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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Jueves, 29 de Julio de 2010 / 08:23 h

¿Cómo llegamos a tan lamentable estado?

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Por Néstor Martínez**

En medio del desierto del Sahara hay una formación rocosa con unos dibujos prehistóricos. En ellos puede observarse a un pastor conduciendo su ganado al río. El dibujo incluye un cocodrilo. Esta escena ya no es concebible en el Sahara, y ni en muchas zonas de la Tierra que antes eran vergeles.

El impacto del ser humano en la Naturaleza se remonta a mucho más allá de aquel dibujo. En determinado punto de la evolución nuestros antepasados descubrieron el fuego, la agricultura, la cría de aves y el pastoreo de ganado. De los riesgos y azares de la caza pasó a la seguridad y estabilidad del sedentarismo. Empezó a modificar el medio ambiente.

Las crisis ambientales del pasado también implicaron el deterioro de la sociedad en todos sus ámbitos. Un grupo de investigadores alemanes llegó a la conclusión de que hacia el año 900 de nuestra era, los mayas sufrieron una crisis ecológica: una grave sequía que, se supone, fue la responsable del quebranto de esa civilización ya desaparecida a la llegada de los españoles a América.

Los enormes templos que hoy admiramos en la zona maya requerían de “cemento”. Para obtener un metro de cal se quemaban grandes cantidades de gigantescos árboles, así es lógico deducir que la tala indiscriminada fuera el origen de la sequía. La lectura de los glifos mayas indica que en esa fecha hubo también un grave deterioro de la sociedad. Esta lección aún no es aprendida por la humanidad.

Hacia finales del siglo XIX, aún era posible encontrar selva virgen en América, África, Oceanía, Asía y ciertas partes de Europa, ecosistemas sanos en todas partes del mundo, pero eso no duraría mucho. Algo estaba sucediendo cuyo despertar sería de pesadilla: la Revolución Industrial nacida en Inglaterra se expande a todo el mundo. Se introducen las máquinas para aumentar la producción, se explotan nuevas fuentes de energía como el carbón, asimismo aumentan las exploraciones en busca de materia prima, aparece el fenómeno urbano.

Pasada la II Guerra Mundial, que supuso una pausa en el avance del desarrollo industrial, las potencias vencedoras se lanzan a una incesante búsqueda de recursos en todas partes del mundo, consolidando su dominio en las zonas que se adjudicaron como botín de guerra: África es saqueada por Europa, y Latinoamérica por los Estados Unidos, mientras que Rusia se tomaba los recursos de muchos países creando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la desaparecida URSS.

Esto implicó un fenómeno más: la imposición de la ideología del conquistador. En los países que se adjudicaron Europa y los Estados Unidos imperó el capitalismo y lo propio hizo la URSS con el marxismo y el socialismo. El mundo quedaba dividido en dos.

La imposición de las ideologías tuvo un severo impacto en las formas de pensar locales, perturbando la relación de muchas sociedades nativas con la Naturaleza, que pasó de la reverencia a la Naturaleza a considerarla un bien infinito, proveedor de cuanto se necesitara para el desarrollo, perdiéndose los últimos indicios del acervo cultural de la relación ser humano – Naturaleza. Semejante pérdida ya tenía varios antecedentes: los españoles hicieron lo mismo con los aztecas, incas y otras civilizaciones, y los ingleses que llegaron a Norteamérica eliminaron a los nativos y sus costumbres tanto en la conquista como en el desarrollo.

Esas ideas, y sus formas particulares de evolución, dejarían una huella casi imborrable en la forma de ver el mundo y la Naturaleza, ya que ninguna ideología tomó en cuenta las relaciones biofísicas.

En las escuelas, universidades, gobiernos, planes económicos, y en todos los ámbitos de la vida del ser humano siguen en boga esas ideas, tanto en los pensamientos filosóficos y religiosos como en las ciencias, en libros de texto universitarios como escolares, en novelas. El medio ambiente quedó afuera.

Así se explica la indiferencia del ser humano hacia los problemas actuales, igual sucede con los gobiernos que no aciertan a pensar fuera de la variante del capitalismo conocida como neoliberalismo, el marxismo o el socialismo. Nada debe obstaculizar el desarrollo, mucho menos las consideraciones ambientales.

Explica David Orr en su libro Ecological Literacy: “El histórico cataclismo en la Unión Soviética y Europa del Este en los años 1989 – 90 fue una amplia evidencia que el comunismo, o al menos una versión de él, ha fallado. Nosotros tenemos, sin embargo, que admitir que el capitalismo occidental también ha fallado. Nuestras fallas están siendo escondidas por malas contabilidades (fiscales y ecológicas), con retórica deshonesta y buenos deseos. Pero el ajuste de cuentas no está lejos.  Los dos mundos construidos en el pensamiento de Galileo, Descartes, Newton, Marx y Smith están en ruinas. El mundo no trabaja mecánicamente y sin límites. Así mismo, los humanos no somos cosas mecánicas ni siquiera “recursos humanos”. Si el comunismo ha fallado en este punto, también ha fallado el capitalismo. El comunismo tuvo todo, pero colapsó porque no produjo lo suficiente; el capitalismo está fallando porque produce demasiado y reparte poco. El comunismo impuso una moral austera en los sujetos, mientras que el capitalismo ha permitido el colapso de su propia moral. Ningún sistema es sustentable en términos humanos o ecológicos”.

Basta ver los impactos de nuestras conductas en nuestros alrededores para darnos cuenta de que algo está fallando en nuestra educación. Desde el narcotráfico, la carrera armamentista, el atascamiento del tráfico, el fumado, la basura acumulada, las aguas negras, la tala en la selva Amazónica, hasta la preferencia de alimentos chatarra, el ser humano demuestra poco avance en las aspiraciones de la comprensión medioambiental. Esta no forma parte de su educación y es muy difícil buscar dentro del cerebro un espacio para una nueva mentalidad.

El ser humano no considera las consecuencias futuras de sus actos, sino los beneficios de la satisfacción inmediata. Así, tomamos café en un vaso desechable que luego veremos flotar en las inundaciones; fumamos sin considerar que dañamos a otros; compramos un vehículo sin considerar que desecharemos al medio ambiente llantas, aceites, latas, repuestos usados y gases que están calentando la Tierra y alterando el clima. Luego enfrentamos consecuencias que se pudieron evitar.

De la misma manera, los gobiernos consideran que las cifras del crecimiento económico es la mejor medida de su actuación, y piensan que así cumplen la función de llevar el desarrollo a la población. A nombre del desarrollo se construyen obras de todo tipo sin consideraciones ambientales, se ofrecen permisos para la libre introducción de vehículos, para la instalación de industrias contaminantes, se emiten leyes que no limiten la “libertad” de elección, mucho menos que eviten las inversiones extranjeras, aunque con ello se afecte el medio ambiente.

Desde este punto de vista, los gobiernos promueven la industrialización agrícola, la introducción de especies madereras cuyo origen no es compatible con el medio ambiente local, el uso de intensivo de agroquímicos y pesticidas que contaminan los ríos y lagos, la destrucción de bosques para urbanizaciones o centros comerciales o zonas de turismo. Todo un desarrollo que no llega a las grandes mayorías, por el contrario las convierte en las víctimas finales del proceso, sin disfrutar los resultados del “progreso”.

Las agencias de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional promueven en la actualidad la lucha contra la corrupción, la aplicación de Programas de Ajuste Estructural, la modificación de leyes que riñen con las Constituciones, entre otras medidas, que son nada más el intento de corregir el camino trazado en las épocas pasadas y que tuvo severos impactos en las economías locales y mundiales y, por supuesto, en el campo ambiental, como sobreexplotación y despilfarro de recursos, contaminación, calentamiento global, guerras, sobreconsumo, vulnerabilidades que con cada evento extremo de la Naturaleza quedan al desnudo, incluso dentro de los países llamados desarrollados: Europa padece graves sequías con muchas víctimas; en los Estados Unidos los huracanes causan estragos físicos, humanos y económicos. Los impactos de la Naturaleza ya no son exclusivos de los países pobres.

Pero se avizora otro impacto: la entrega de los recursos naturales a las empresas transnacionales, tal como ha sucedido con el petróleo de Ecuador, el gas de Bolivia, las minas y el petróleo de África y de Asia.

En la ciudad de Cochabamba, Bolivia, el proyecto de privatización del agua terminó en un rotundo fracaso, y nos advierte de lo que puede suceder en otras partes del mundo: la empresa Betchel privatizó el agua, y en la búsqueda de maximizar ganancias prohibió, con ayuda del gobierno y el ejército, hasta recolectar el agua lluvia. El resultado fue una revuelta sin precedentes por el agua y la desestimación de la privatización.

Como aquel desconocido que pudo contemplar los ríos en el desierto, es posible que en el futuro nuestros paisajes y recursos solo los contemplaremos en pinturas, fotografías y películas, si no nos preocupamos por ellos.

**Tomado del libro “Conciencia para un mundo en crisis”
de Néstor Martínez
Editor Suplemento Eco-Lógico
Miembro y fundador de Comunicadores Contra el Cambio Climático (C4)

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