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El Salvador, Sábado 26 de Mayo de 2012
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Jueves, 01 de Julio de 2010 / 09:01 h

La vulnerabilidad de mi país espanta

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Reparto Las Cañas, Municipio de Ilopango


Por Daniel Trujillo**

 Ya no me agrada cuando llueve. Sé que la lluvia que cae al suelo es regalo de la Madre Tierra, pero en mi país es sinónimo de tragedia.

No es que el agua caída del cielo sea dañina, al contrario, es la mejor que puede existir; lo malo es la vulnerabilidad en la que vive mi sociedad salvadoreña.

Los sucesos de los últimos días me impactaron tanto que, reflexionando al respecto, concluyo que no existen los desastres naturales, sino, que los mismos son productos de la mano del ser humano.

Equivocados están muchos colegas al calificar lo sucedido este fin de semana y el lunes como “desastre natural”. La Madre Tierra sigue su curso, como cuando nosotros nos despertamos, comemos o dormimos; la persona es quien se metió en su camino y desencadena episodios de miedo, pánico, zozobra y muerte.

Toda la tragedia que mi país vivió se debe a la alta vulnerabilidad en la que viven la mayoría de los seis millones de salvadoreños y salvadoreñas.

Esto se debe principalmente a la inconsciencia de los últimos gobiernos en permitir construcciones habitacionales y comerciales donde se les rompiera en gana; además, de deforestar todas las reservas forestales, especialmente la finca El Espino en la capital.

Quien autorizó las construcciones sabía perfectamente que las cárcavas, las inundaciones y demás tragedias pasarían tarde o temprano. Al parecer, eso no le importó, porque creo que los intereses económicos pudieron más que el peligro futuro de familias enteras.

Durante una cobertura periodística en el reparto Las Cañas, donde está la cárcava más emblemática, un joven de la zona me comentó que “ese gran hoyo” se hizo porque las tuberías de aguas lluvias desembocaban en un barranco que caían al suelo sin ninguna obra que lo controlara.

En ese momento pensé “qué irresponsabilidad de la entidad que construyó ese proyecto habitacional, ya que no dimensionó que mucho tiempo después pondría en peligro a cientos de familias y arrebataría el trabajo y sacrificio de personas humildes que se ganan la vida a base de la explotación de este sistema”.

Fue en ese momento cuando me percaté que la vulnerabilidad de mi país me espanta y más cuando en este fin de semana murieron cinco personas a causa de ello. Esto se volverá más crítico si no se hace nada por las más de cien cárcavas contabilizadas por el Ministerio de Obras Públicas.

Y eso no es todo. Un dato alarmante de la Secretaría Técnica de la Presidencia es que el país ha tenido un gasto anual desde 1982 de $959 millones en atender los desastres a causa de la vulnerabilidad. Si hace la cuenta, la erogación asciende a los $6 mil 711 millones, una cantidad exagerada que si los gobiernos de turno le hubiesen apostado a cuidar el medioambiente y evitar la vulnerabilidad, proyectos de energía renovable se habrían realizado y no dependiéramos de represas hidroeléctricas.

Y en todo esto me pregunto: ¿A dónde está la ley de ordenamiento territorial? Creo que durmiendo el sueño de los justos en una de las gavetas de la Asamblea Legislativa.

Si se aprueba ese cuerpo legal creo que se respetaría un poco más a la parte de la Madre Tierra que está en El Salvador y muchas familias no fueran víctimas de la vulnerabilidad.

Como escribí al inicio, la vulnerabilidad de mi país me espanta y eso pasa porque la misma naturaleza nos exige que la respetemos y no le hagamos daño.

Si creen que es venganza de ella, usted está en la libertad de pensar eso, pero yo digo que nos hemos metido en su camino y simplemente nos está apartando para que no la sigamos lastimando.

**Miembro fundador de Comunicadores Contra
el Cambio Climático (C4/El Salvador)

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