Por Iván Escobar**
Años atrás ambientalistas o conocedores en el tema climático, advertían incansablemente de que fenómenos naturales impactaría nuestra región y particularmente nuestro país.
Las ideas en esas épocas eran consideradas “locas”, “fuera de lugar”, entre otros calificativos que llegaron a recibir de “respetables” funcionarios de gobiernos pasados y personalidades del ámbito nacional.
De la noche a la mañana nos hemos encontrado con la vulnerabilidad en El Salvador , y ya no es un título más que se le asigna a nuestro sufrido territorio nacional, y quienes la vaticinaron demostraron que tenían razón.
De pronto las inundaciones en los barrios antiguos de la ciudad capital, que impactaron a generaciones tras generaciones, han pasado a formar parte de la larga lista de tragedias que año con año coleccionábamos.
Sin embargo, estos fenómenos que se suscitan y que vuelven vulnerable nuestra sociedad actualmente, no es por arte de magia, sino que tiene a la base una causa: el hombre.
Es decir, sus decisiones muchas veces causan que los fenómenos naturales se incrementen y nos pongan en riesgo.
Sobre esto es digno citar el libro “Estampas del Viejo San Salvador”, escrito por el periodista salvadoreño Julio C. Castro, donde en una de sus crónicas nos ilustra cómo la naturaleza rige su destino y los seres humanos debemos adaptarnos a ella, a fin de lograr mejor convivencia.
La crónica “El caudaloso río Acelhuate allá por los años 1900-1910”, además de ilustrarnos sobre las bonanzas de éste río y la convivencia con las familias de la época, nos advierte sobre el impacto del río a partir de 1906 cuando “un fuerte temporal destruyó la lagunita de la Finca Modelo, cuando aquellas aguas cambiaron de cause”.
El escritor relata que, en la zona sur, las frecuentes inundaciones afectaron años posteriores a sus habitantes. Luego de éste hecho la relación hombre naturaleza comenzó a fallar.
En otra crónica de Julio C. Castro, titulada: “La tremenda inundación en Candelaria y La Vega en 1922”, nos comparte lo que podría significar la primera gran tragedia provocada por lluvias, a inicios de siglo pasado.
El autor reseña que fue el 12 de junio de 1922, cuando se produjo la inundación que afectó a los barrios Candelaria y La Vega.
“Quienes vivimos cerca y nos dimos cuenta cabal de todo, logramos salir cuando amainó un poco la lluvia y las aguas iban bajando de nivel, y amarrados a la cintura con lazos para no ser arrastrados, atravesamos la laguna formada y anduvimos registrando los escombros de donde se sacaban algunos cadáveres”, relata recuerda que en el atrio de la iglesia de Candelaria –que resistió a la inundación- hay un pequeño monumento en memoria de las 25 personas que fallecieron y pudieron ser recuperados sus cadáveres, otros más nunca fueron localizados.
La estela de destrucción llegó “más allá de Apopa”, nos dice en el relato el escrito y añade que es uno de los hechos “que no tan fácilmente se borran de nuestras pupilas”.
Los cuadros dantescos que nos describe Julio C. Castro en sus crónicas, no son ajenos a los que presencié en noviembre de 2009, cuando una de las laderas del volcán Chichontepec, causó un deslave de lodo, piedra y agua de grandes proporciones que arrasó con el poblado de Verapaz, departamento de San Vicente, además de las múltiples inundaciones de las que fui testigo en la zona de Candelaria, la misma que se inundó en 1922, y últimamente las innumerables cárcavas que se han originado en diferentes colonias y comunidades del Área Metropolitana de San Salvador.
Sin embargo muchos advierten que la naturaleza es la única culpable, no nos ponemos a pensar que la mano del hombre o el pensamiento del “hombre moderno” piensa más en potenciar la construcción de centros urbanos, centros comerciales entre otras obras de cemento en la zona norte de la capital, que hacen que los cauces de las quebradas y ríos que atraviesan la ciudad sean peligrosas.
Todavía muchos defienden el urbanismo sin ponerse a pensar que a la Naturaleza no hay que retarla, y no es porque ésta nos trate mal, sino porque nosotros la tratamos mal y creamos un mal medio ambiente en nuestro entorno.
Lo preocupante es que las autoridades, desde mi punto de vista, siguen actuando de forma reactiva y no preventiva en las tragedias. Lo vimos el domingo 1 de agosto, cuando una lluvia de 40 minutos en la capital causó el desborde de la quebrada arenal en la comunidad Tutunichapa I, muriendo ahogado un anciano.
En ese momento la municipalidad reaccionó que no era posible tener en las riveras de la quebrada el dormitorio público, que por décadas albergó a ancianos e indigentes. De nuevo se esperó hasta la muerte para alertar que había peligro.
Las lecciones que nos dejan las actuaciones tanto del gobierno central y municipales, es que no están preparadas, no tienen conciencia ambiental. La población debe ser estar consciente a los llamados de la naturaleza, algo que nuestros abuelos atendían en el pasado y que les permitió compartir con algunos de nosotros sus aterradores experiencias, de lo contrario nuestra generación se perderá en las tragedias que un día pudieron prevenirse.
** Periodista Diario Co Latino
Miembro y fundador de Comunicadores Contra el Cambio Climático (C4/El Salvador)



