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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Viernes, 02 de Julio de 2010 / 08:44 h

¿Y quién dijo silencio?

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Chamba

Salvador Juárez



Por Martha Arias Calzadilla
Foto Néstor Martínez

En medio del pavor y de la angustia sentida tras conocer los últimos acontecimientos que abonan la intolerable situación de violencia extrema en que vivimos los salvadoreños, me ha venido a salvar de la desazón generalizada un regalo sin igual: el reciente libro de mi amigo el poeta Salvador “Chamba” Juárez: ¿Y QUIÉN DIJO SILENCIO?

Y cargada de la alegría que me ha producido esta novedad literaria, me surge el impulso de anotar este maravilloso hecho. Pero esta vez quiero despojarme de mi tendencia, que como docente, me mueve a hacer apreciaciones basadas en lo educativo, en lo didáctico, pues creo que la obra poética de Chamba, da para mucho más.
La aparición de un libro implica muchas posibilidades de beneficios para los lectores, y sobre todo si se trata de un libro como éste, en el que el autor mantiene su posición de poeta social definida desde sus primeros pasos literarios.

En esta publicación, Chamba de nuevo nos sorprende con una propuesta surgida a partir del análisis crítico de la realidad actual salvadoreña, en la cual, como respuesta necesaria, aparece su voz consecuente, negándose al silencio opresor y represor en aras de la verdad. No se podía esperar menos de su condición de poeta de compromiso social.

Como poeta de una contextura tal, no tiene otra alternativa más que seguir el trazo que Machado hiciera en sus Cantares: abrirse camino -que es lo que lo declara en su primer poema. Está consciente entonces de los tropiezos y sin sabores que ello implica y tenazmente admite esa disposición.

Decía que esta vez no voy a tratar la diversidad de temas del libro, ni analizaré sus técnicas literarias, ni me dedicaré a hacer otras valoraciones estilísticas; porque en esta nota causada por la primera impresión del libro, considero más conveniente valorar al poeta en su extensión humana, ya que, según lo conozco, en  su intención de publicar (con todos los tropiezos y dificultades que implica autogestionarse, costearse el proceso de publicación) está implícita la necesidad de difundir su mensaje, de contribuir con la formación de las nuevas generaciones, (léase el poema XXII, en la página 72), de proporcionar señales para abrir nuevos caminos que nos conduzcan hacia la liberación de la mente y el espíritu.

En esta ofrenda poética Salvador Juárez se nos presenta con una madurez y sobriedad (que sólo puede encontrarse en los escritores de tal magnitud) que le da la capacidad de autojuzgarse, de revelarse auténtico, severo, crítico, satírico, tierno, amoroso, espiritual, filosófico, intelectual, propositivo… En fin, pienso que este libro de Chamba nos ofrece la esperanza a desarrollar los valores humanos que urgentemente nos demanda la actual situación, la vida en este tiempo. Y sobre todo hace darnos cuenta de que no nos podemos quedar callados, quietos, ante la brutal realidad.
XXII.

(Fragmento)

Hará unos seis años
como a estas horas precisamente
iba yo remando/ como buscando el Volcán

Cuesta arriba y con el sol sobre la coronilla iba
con la mochila lomeando mis libros
hacia una escuela de San Antonio Abad

Iba “loco de contento”
porque colocaría unos ejemplares de mi Puro Guanaco
en una clase de Lenguaje y Literatura

Como no conocía bien el rumbo
me bajé mucho antes por una gasolinera
de donde me comuniqué por teléfono a la escuela
Orientándome que tomara otro bus
porque me había quedado muy abajo
y los estudiantes ya me estaban esperando

Como no llevaba para un taxi
esperé a que pasara un microbús
y me fui todo apiñado con la mochila de libros entre mis piernas
Pero tanto fue el tuerce que el microbús se desvió de la ruta
y me fui a bajar a una colonia de a la par
Buscaba y buscaba un teléfono de moneda que estuviera funcionando
Los ojos me ardían con el sudor que bajaba de mi frente  
y con el peso de la mochila sentía ardorosa la espalda
y creía que mi vértebra fracturada se abriría y me quedaría todo enllavado  

Allí me dieron ganas de sentarme en la orilla del andén
y tirar los libros a un baldío
Pero no sé qué me iluminó para ver
hacia el cielo donde vi el halo del sol
¡tan radiante como una de las ruedas del coche del profeta Elías!

Y cuando con el pañuelo limpiaba mi rostro
un aire de orgullo penetró mi pecho
y como nunca y como siempre
ahí confirmé sagrado mi oficio
y bendito mi sustento en esas condiciones en que se forjaba
mi hombre libre sin concesiones

Orando en la calle iba con tal asombro
cuando de pronto vi que de la ventanilla de un auto
se asomaba la cabeza de una muchacha
haciéndome señas con la mano
indicándome que a mí me buscaban
Diciéndome al nomás encontrarme
“¿Usted es el poeta verdad?
Yo soy la maestra que lo he invitado a mi clase
Al ver que no llegaba a la escuela
decidimos venir a buscarlo al suponer que se había equivocado de ruta
¡Y mire qué suerte
no nos costó hallarlo!
Le ruego disculpas por no haberle ofrecido antes   
venir a llevarlo
Pero lo importante es que ya vamos de camino
y los muchachos que lo esperan ansiosos por conocerlo
le tienen una sorpresa”

Y realmente al nomás entrar en la escuela
los alumnos dijeron a ponerse de pie
para que yo pasara en medio de sus dos filas
al compás de una canción muy alusiva

Cuando caminaba jalándome yo mismo la falda del orgullo
pensaba entre el aplauso de los jóvenes:
“Es la poesía popular la que aquí está siendo agasajada
Yo nada más soy este hombre
que viene de la calle/  sudoroso/
con la vida a cuestas…”

(Del libro “¿Y quién dijo silencio?”, de Salvador Juárez)

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Trazos Culturales



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