del valor en la propia conducta hace que este se convierta en iluminador, impulso y motivación de vida. Y ¿cuáles son estos valores actuales del cristianismo? Pues, acompañando a sus valores eternos, el amor al prójimo, la fe, la redención y la misericordia, que siempre estarán, son la justicia, la solidaridad, el amor, la libertad, la igualdad, la fraternidad, la paz y la alegría. Para lograr vivir el valor, Juan Pablo II expresaba sus vías interiores para imitar a Cristo: La vía purificativa, observar los mandamientos, que conduce a la vía iluminativa, descubridora de los valores, y que conduce a su vez a la vía unitiva, que une al hombre con Dios.
No se niega la necesidad de recuperar algunos principios de conducta que hemos perdido; pero el ejemplo debe surgir de la ciudadanía misma, de los estamentos políticos, de una economía sana y justa, de un Estado respetuoso de los derechos ciudadanos y ordenador de su actuar. Esto, en una sociedad saturada de perentoriedad y contingencia como la nuestra, en la que el hombre no vive sino más bien existe, en la que el hombre no proyecta su vida sino más bien la resuelve, en la que hay una profunda y explicable desconfianza de los jóvenes hacia sus mayores, en la que las categorías visibles y reales son la angustia, la desesperación, la duda, la tristeza, no es fácil, y menos se resuelve con órdenes y con decretos. Para ello debe exigirse una vuelta al ser, una recomposición de los que ordenan y decretan, una re-visión de nuestras propias actitudes. De otra manera, palabras vacías, necias aspiraciones faltas de sustento y para nada concretables.
Hay que volver a la verdad, hay que vivir en la verdad, hay que actuar en la verdad, creer en ella de todo el corazón y con toda el alma, como decía Unamuno. Buscar lo que es verdadero no es buscar lo que es deseable, decía Albert Camús; sobre todo, debemos agregar, si eso que es deseable es éticamente rechazable, como suele suceder en nuestro suelo patrio.
La verdad lleva a la paz, a la paz verdadera, a la paz permanente; pero el esfuerzo para lograrlo es grande. Kant, el último Kant, en el último período productivo de su vida, escribió un bellísimo ensayo, Hacia la paz perpetua. En él, el gran filósofo alemán, habla de que la humanidad habrá de aproximarse, con paso no por lento menos imparable, dice, hacia esa paz perpetua entre las naciones, que no es, por cierto, llegar a un estado de un derecho público, sino más aun, progresar hasta el infinito. Pero una sociedad en la que la verdad se niegue en la práctica, y en la que el hombre no se corresponda en su pensamiento y en su acción, difícilmente podrá llegar hasta ese infinito kantiano de una paz perpetua. Es necesario validar la teoría en la práctica misma, es necesario comprobar la ética formal con una ética práctica que la demuestre, ética esta, la ética práctica, que es, ni más ni menos, la moral misma, precisamente la ética de los valores, como decía Scheler.
¿Moral y civismo? ¡Sí! Pero ¿Quiénes deben primero enseñar, mostrar, esas materias? ¿La escuela? ¿O la sociedad misma que las reclama?
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡Decídete por el cambio! ¡Anida la esperanza!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



