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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
Última actualización : 30/08:16 h.

Martes, 06 de Julio de 2010 / 08:18 h

De novelas y novelistas

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Por José Roberto CEA*

En todo proceso cultural, el ensayo es el último instrumento intelectual en vertebrarse en el contexto de una cultura nacional. Si estudiamos la historia de las literaturas ya configuradas con y por su larga historia, como la griega, la grecolatina, la española de España a la que agregamos la que hacemos en nuestra América con otras de regiones hispanohablantes en otros continentes, tienen el mismo desarrollo como el de la inglesa y la francesa etcétera, etcétera, etcétera, comprobaremos que primero es el canto, la poesía, luego lo trágico y la comedia en el teatro; después el cuento escrito que tiene su origen en los cuentos orales con otros aspectos de la narrativa y descripciones de la tradición oral, hasta desembocar en la novela, tal como la entendemos.

Ese orden ha sucedido en El Salvador, aquí hemos cultivado más 1a poesía en verso, un poco el canto, 1a cuestística escrita aunque muchos compatriotas son puros cuentos; luego sigue el teatro en sus vertientes de literatura dramática y su espectáculo teatral que han tenido un desarrollo atípico en El Salvador. En ese marco han aparecido desde 1880 unos títulos de obras que se toman como novelas, pero son incipientes obras descriptivas o/y narrativas, las registramos nada más para referencia y demostración de lo antes apuntado en el desarrollo cultural en lo relacionado a nuestras expresiones literarias en novelística, incipientes antecedentes de un mejor desarrollo que se produce después de los años cincuentas del siglo XX. Estos títulos son: Las ruinas, 1880, de F. Alfredo Alvarado. Las aventuras del gran Morajúa y los apuros un francés, 1896, de Hermógenes Alvarado, padre. El crimen de un rábula, novela histórica, 1899, San Salvador; Lorenza Cisneros, 1913, también ensayo de novela histórica, 1913, San Salvador, de Adrián Meléndez Arévalo. Roca–Celis, 1908, de Manuel Delgado. Cosas del terruño, 1908, de Miguel Escamilla. Cloto, 1915, de Abraham Ramírez Peña, editada en Barcelona, por Editorial Sopena, y Amalia (Como curiosidad o anécdota literaria anoto que Benjamín Loucel, guardó un ejemplar de ellas, señala un investigador de esa época, por lo que no se perdieron como otros libros). Una vida en el cine, 1929; El buitre que se volvió calandria, 1922, de Alberto Masferrer. Marianela, 1927, de José María Sifontes. La Perla de las Antillas y Nobleza de alma, 1922, de María Guadalupe Cartagena. Criminales de levita, novela corta de la vida nacional, 1933, de Tiburcio Santos Dueñas. La ciudad redonda, 1944, de Raúl B. Monterrosa. La hija del estudiante y Dioses enemigos, 1945, de Arturo Benjamin Sanchez. La Ola Roja 1948, de Francisco Machón Vilanova. El Padrastro, 1944, México, de Blanca Lidia Trejo.

Hay muchos autores más, así como autoras y obras tomadas como novelas, pero son incipientes en relación a como entendemos en la actualidad la novela, sus formas en las cuales se escriben, la manera en y con la cual el autor o autora presenta la narración, su estructura novelística, el uso de esta narración, su estilo o forma lingüística, las descripciones, los diálogos y con ellos sus puntos de vista, sus ideas respecto al espacio y al tiempo (el espacio es el 1ugar, la zona, un departamento, un país, un continente; tiempo es lo calendárico, los meses, los años, los siglos); hasta qué punto interviene su propia visión de mundo, su personalidad, su estilística en la narración y la estructura toda de ella; cuáles son los métodos que usa para contar su historia, cómo se sitúa entre la realidad, su experiencia y la imaginación; cuáles son los movimientos de la estructura novelística en uso. La configuración de los personajes, su sicología y otros aspectos de la persona humana. Ello nos proporcionará el significado de la obra, sus propuestas, sus verdades que nos convencen o las qué no, las que nos hicieron gozar, nos enriquecieron la visión de la vida que nos impactó o rechazamos. Una obra plena en literatura como en otras expresiones créadoras, no nos deja indiferentes ante sus propuestas estéticas o testimoniales, eso no hay que olvidarlo.

Como también que novela equivale exactamente al italiano novella, y al francés nouvelle, y más allá del cuento hay historias cortas que en lengua inglesa llaman Short Stories. A estas novelas cortas, Miguel de Unamuno las llamó nivolas, cuando publicó: San Manuel Bueno, mártir; Abel Sánchez y La tía Tula, 1920.

En ese último marco de referencia y en el desarrollo que ha tenido la novela en .nuestro país, tenemos otros nombres que han aportado algo al anterior planteamiento: El Cristo Negro, 1926 y El Señor de la Burbuja, 1927, de Salarrué. Las Tinajas, 1936 y Barbasco, 1960, de Ramón González Montalvo. Jaraguá, 1950, de Napoleón Rodríguez Ruiz. Hombres contra la muerte, 1942 y Trenes, 1940, de Miguel Angel Espino. Tembladerales, 1957, de Cristobal Humberto Ibarra. ¡Justicia, Señor Gobernador!, 1960, de Hugo Lindo. Cenizas de Izalco, 1962, de Claribel Alegría y su esposo Darwin J. Flakoll. Entre la selva de neón, 1960, de Rolando Velasquez. Crazón ladino, 1967, de Yolanda C. Martínez. Posterior a ellos está lo más contemporáneo que es el contexto donde ubicamos esta expresión novelística de Eduardo Badía Serra: LA MUJER DORMIDA. El está inmerso en ese contexto, en cuanto que conoce de nuestras expresiones novelísticas en obras como Pobrecito poeta que yo de Roque Dalton. Un día en la vida de Manlio Argueta. Una grieta en el agua de David Escobar Galindo. Los muchachos del Valle de las Chamacas de quien escribe. Y otra vez Salarrue con La Sed de Sling Bader, 1971, y Catleya Luna, 1974.

Hay otras novelas como 1as de Ricardo Lindo: Tierra, 1992. Disparo en la catedral, 1990, de Mario Bencastro. Putolión, 1995, de David Hernández. La última guinda, 1988, de José Rutilio Quezada. La diáspora, 1989, de Horacio Castellanos Moya. Los héroes tienen sueño, 1998, de Rafael Menjívar Ochoa. Miguel Angel Chinchilla con varias, entre ellas: La codorniz del paraíso, 1999. El desencanto, 2001, de Jacinta Escudos.

Entrando ya en lo de esta novela corta: LA MUJER DORMIDA, 2010, es importante su estructura, dividida en partes, tiene cuatro, cada una de ellas dividida en capítulos, numerados correlativamente, diez en total, y un Epílogo, se inicia con un Prólogo, especie de anzue1o, insinuante insinuador para que sigamos adelante con la lectura de ella; cada parte tiene un nombre, así como cada capítulo y éste se inicia con un numero, división de sus partes, debajo de él un texto poético, a manera de epígrafe que resume poéticamente el contenido esencial del capítulo, por ejemplo el UNO, dice:

Llena de Pedros Mires y de Enríquez Ureñas
Estás, joya del mundo, coma siempre golpeada
por caribes y atlánticos con sus inagotables
                Movimientos perpetuos.
Yo, que te conocí, cálida amiga,
Quiero grabar en piedra este recuerdo.

El número 12 del Capítulo Séptimo, llamado La Captura, se inicia así:
Van siguiendo la ruta
De la sangre y la tierra,
Van buscando el camino
         De la historia
¡Saben que es largo
         y arduo!

Claro que ha sido arduo el trabajo de Eduardo Badía Serra para entregarnos esta mujer dormida, hay que despertarla con nuestras lecturas y comunicar a los demás ciudadanos de El Salvador cómo se dió la solidaridad internacional para nuestro país en los años cuando se profundizó la guerra civil que venimos padeciendo desde el etnocidio de 1932 allá en Izalco, mi pueblo y otras ciudades del occidente de Cuscatlán, Tierra de Preseas y Lugar de Joyas y Collares. Guerra civil que nos fue impuesta, pero hubo y hay so1dados de la 1ibertad, “con su estrella universal llena de anhelos y de ansiedades, símbolo de una lucha que le sería eterna...” (Pag. 85) Y no vamos a parar ni en el infierno tan temido.

Tiene esta novela de Badía Serra, numerosas imágenes poéticas como: “Las formas se enseñan, francas, provocativas, mientras los rostros parecen desnudar ansiedades.” Como la ansiedad de ustedes aquí presentes para que termine, me he alargado para ubicar en su contexto histórico y literario a esta novela corta, en el cual la recibimos e inscribimos. Pero antes de cortarme, apunto que Eduardo Badía Serra ha cometido otros libros no solamente de ficción como sus cuentos, que los he comentado y publicado, sino otros libros que configuran su formación académica. También comete su columna periodística todas las semanas desde hace varios años, en Co-Latino. ¡Y noooooo voy seguir!
¿Para qué?                   
Gracias por escuchar

En el Valle de las Chamacas, Junio 9, 2010.
*(Leído por su autor e la presentación del libro La Mujer Dormida, en un abarrotado Auditorio de La Paz, edificio Francisco Morazán, Calle Arce, San Salvador, 9 de Junio, 2010. Acto organizado por la Universidad Tecnológica, para presentar su Colección Literaria, en el marco del XXIX aniversario de su fundación).

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